domingo 16 de agosto de 2009

PARA UNA METAFÍSICA DEL HAMBRE

POR MANUEL PEREIRA

Allá por el año 1972 vi en un cine habanero la película Hambre. Adaptación de la novela homónima del noruego Knut Hamsun, el filme narra las peripecias de un escritor que vagabundea hambriento por las calles de Oslo intentando vender sus textos a las revistas. Escuálido, mórbido y mortecino como una fantasmagoría de Munch, el protagonista tenía tanta hambre que, en cierto momento, se disputa un hueso con un perro callejero. En un primerísimo plano, ambos enseñaban los dientes, gruñendo; el escritor se arrastraba en el adoquinado, rebajado a la altura del perro, pugnando por un hueso maloliente. En ese instante alguien en la sala oscura gritó: “¡coñooo, ése está peor que nosotros!” Las carcajadas estremecieron las lunetas, y yo temí -mientras reía- que la policía irrumpiera en el teatro y nos llevara a todos presos. La jocosidad cubana, tan socarrona, había estallado al amparo del anonimato que sólo puede ofrecer la penumbra de una sala de cine. En Cuba estaba prohibido, entre otras cosas, decir abiertamente que teníamos hambre. La libreta de racionamiento cumplía ya diez largos años y las cuotas de víveres que el gobierno distribuía a través de esa odiada cartilla eran cada día más exiguas. Esas raciones estaban minuciosamente calculadas, como si un genio del mal las hubiera diseñado para que nadie muriera de hambre, pero sí de frustración estomacal y de desdicha doméstica. El hambre científica, así como la distribución igualitaria de la miseria, eran los rasgos inequívocos del mayor y más largo experimento utopista del siglo XX en el hemisferio occidental. En esas condiciones, ¿a qué despistado funcionario cultural se le habría ocurrido estrenar una película con semejante título? En todos los cines donde proyectaban aquel filme había carcajadas, gritos, chiflidos, chascarrillos... A los pocos días desapareció de las pantallas. Una cinta que provocaba entre los espectadores comentarios tan políticamente incorrectos tenía que ser inmediatamente censurada. A falta de bistec con papas fritas para masticar, mandíbulas batientes para carcajear. El chistoso exabrupto de aquel espectador oculto en las sombras era todo un monumento a la disidencia oral del pueblo cubano. Por mi parte, aquel día descubrí que el hambre podía ser algo más que una oquedad en el estómago. Supe que podía alcanzar una jerarquía artística, no sólo cinematográfica, sino también plástica, literaria, y aun filosófica. Por entonces yo ignoraba que el hambre está en la raíz de todo acontecimiento cultural. Universalmente toda mitología empieza con algún suceso asociado al hambre. Los dioses, por ejemplo, siempre gozan de excelente apetito. Como vemos en la pavorosa imagen de Goya, el dios Cronos se comía a sus hijos, por hambre de poder. En los avatares del orfismo tenemos a Zeus devorando el corazón de su hijo Dioniso, en este caso para resucitarlo. A Jehová le encanta el humo de carnero asado, por eso prefiere las carnes que le ofrece Abel a la ofrenda de verduras de Caín, en lo que no es más que una alegoría de la primera división del trabajo entre ganaderos y labradores. Dios no es vegetariano, es carnívoro. Con el gusto divino por la fibra roja se extiende sobre la tierra la primera sangre cuando Caín mata a Abel por celos, o por envidia. Más allá de que sean hermanos, se trata de un agricultor matando a un ganadero. La ganadería -favorecida por Dios- empezó a separarse de la agricultura en una primera especialización. Los labriegos siguieron en sus campos, sin ver más horizonte que el de sus sembrados. Los ganaderos, en cambio, gracias a la trashumancia, se desplazaron más y más, cubriendo distancias cada vez mayores, enriqueciendo sus pupilas con nuevos paisajes, aprendiendo otras costumbres, universalizándose. La ganadería es desarrollo, expansión territorial, cambio constante de cosmovisión, mientras que la agricultura es más cerrada, más provinciana. No sólo Dios, sino también los reyes, favorecieron a la ganadería. Basta ver la importancia que tuvo la Mesta creada por Alfonso X en la España medieval. Esta separación -a veces litigiosa y conflictiva- entre pastores y labradores explica, en parte, la creciente diferenciación entre la ciudad y el campo. Las avenidas de la carne crearon una nueva cartografía repleta de caminos, que enlazaban unas comarcas con otras, cosa que la agricultura nunca habría logrado por sí sola si es que alguna vez se lo hubiera propuesto. A lo largo de estas rutas o cañadas, anteriores al rey sabio, proliferaron ermitas, dólmenes, abrevaderos, majadales, puentes, verracos -cerdos o toros de piedra -, calzadas, fuentes, castros, pueblos y ciudades. Todavía existen calles en España que son vías pecuarias, por ejemplo, en Madrid: la Cañada Real de la Puerta del Sol. En uno de mis exilios me tocó vivir en un pueblito de Extremadura. Yo vivía en una calle que se llama “cordel”, pues tal era la denominación que se daba antiguamente a la vía pastoril más estrecha, de 45 varas de ancho. En esa calle, dos veces al año, me despertaban los cencerros y los balidos del rebaño de ovejas que por allí seguía pasando, desde hacía siglos. La calle estaba pavimentada, tenía aceras modernas, cafeterías, restaurantes, alumbrado público... y aun así, por allí seguía pasando aquel río de vibrante lana musical. Yo abría la ventana y aquello era una fiesta, todo un espectáculo medieval a comienzos del siglo XXI. La oveja, la lana, los cercados en Inglaterra, la Mesta en Castilla, la industria textil, los telares de Flandes, la emigración de campesinos a los núcleos urbanos, la Reconquista... todo ello tiene que ver con la formación y crecimiento de las ciudades en Europa, y todo se debe a la ganadería que transformó el paisaje modernizándolo. La oposición entre prosa y verso está prefigurada en el crimen de Caín. Versus significa en latín “verso”: lo que vuelve sobre sí, el camino de ida y vuelta, la huella que va dejando en la tierra el buey que tira del arado. Cada surco, un verso. Cada campo sembrado, un soneto. A su vez, prorsus significa en latín “hacia adelante”. De ahí deriva la palabra “prosa”, que es el discurso en línea recta, extendiéndose al infinito, liberado de métricas y cadencias, camino que siempre avanza, sin regreso. Así, mientras el verso regresa sobre la página una y otra vez hacia el margen izquierdo -igual que la yunta de bueyes cuando labra la tierra-, la prosa, con sus renglones de palabras como ceñidos batallones de hormigas, desciende desde la primera hasta la última línea, cubriendo toda la superficie del papel. A vista de pájaro, un campo roturado es un poema mientras que una carretera equivaldría a un renglón prosado. Al principio todo fue versificación, luego vendría el prosaísmo, lo prosaico: el cuento y la novela. El verso es para los rapsodas y los juglares que van cantando por veredas y senderos polvorientos de pueblo en pueblo, o de castillo en castillo. La prosa es más romana que griega, pertenece a la carretera, al universo más bien rectilíneo de Petronio. La prosa es la vasta red de calzadas del Imperio Romano. Significa mercantilismo, intercambio cultural con otras regiones, amplitud de miras. El campo es versificador, repentista y rimador, mientras que la ciudad es prosista o prosada. La prosa es más cosmopolita que el verso. El verso es más limitado, se queda en la finca, o en el rancho, y de ahí no sale, siempre va y siempre vuelve, como una lanzadera. Regresa eternamente, es repetitivo como la rima, como la noción del tiempo del campesino, que es circular, porque sigue atada a la sombra del reloj solar y a la reiteración de las horas canónicas. Por otra parte, el verso se subordina más a la emoción que la prosa, que es más conceptual. Todo sentimiento excesivamente bucólico es anti-urbano por naturaleza. La prosa, en cambio, es urbana, se alimenta del asfalto y del adoquín, se metamorfosea en oratoria, en silogismo, en filosofía, en periodismo, en narración y, en el peor de los casos, deriva en lenguaje leguleyo, burocrático y ministerial. Los párrafos fluyen sin retorno, como el polvo dorado que cae en un reloj de arena. En rigor, el verso pertenece a las formas de producción esclavistas, es la amurallada rima feudal, el encastillamiento de sinalefas almenadas, o bien la cerrazón métrica y la monotonía económica de las sociedades utopistas con mentalidad de plaza sitiada, incluyendo por supuesto las comunistas. Todo lo anterior queda confirmado por la manía existente en los países comunistas de encumbrar a los llamados “Poetas Nacionales”. La simple invención de semejante título oficial es ya pueblerina, decimonónica. Iván Vazov en Bulgaria, Nicolás Guillén en Cuba, Sándor Petöfi en Hungría... Es muy curioso que en esos mismos países nunca se haya instituido el título de “Novelista Nacional”, ni el de “Ensayista Nacional”. Es como si la prosa fuera ideológicamente más sospechosa que el verso. ¿Por qué sólo los poetas merecen tanta prominencia en los regímenes utopistas? Porque se trata de sociedades tentadas por el retorno al mundo rural, sustentadas en descabelladas filosofías que incluso llegan a padecer nostalgia de las cavernas. Inversamente, la prosa es más burguesa, capitalista, librecambista. Siendo tan libre, es normal que emigre, como el ganado trashumante, y como los capitales. La prosa es exilio, mientras que el verso es más bien sedentario, lugareño, se siente más a gusto en su ruralidad. A pesar de lo cual, la poesía conservó un prestigio estético que la novela envidiaría hasta que llegó Flaubert, quien abrió la puerta a Joyce, a Proust, a Musil... De ahí que durante mucho tiempo la novela fuese considerada prosaica, mero instrumento de entretenimiento para modistillas ociosas, algo insulso y vacío, con demasiadas palabras para decir tan poco, mientras que el poema, por su capacidad de sublimar la realidad, fue siempre reverenciado como un género más decoroso, de mayor elevación espiritual, por lo menos hasta bien entrado el siglo XIX. No es casual que una de las primeras novelas en Occidente (Dafnis y Cloe) sea una narración pastoril, o sea, ganadera, más propia de Abel que de Caín. Su autor, Longo, era un escritor griego de la época romana, momento de eclosión de la prosa. La novela es un género más tardío que la poesía porque la ganadería es posterior a la agricultura. Evitemos malentendidos. No estoy atacando a la poesía ni a los poetas, mucho menos a los campesinos. Simplemente estoy precisando un origen, la pertenencia de ese género literario a la tierra, aquello que tan rotundamente comprendió Wallace Stevens: “Tiene que haber algo de campesino en todo poeta”. Por lo demás, también la poesía se liberó de la camisa de fuerza de la versificación, del metro que la escayolaba. Fue un proceso largo, jalonado de fulguraciones: Garcilaso de la Vega escribió en verso libre su Epístola a Boscán (1534), El paraíso perdido, de Milton, es una epopeya sin rima (1667), su autor opinaba que sólo el verso suelto podía darle al inglés la dignidad de una lengua clásica; Aloysius Bertrand inventó el poema en prosa con su Gaspard de la nuit (1842). Así, poco a poco, el verso fue liberándose de la rigidez del arado y de la yunta de bueyes. Pero volvamos al hambre de Dios, que desencadenó toda esta historia. El holocausto que Abraham iba a perpetrar en su hijo Isaac parece confirmar que entre los hebreos hubo sacrificios humanos. El ángel que le grita al patriarca en el último instante, evitando así el filicidio, quizá alude al final de aquella costumbre cananea. Moloch o Baal era otro dios, esta vez fenicio, que devoraba bebés. Parece ser el becerro de oro que tanto encabronó a Moisés cuando bajó del monte Sinaí con las tablas de la ley, el mismo Baal que sacó de quicio al profeta Elías, aunque también pudiera tratarse de un trasunto de Apis, o de Hathor, deidades vacunas egipcias. Otra vez la ganadería... En las religiones politeístas y animistas de África abundan las ofrendas sacrificiales tributadas a los dioses: chivos, gallos y palomas degollados, la sangre salpicando las paredes, los campos, las encrucijadas. Los ídolos africanos trasplantados a Brasil y a las Antillas se alimentan de sangre, siempre están embadurnados de coágulos y untados con manteca de corojo. Los tambores de fundamento también son divinidades que se expresan a través de su música frenética. El etnólogo cubano Fernando Ortiz afirmó que "el primer tambor membranofónico producido por la Naturaleza debió ser un cadáver hinchado por los gases de la putrefacción". Santeros y babalaos afrocubanos me han contado que en la noche de los tiempos, cuando en África se confeccionaron los primeros tambores, el cuero tensado del parche era piel humana, acaso resultado de algún sacrificio previo. Más tarde esa tradición fue desechada y la piel del chivo sustituyó a la de los seres humanos. Los griegos arcaicos también inmolaban niños y doncellas, un ritual que se extendió incluso en algunos momentos al Imperio Romano, verificándose igualmente entre los celtas. En el México precortesiano se practicaban sacrificios humanos en honor de diversas deidades. La sangre humana servía para alimentar al sol y mantenerlo activo. Era una forma de evitar la destrucción universal. También hubo casos de canibalismo entre los conquistadores españoles. Algunos Cronistas de Indias consignan episodios de españoles comiéndose a otros españoles, o a indios, cuando el hambre era extrema. El hambre es mala consejera, y esto vale tanto para los europeos como para los no europeos. Sin embargo, no está del todo demostrado el ritual de sacrificios humanos en el Antiguo Egipto. La presencia de muchos esqueletos cercanos al faraón pudiera indicar un suicidio colectivo -voluntario u obligatorio- de los miembros del séquito del rey para acompañarlo en su viaje al Más Allá. Otro tanto ocurre en las tumbas reales de Ur, en Mesopotamia, donde doncellas y sirvientes parecen haberse envenenado para seguir a su príncipe en la muerte. La música religiosa tibetana nos reserva desagradables sorpresas: la trompeta llamada Kang Ling hecha con una tibia humana y el tambor formado por dos cráneos humanos y con bolas batientes denominado Chodar. Adondequiera que miremos, desde las tierras bíblicas hasta la Mesoamérica y el Incanato prehispánicos, pasando por la Grecia arcádica, vemos a dioses hambrientos de carne humana o animal, sedientos de sangre. A tanta hecatombe puso punto final Jesucristo, quien por esa sola razón debería ser adorado por todos. En la Última Cena, él metaforizó todos esos sacrificios al convertir simbólicamente su sangre en vino y su cuerpo en pan. Esa transposición poética fue el final de tanto derramamiento de sangre. Sólo así se entiende que Él a su vez ofreciera la suya como colofón. A partir de ahí se inició la fase superior de la civilización que hoy llamamos occidental. Cristo modernizó y humanizó la religión más que nadie en el mundo antes y después de Él. La transubstanciación evita y enmascara el abominable acto del canibalismo. Lo suaviza, lo civiliza. ¡Es la civilización apartándose de la barbarie! Esta idea estaba ya sugerida en el sacrificio inconcluso del hijo de Abraham. Por lo demás, la eucaristía es una forma de comerse a Dios, haciéndonos dioses. Es el hambre mística de Dios. Antropofagia a lo divino. Antes de Cristo, las Altísimas Eternidades se comían a los seres humanos, a partir de Él esa fórmula se invirtió, democratizándose, ahora son los hombres quienes consumen a Dios. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. (Jn, 6, 54). Nuestro planeta también experimenta un apetito pantagruélico. La tierra devora las semillas sepultadas en los surcos -que son como tumbas-, de donde más tarde brotarán las plantas, los frutos. Posteriormente, éstos, a su vez, si caen al suelo, se pudren. La tierra los vuelve a tragar, para que de nuevo generen frutos, y así sucesivamente en un ciclo eterno. La sucesión de las estaciones, los ciclos de la vegetación, la muerte y la vida, el invierno y la primavera... toda esa relojería telúrica y celestial, vinculada al infierno, se oculta en los misterios eleusinos. De hecho, incluso las plantas erotizan a la tierra. ¿Acaso no la penetran profundamente con sus raíces? No otra cosa hace el campesino con su arado. La tierra es mujer. Es Gea, la madre tierra. Madre y amante que nos devora al final, como hace la mantis religiosa. La tierra engulle nuestros cuerpos sin vida, abono para gusanos. Toda la belleza de nuestro planeta encubre el horror de la masticación de las cosas muertas. De la más horripilante putrefacción puede nacer la rosa más bella. La palabra croquemort significa “enterrador” en francés. Croquer es comer a mordiscos. Los sepultureros como devoradores de cadáveres exquisitos, poemas comestibles. Esta tradición maldita está en la raíz de toda la literatura francesa, desde Franҫois Villon hasta Lautréamont. La necrofilia de Poe deslumbró a Baudelaire, quien se vanagloriaba de haber comido sesos de niños. Esos canibalismos están de moda. Un presentador de la televisión sueca se come sus propias nalgas en pantalla, un japonés mata a su novia holandesa y se la come “por amor”, un alemán se come el pene de su amante y filma la escena; si creemos los rumores, dos delirantes dictadores africanos fueron caníbales, un “artista” chino devora fetos a la parrilla ante los televidentes y por internet, un mexicano llamado el “Caníbal de la Guerrero”, aparte de comerse a sus parejas, escribía novelas y poemas, practicaba brujería, quería ser mujer y ha sido comparado con el personaje de El silencio de los corderos... son tan sólo algunos ejemplos. El canibalismo es también una manera de apropiarse del coraje del enemigo sacrificado tras ser capturado en el campo de batalla. Esa sustancia -las moléculas del arrojo ajeno- metabolizan en el cuerpo del vencedor aumentando su capacidad combativa. En su ensayo De los caníbales, Montaigne nos regala una canción de antropófagos. El que va a ser devorado, canta delante de sus adversarios: “Que vengan resueltamente todos cuanto antes, que se reúnan para comer mi carne, y comerán al mismo tiempo la de sus padres y la de sus abuelos, que antaño sirvieron de alimento a mi cuerpo; estos músculos, estas carnes y estas venas son los vuestros, pobres locos; no reconocéis que la sustancia de los miembros de vuestros antepasados reside todavía en mi cuerpo; saboreadlos bien, y encontraréis el gusto de vuestra propia carne.” Así, la antropofagia deviene -por carácter transitivo-metempsicosis intestinal o yantar genealógico. El canibalismo adquirió categoría intelectual en 1928 con el Manifiesto antropófago de Oswald de Andrade. Alfonso Reyes, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Octavio Paz, Vargas Llosa, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato... son antropófagos culturales afanosos de apoderarse de la sabiduría universal desde sus parajes tercermundistas. En cierta ocasión, Bronislaw Malinowski se entrevistó con un antropófago. Le preguntaba por qué comía seres humanos. El “salvaje” vio unos periódicos con fotos de montones de muertos en la Primera Guerra Mundial y le preguntó al antropólogo si en Europa no se comían aquellos cadáveres. -¡Por supuesto que no! -reaccionó perplejo el investigador británico. -¿Y entonces, para qué los matan?- inquirió el “bárbaro”, como si pensara “¡qué desperdicio!”. Los alimentos, como contrapartida del hambre, también desempeñan un protagonismo esencial en algunos mitos fundacionales. La griega Deméter, su hija Perséfone y el dios de los infiernos forman la saga del trigo. La vaca es sagrada en la India porque un himno védico afirma que de su primer ordeño salieron las aguas y la leche. Los chinos tenían su Diosa del Arroz, más poderosa incluso que Buda. Para los musulmanes, el arroz proviene de una gota de sudor de Mahoma, caída del Paraíso. El Popol Vuh -la Biblia de los Quichés- relata que el hombre fue hecho de maíz, alimento básico de aquellos pueblos mayas al sur de Guatemala. La yuca (mandioca) tenía su dios entre los pobladores precolombinos de las Antillas y de la cuenca del Orinoco, en Venezuela. De ese tubérculo se hacía el cazabe, que era el pan de los arahuacos (taínos). En las islas del sur del Pacífico domina el árbol del pan, cuya deidad tahitiana es Taaroa. Como se ve, los alimentos primordiales de las civilizaciones devienen fermentos de literatura sagrada, destino antropológico, arqueología del gusto. El trigo, la leche, el arroz, el maíz, la yuca y el árbol del pan son potencias culturales que irradian su física y su metafísica en vastos territorios. Faltaría el maná, ese milagroso manjar que Dios hizo llover para alimentar al pueblo hebreo durante la travesía del desierto (Éxodo, capítulo XVI). Según Robert Graves, este “Pan del cielo” o “comida de ángeles”, al fermentar albergaba un parásito que contenía alcaloides enteógenos, o sea una droga que induce alteraciones de la conciencia. ¿Será el maná dulce que exuda el tamarisco (Tamarix mannifera)? De una u otra forma, todo alimento fundamental está solidarizado con alguna divinidad. Los mitos son al mundo lo que los sueños a los individuos: visiones colectivas que revelan a medias lo insondable que hay en nosotros. Súbitos viajes del alma a dimensiones pretéritas o, incluso, futuras. Son, como diría Rimbaud, “iluminaciones”. Relámpagos, destellos que alumbran zonas profundas y oscuras de la memoria particular y universal. El padre de la gastronomía como ciencia del paladar, Brillat-Savarin, decía: “El descubrimiento de un nuevo plato hace más por la felicidad de la humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella”. También afirmaba: “Dime lo que comes y te diré quién eres”. Poco después vino a darle la razón el materialista Feuerbach con su célebre adagio: “el hombre es lo que come”. Todo lo cual se reduce al hecho irrefutable de que la comida es cultura. Nanook el esquimal se desayuna una morsa con un cuchillo ensangrentado que relame como si fuera una paleta de chocolate. Ese acto cultural, que tanto repugna a los espíritus más delicados, podemos verlo en el documental de Flaherty (1922). En el Ártico no hay trigo, ni maíz, ni siquiera mandioca... Los perros de Nanook ladran todo el tiempo, enseñando sus colmillos, porque están famélicos, como el perro noruego de la película Hambre. En Ladrones de bicicletas, Vittorio de Sica desliza una secuencia que siempre me da hambre: la del niño pobre en el restaurante viendo comer al niño rico. El niño pobre estira entre su boca y los dedos un pedazo de mozzarella, pero no puede dejar de codiciar -de reojo- los suculentos platos que sirven en la mesa del niño rico. Los cuadros descarnados, sangrantes, de Chaïm Soutine también convierten el hambre en obra de arte. Sus naturalezas muertas no podían estar más muertas: muestran carnes en diversas fases de putrefacción. Incluso los seres humanos que retrata son flacuchentos, anémicos, depauperados y feos. Todos son muertos de hambre. Soutine era judío, lituano, francés, genial. Recorría las carnicerías de París contemplando pollos y otras carnes que, dado que no podía comprarlas, se conformaba con pintar. Toda su iconografía es un testamento del hambre. El hambre se enseñorea no sólo del espectáculo de la naturaleza, sino también de la historia de las formas y del fulgor de las letras. Creo que no miento si digo que mis mejores páginas las he escrito con tremendas ganas de comer. ¿Será que el hambre aguza el ingenio? También atesoro una antigua relación gástrica con el cine y con la pintura. Una paleta llena de colores pastosos, oleaginosos, un lienzo con su textura de espesos brochazos, un frasco de trementina donde se ahogan los pinceles... todo eso se me antoja digno de ser masticado, sin hablar del barro en la artesa, cuando parece chocolate crujiente. Nada es tan apetitoso como dejar resbalar sobre la arcilla un palillo de modelar a guisa de cuchara. No en vano la mayoría de los pintores son buenos cocineros. Combinan los colores en su paleta, mezclándolos y aliñándolos como si estuvieran aderezando una ensalada de Niza. Los pintores, al igual que los cocineros, usan delantal. En la pintura participan sustancias pastosas como el aceite, barnices y esmaltes grasos. En la pintura al temple intervienen como aditivos colas de conejo o pescado, clara o yema de huevo, caseína (proteína de la leche), ácido acético (vinagre), sacarosa (azúcar). El fuego no podía faltar en la pintura al encausto: miel de abeja caliente, derretida, aunque los verdaderos postres quedan para la pintura al pastel. En la cerámica es indispensable el horno, como de panadero. Todo eso siempre ha excitado mis papilas gustativas. Cuando mi hermana estaba embarazada rascaba las paredes para comerse el yeso. Lo hacía casi inconscientemente, hasta descascarar toda la pared junto a la cama. Muchas mujeres lo hacen. Desesperadamente buscaba calcio, guiada por el instinto. De haberlo tenido a mano, se hubiera comido cualquier original en yeso de Rodin. En el kindergarten, y aun en primaria, yo mordisqueaba los crayones (o creyones) de color esperando que el rojo supiera a fresa, el verde a limón, el azul a anís... aquella cera masticada era como un chicle insípido que no alimentaba nada salvo mi imaginación o mi hambre cromática. Por entonces mi madre me llevaba al cine cada noche para no tener que cocinar. Entretenía mi hambre con imágenes y con un cartucho de baratos panes de gloria que compraba en la panadería “El Diorama” antes de entrar en el cine “Majestic”, o en el “Verdún”. Cada vez que aparecía un actor gordo en pantalla, mi hambre se incrementaba. Dondequiera que asomara el mofletudo Charles Laughton (El motín de la Bounty) o Peter Ustinov (Espartaco), se me abría el apetito y empezaba a comerme los panes de gloria. Todavía hoy, cuando veo al obeso Sydney Greenstreet en El Halcón Maltés o en Casablanca, me dan ganas de comer. Chaplin comiéndose un zapato en La quimera de oro también hace que me suenen las tripas, sobre todo desde que su hija Geraldine me contó que aquel botín estaba hecho de chocolate. Mientras tanto, en otra tanda, mi madre se emocionaba hasta las lágrimas con Scarlett O’Hara exclamando: “¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!” Eso ocurría en la Habana de 1958. Todavía los barbudos no habían entrado triunfalmente en la capital cubana. Nadie gritaba en el cine nada acerca del hambre de Chaplin o del gordo que lo persigue creyendo que es una gigantesca gallina. Porque nadie podía sospechar el hambre que nos esperaba. Por lo menos en aquel entonces había panes de gloria para mitigar el hambre. Blandos panes azucarados que desaparecieron pocos años después de la llegada de los utopistas a la Habana, porque el viento -el viento huracanado de la revolución- se los llevó para siempre. Y conste que eso no fue lo único que el viento se llevó. Aparte de la novela de Hamsun, una de las pocas piezas literarias que aborda en exclusiva el tema de la falta de condumio o de la abstinencia, es Un artista del hambre, de Kafka. El ayunador, que convierte en espectáculo circense su inanición, de alguna manera se parece a Gregorio Samsa por su absurda existencia. Un escarabajo en eterna Cuaresma. Por supuesto, la mejor crónica del hambre (o del apetito) está en Gargantúa y Pantagruel, cuando Rabelais describe la insaciable voracidad de estos dos gigantes, sólo comparable con el barril sin fondo del Tonel de las Danaides. Heredero del afán grotesco rabelaisiano, Jonathan Swift invierte las dimensiones, trastocando toda proporción: la escala normal se agiganta o se enaniza, según los casos. Cuando Gulliver está en el país de Liliput, el secretario de Hacienda observa que mantener la alimentación del ciclópeo visitante acabará pronto con las reservas del reino. Tan solo en su primera comida el médico naufragado había engullido grandes cantidades de diminutos panes, carne y muchos barriles de vino. Considerado un gran gasto para la nación, los liliputienses deciden que a Gulliver había que sacarle los ojos, dejarlo morir de hambre y luego poner su esqueleto en un museo. Daniel Defoe cuenta que Robinson Crusoe decide “apartar a Viernes de sus espantosos hábitos alimenticios y hacerle desistir de su apetito caníbal”. Para ello, el náufrago mata de un disparo a un cabrito de su rebaño y agasaja a su amigo y esclavo con un trozo de carne asada. A Viernes le encantó, y se olvidó de los cadáveres humanos que pretendía zamparse. Aquí de nuevo la ganadería le ganó la partida a la antropofagia. Otros clásicos se ocupan del tema de la manducatoria. Sería demasiado prolijo exponer aquí el menú desplegado en el banquete más opíparo que recuerda la literatura: la cena de Trimalción. En ese episodio central de El Satiricón, Petronio hace alarde de suntuosidad, escatología, obscenidad, lirismo, refinamiento, ventosidades, astrología, brujería, prostitución y licantropía. Los más extravagantes manjares desfilan ante la imaginación del lector revelándonos una cartografía bastante exhaustiva de la cultura gastronómica en la Roma de Nerón. Más de quince siglos después, Shakespeare reinventa la cena de Trimalción, pero al revés. En Timón de Atenas, la opulencia antes descrita por el “árbitro de la elegancia”, se transforma en quemante frugalidad, pues aquí todos los platos están llenos del agua hirviente que Timón arrojará a la cara de los comensales quejándose de la falsa amistad de sus invitados. En el poema XXIII de Trilce, César Vallejo evoca la cocina de su madre cuando dice: “Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos pura yema infantil innumerable, madre”. Sin embargo, no fue el peruano, sino el bien alimentado Jorge Luis Borges, quien consagró todo un poema al hambre conjurándola así: “Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, borrado sea tu nombre de la faz de la tierra”. En ese mismo poema, Borges alude a la Torre del Hambre de Ugolino de Pisa, aquel conde a quien Dante describe en el último círculo del Infierno royendo la cabeza del arzobispo Ruggieri degli Ubaldini, que fue quien lo traicionó y lo condenó a morir de hambre en la torre antes mencionada junto con sus hijos y nietos. Si el conde durante su atroz encierro se comió o no a sus descendientes, es algo en lo que los comentaristas nunca se han puesto de acuerdo. En cualquier caso, la leyenda de este hipotético canibalismo tuvo vastas repercusiones en la pintura, en las letras y hasta en la arquitectura. El hambre promueve guerras, rebeliones y delitos, desde el hurto famélico de Jean Valjean hasta el homicidio de Raskolnikov. Pero ni Víctor Hugo, ni Dostoievski, otorgaron trascendencia a este tema, sólo lo trataron episódicamente. “No te metas a poeta, mira que te vas a morir de hambre”, insistía mi hermana -la comedora de yeso- haciendo gala de su sabiduría popular. En efecto, los poetas siempre están soñando con cornucopias. Basten dos ejemplos de sibaritas entregados a los placeres de la mesa. Pablo Neruda con sus odas a la cebolla, al tomate, al pan o al caldillo de congrio convierte lo aparentemente insignificante en trascendencia poética. El otro escritor gourmet es José Lezama Lima, quien en su novela Paradiso introduce a dos cocineros, uno mulato y otro chino, dando así imagen del mestizaje en la gastronomía cubana además de desplegar, en el ensayo Corona de las frutas, su sensualidad barroca al explorar el esplendor del mamey, de la guanábana, del caimito, de la piña, del mango, de la papaya... Ese mestizaje de la cubanidad ya había sido señalado por Fernando Ortiz en 1940: “Cuba es un ajiaco, ante todo, una cazuela abierta. Eso es Cuba, la isla, la olla puesta al fuego de los trópicos... cazuela singular la de nuestra tierra, que ha de ser de barro, muy abierta...” En Tientos y diferencias, Alejo Carpentier volvía sobre el tema al referirse a los contextos culinarios. “El ajiaco cubano, por ejemplo, plato nacional de la cocina criolla, reúne, en una misma cazuela, la cocina de los españoles –la que traía Colón en sus naves–, con productos (las "viandas" llaman todavía a eso) de la primera tierra avistada por los descubridores. Después la cocina española se llamó el bucán porque unos aventureros franceses, por ello llamados bucaneros, se dieron a sistematizar en Cuba la industria elemental consistente en solear, ahumar y salar carnes de venado y de cerdos jíbaros.” Otro cubano (y ya van cinco, conmigo) insiste en el asunto desde una mesa vacía, amortajada con un mantel de hule estampado con frutas inexistentes. Es Antonio José Ponte en su ensayo Las comidas profundas. ¿Por qué tantos cubanos hablando siempre de lo mismo, del hambre, o de la comida, o de la sensualidad palatal? La historia del hambre como fuente de inspiración literaria no tiene para cuando acabar. La novela picaresca nació del hambre. Todo un nuevo género literario surgiendo del bostezo de un estómago vacío. En El Lazarillo de Tormes tenemos al primer pícaro, un mendigo que pasaba mucha hambre, y cuyo ingenio estaba enderezado a conseguir alimento, aunque para ello tuviera que recurrir a algunas fechorías. Interesa subrayar que el Lazarillo es un vagabundo, es decir, un personaje itinerante, que con su nomadismo nos ofrece una novela pecuaria, como no podía ser de otro modo. Eso queda perfectamente simbolizado en el episodio del verraco de piedra contra el cual el ciego hace chocar la cabeza de Lázaro, pues, como se sabe, tales esculturas zoomorfas representan la importancia de la ganadería en la cultura vetona. El hambre también engendra utopías, como la leyenda del País de Jauja. Este lugar imaginario, donde todo es prosperidad, holganza y abundancia, pertenece a la estirpe de las quimeras que poblaron la fantasía europea a raíz del descubrimiento de América. En esa tradición habría que incluir El Dorado, la búsqueda de las Amazonas, la Fuente de la Eterna Juventud en Florida y otras fantasías de los conquistadores españoles. En 1533 Hernando Pizarro exploró la región de los Hatun-Xauxas, y así nació -por homofonía con Xauxas- la fábula de Jauja. La belleza de aquel territorio inca, unido a la bondad del clima, a la abundancia de comida que encontraron y al hecho de que hasta allí llegara todo el oro y la plata que Atahualpa dio para su libertad, multiplicó los espejismos. Los conquistadores y los cronistas ya no hablaban de Hatun-Xauxas, sino del País de Jauja, donde te daban una paliza si te veían trabajando, y te pagaban por dormir. En Europa se escribieron poemas, entremeses y libros sobre lo que hoy es el Valle del Mantaro. Lope de Rueda lo describe en El deleitoso como un lugar por donde corren ríos de leche, las barreras son de carne asada, los árboles, de tocino; allí hay lagunas de miel de abeja, pantanos de cuajada, lagunas de vino oporto. Pieter Brueghel pintó un cuadro titulado Jauja (1567) donde podemos ver a un clérigo, un campesino y un soldado, tendidos, panzudos y ahítos de tanto comer. Los tres están rodeados de setos hechos con longanizas, hay un cerdo que llega ya con el cuchillo clavado, ni siquiera hay que matarlo, los techos están cubiertos de tortas... Todas estas ilusiones nacían del hambre de los conquistadores que exageraban cualquier buena noticia hasta convertirla en visiones paradisíacas. En la sala oscura, mi madre levanta el puño derecho imitando a la despeinada Vivien Leigh. De reojo, veo sus labios murmurando el juramento: “A Dios pongo por testigo...” La cámara retrocede en esa imagen final, enmarcada en un paisaje romántico, con un fondo de cielo enrojecido y hasta un árbol de torturadas ramas secas que parece sacado de un lienzo de Caspar David Friedrich. Terrible augurio, ya que mi madre tampoco sabía que pronto todos levantaríamos el puño, pero no el derecho, sino el izquierdo. La historia como gesticulación ambidiestra. La mano crispada, ese puño que levanta Scarlette O’Hara... ¿es un gesto de rabia? ¿Será una ofrenda a Dios? ¿Qué le está ofreciendo al Dios que invoca? La tierra roja de Tara. Simplemente tierra. La palabra “hombre” viene del latín homos, hominis, que nos remite a humus, es decir, “tierra”, de donde brota el hombre. En el Génesis, Dios moldea al hombre con barro, ya que el hombre pertenece a la tierra, por oposición a las divinidades que viven en el cielo. Además, el hombre ha de volver al humus, de donde procede, cerrando así el ciclo vida-muerte. "¡Hombre, acuérdate que polvo eres y al polvo volverás!" (Génesis, III, 19). Humum ore mordere (morder la tierra), decía Virgilio. Comer tierra... Vivien Leigh recoge un nabo de la tierra antes de cerrar el puño para levantarlo. ¿Pensará comerse un puñado de tierra junto con el nabo, igual que Nabucodonosor cuando fue castigado a comer hierba con los bueyes? De humus proviene también “húmedo”, porque la tierra casi siempre está vaginalmente húmeda. Curiosamente, un manjar árabe bastante conocido, hecho con puré de garbanzos, se llama humus. Ya estamos otra vez comiendo o mordiendo tierra. Comiendo muertos. De hecho, esa pasta para untar en pan pita parece fango, lodo, barro amarillento... hambriento. Paradójicamente en los países más desarrollados, donde los supermercados están abarrotados de alimentos, los dictados de la moda y los regímenes de adelgazamiento hacen que muchas jovencitas padezcan anorexia. Todavía era una enfermedad elegante cuando Gide murió de esa inapetencia, ahora es una estúpida forma de inmolación que acaso refleje el afán de suicidio cultural de toda una civilización. El gran cocinero Vatel también se suicidó en su afán de perfeccionismo simplemente porque los pescados no llegaron a tiempo a un banquete de tres mil convidados. Hay en el mundo tantas variedades de hambre como recetas de cocina. Abarcan desde las manifestaciones más evidentes -que producen buenas portadas de niños esqueléticos para las revistas y reportajes para noticiarios televisivos-, hasta las formas más sutiles. El hambre cubana pertenece a esta última categoría. No es tan fotogénica como una hambruna ruandesa, angoleña, haitiana o guatemalteca, razón por la cual es menos divulgable y casi desconocida. La flaquencia de los cubanos no salta tanto a la vista como la de los cuerpos desnutridos, demacrados y con las espaldas encorvadas que describe Primo Levi en el campo de concentración de Auschwitz. Tampoco se parece al hambre paleolítica de los reos políticos que comen peces fósiles congelados en el Archipiélago Gulag, de Solzhenitsin. No, la hambreada escasez cubana no es como la engendrada por esos dos totalitarismos del siglo XX. En cualquier caso, la penuria crónica en la isla es un término medio, una desolación estomacal, una burocratización del hambre mucho más parecida a la novela 1984, de Orwell, cuando la gente hasta hace manifestaciones con banderas desplegadas por las calles para agradecerle al Gran Hermano el aumento de la ración de chocolate a veinte gramos semanales por persona. En el año 1967, durante mi servicio militar obligatorio, yo pasaba un curso de sanitario en el ejército. Como parte de mi formación, me enviaron a pasar una temporada en el Infierno, o sea, en un hospital militar de la Habana. Más concretamente fui a parar al “cuarto de las papas”, que es como le dicen a ese lugar tétrico y refrigerado donde los patólogos abren los cadáveres para practicarles autopsias. Mi labor allí consistía en alcanzarle instrumentos al patólogo y echar en un cubo las vísceras que aquél extraía de los cadáveres. Tras sumergir fragmentos de esos órganos en parafina, se cortaban en lascas muy finitas y se ponían en portaobjetos para examinar los tejidos bajo el microscopio. Un trabajo que seguramente Poe hubiera envidiado, rodeado de cerebros y fetos flotando en frascos de cristal, en medio de una atmósfera impregnada de formol. Un día se llevaron preso a un técnico en anatomía patológica porque le hizo el amor a una muerta. Aquel devaneo necrofílico armó un revuelo de mil demonios en el hospital. Pero lo peor fue cuando arrestaron a uno de los patólogos, porque descubrieron que vendía hígados humanos en la calle, en la bolsa negra. Al principio, yo no salía de mi asombro, pero más tarde me pareció hasta cierto punto lógico. Al fin y al cabo, ese extraño nombre de “cuarto de las papas” hacía suponer que los difuntos almacenados en las neveras eran “papas” o cosas comestibles. Pero había otra razón más profunda, y es que dondequiera que la ganadería disminuye, desaparece, o simplemente nunca ha existido, surge el canibalismo más o menos enmascarado como sustituto proteínico de la carne roja, que es una exigencia fisiológica en busca de calorías . Así, en un país donde las carnicerías estaban casi siempre vacías, no era tan extraño que algunos sectores de la población se estuvieran aficionando -sin saberlo- a la necrofagia. Era tanta la escasez de carne en la Habana de aquel tiempo -y del actual- que la gente podía comerse a los muertos encebollados, a sabiendas o no. ¿Cuántos patólogos no estarían haciendo lo mismo en otros hospitales de la isla? ¿Cuántos no lo estarán haciendo hoy en día? Desde entonces, no he dejado de preguntarme si el origen del canibalismo -más allá de los pretextos rituales o religiosos esgrimidos- no se deberá a una carencia de proteína animal en la dieta de los pueblos sin ganadería. Sabido es que en el México precortesiano no existía ganado mayor, ni menor. El consumo cárnico se limitaba a algunas gallináceas como el pavo o guajolote, a ciertas razas de perros y a animales de caza, como conejos y venados. Obviamente, no era suficiente proteína animal. Los sacrificios humanos siempre se extinguen cuando las civilizaciones pasan de la fase agrícola a la pecuaria. Ese es el significado profundo del cordero que Dios le proporciona a Abraham cuando detiene su mano para que no mate a su hijo, ésa es la razón por la cual a Cristo le llaman el “Cordero de Dios”. Ahora bien, ¿por qué la mantis religiosa practica la antropofagia habiendo tantos grillos, moscas y escarabajos en el mundo? Dalí vio reflejado ese insecto en uno de los cuadros más piadosos de la historia del arte: El Ángelus, de Millet, cuya imagen le hacía soñar con su madre devorándole los testículos. El pintor surrealista afirmó que la campesina que allí reza se parece a una mantis religiosa por su gesto de recogimiento, con las manos unidas. Ese insecto -al igual que la viuda negra- devora al macho después de la cópula. Hembra con hambre de hombre. ¿Qué vínculo secreto, sagrado, existe entre la femineidad y el hambre? ¿Será cierto aquello de la vagina como rueda dentada que destroza o devora el falo del hombre? ¿Será la avidez de energía masculina que se consuma durante el coito, la absorción del semen cuyo derroche tantos ascetas evitan, desde los sacerdotes que hacen voto de castidad hasta los taoístas que se colgaban boca abajo de la rama de un árbol para que el semen no se les escapara y fluyera hacia sus cerebros, alcanzando así la mayor potencia espiritual, la iluminación, o el nirvana de los budistas? Retención seminal del Tantrismo, la serpiente Kundalini que duerme en el primero de los chakras. ¿Será verdad que la esperma -como leí en algún texto sagrado oriental- no es más que un cúmulo de goticas de cerebro derretido o licuefacto? Sea lo que sea, para Dalí, esa pareja de labriegos que reza en el cuadro de Millet acaba de enterrar a su hijo. El ataúd infantil sería el canasto que yace en el suelo entre el hombre y la mujer. Castración maternal del hijo: una de las obsesiones infantiles del pintor. En su obra Gala con dos chuletas de cordero en equilibrio sobre su hombro, Dalí fantasea con la posibilidad de comerse a su musa por amor. “Me gustan las chuletas y me gusta mi mujer, no veo ninguna razón para no pintarlas juntas”, comentó. Todo erotismo es una forma de absorción. ¿Qué es la felación, qué es el cunnilingus, sino aproximaciones a la deglución? ¿Acaso no dicen los españoles “comerse un coño”? “Chuparse los dedos”, “afilar los dientes”, “comer con los ojos”, “me la comería a besos”... frases reveladoras que flotan en el habla popular. Al rozar estos temas tabuados ineluctablemente tenemos que referirnos a Freud, a aquel conjunto de instintos vitales -como el hambre, la sed y la sexualidad- que él se atrevió a explorar por primera vez. Los bebés lo chupan y lo muerden todo constantemente. Incluso dentro del útero ya se chupan el dedo. Vienen programados para chupar la teta de la madre. Freud estudió mejor que nadie cómo la alimentación y la sexualidad se confunden en el acto de la lactancia. En La Edad de Oro Buñuel nos muestra a una muchacha que lame y succiona el dedo gordo del pie de una estatua. Aquí la concupiscencia y el deseo se han mineralizado. Poco antes de esa secuencia, la mujer introduce los dedos de su mano en la boca de su amante, quien hace lo mismo con ella. De pronto, la mano del hombre aparece mutilada. No tiene dedos. Antropofagia erótica. En Tanizaki (El Club de los Gourmets) asistimos a una circunstancia casi idéntica, cuando un comensal introduce poco a poco sus dedos en la boca de una joven que empieza a chupárselos hasta casi tragárselos. Des Esseintes -el protagonista de Huysmans en À rebours- tenía su “órgano de boca” para disfrutar de las sinestesias o equivalencias entre sonidos y sabores. La boca como zona erógena. Pero Huysmans, en su afán de ir a contracorriente, hace que su personaje al final pase de la boca como entrada principal de los alimentos culturales a la nutrición por la retaguardia, con lavativas. Pasa de la fase oral a la anal. Todo esto antes de que Freud publicara sus textos fundamentales. La desconcertante conducta de la mantis religiosa, su pavorosa voracidad, me hace evocar la célebre sentencia del Conde de Lautréamont: “bello como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección”. La inesperada concurrencia de esos tres objetos permite que sexo, hambre y muerte coincidan en un mismo tiempo y espacio. Eros y Tánatos, dioses opuestos, finalmente conciliados. La máquina de coser -por sus curvas sensuales y debido a su función preferentemente femenina- representa a la mujer mientras que el paraguas, por su diseño fálico, puntiagudo, sería el dispositivo masculino. En cuanto a la mesa de disección, ¿qué otra cosa podría significar sino una cama? Una mesa es una cama alta donde se come, y una cama es una mesa baja donde también se comen las parejas. Ignoro si Isidore Ducasse tuvo en cuenta estas correlaciones cuando escribió su famosa frase. De haber sido así, asistimos a una profunda lucidez, también anterior a Freud. Otra prueba de que el arte a veces avanza más rápido que la ciencia. En cambio, si no tuvo en cuenta esas analogías, entonces se trata de uno de esos golpes de iluminación poética que sólo los genios pueden permitirse. En cualquier caso, ambos sexos reposan simbólicamente sobre una mesa donde se hace la necropsia. Una mesa que es una cama macabra, ese lecho de la muerte que a veces produce hasta hígados a la vinagreta. Lautréamont no se quedó sin su recompensa. En Francia, por una antigua ley, se pueden casar los vivos con los muertos, y una mujer pidió casarse póstumamente con el Conde. Ya consiguió Ducasse en la ultratumba la coagulación de su metáfora. En el espectáculo de la naturaleza el hambre lo domina todo, desde los depredadores más veloces hasta las inmóviles plantas carnívoras. Todo el mundo se está comiendo a todo el mundo todo el tiempo. Según la mitología hebrea la historia del género humano empezó precisamente con un episodio de hambre: Eva muerde el fruto prohibido por hambre de conocimiento. Su curiosidad fue tan tentadora que nos ha conducido al drama cósmico en el que estamos sumidos. Todo cubano, al llegar al exilio, lo primero que hace es comerse una manzana y empezar a engordar. Comen y comen para desquitarse de la libreta de racionamiento que durante tantos años ha limitado sus antojos y apetencias. Golosinean también porque descubren en otras tierras manjares y exquisiteces cuya existencia ni siquiera sospechaban. El desterrado busca desesperadamente un mamey, una guanábana, un canistel... pero encuentra una manzana. La manzana podrida incrustada en la espalda de Gregorio Samsa. Cualquier recién salido de la Isla de la Utopía entra en una carnicería de no importa qué país del mundo, y se queda boquiabierto, con la boca hecha agua. No puede creer lo que ven sus ojos. ¡Tanta carne junta! Es como si acabara de entrar en el Museo de la Carne, como si hubiera llegado al País de Jauja, o al Jardín de las Hespérides, donde las manzanas de oro brillan en un nuevo espejismo. Primum manducare, deinde philosophare, dice el proverbio latino que unos atribuyen a Aristóteles, y otros, a Hobbes. Cervantes despliega una idea afín cuando pone a dialogar a Babieca con Rocinante. Babieca es el caballo del Cid Campeador y le pregunta al rocín de Don Quijote: “¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?” Rocinante: “Porque nunca se come, y se trabaja”. Babieca: “Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?” Rocinante: “No me deja mi amo ni un bocado.” Viéndole tan flaco que es ya casi sutil y como inmaterial, Babieca asevera: “Metafísico estáis”. Rocinante: “Es que no como”. Como metafísicos Rocinantes -víctimas de un sueño quijotesco tan largo que devino pesadilla kafkiana-, los cubanos, cuando llegan a territorios exóticos, comen y comen sin parar, porque esa glotonería es su forma de vengarse, su juramento a lo Escarlata de que jamás volverán a pasar hambre. Curiosamente, la versión original de ese juramento -la literaria- ha sido alterada en las versiones cinematográficas. En la novela, Margaret Mitchell escribió: "As God is my witness, as God is my witness, the Yankees aren't going to lick me”. (Dios sea testigo de que los yanquis no van a poder conmigo). ¡Los yanquis! Forma despectiva en que los confederados sudistas se referían a sus enemigos del Norte. ¡Cuba sí, yanquis no! ¡Abajo el imperialismo yanqui!... Cualquier cubano conoce esas consignas desde el útero. Escarlata está a favor de la esclavitud. Llamar “yanquis” a los norteamericanos, como ella hace, es algo en lo que Fidel Castro se ha ejercitado con fruición durante cincuenta años. ¿Será este señor un esclavista del Sur que ha sobrevivido más de un siglo al final de la Guerra Civil estadounidense? No sería extraño a juzgar por su noción medieval de la economía. ¿Será Cuba el último estado sureño secesionista?

Ciudad de México, 8 enero 2009.
(Publicado en el número 51/52 de Encuentro de la Cultura Cubana, correspondiente a invierno-primavera de 2009).

miércoles 4 de marzo de 2009

FRANCIS BACON: EL RASTRO DEL CARACOL


POR MANUEL PEREIRA
Hace cien años nació Francis Bacon, uno de los artistas más
inquietantes del siglo XX. Nació en Dublín, como tantos otros genios:
Jonathan Swift, W.B.Yeats, James Joyce, Samuel Beckett, Bernard Shaw,
Oscar Wilde... Su padre afirmaba que era descendiente del otro Francis
Bacon, el barón de Verulam, filósofo y estadista inglés (1561-1626).
Entre 1927 y 1928 el joven Bacon pasó algún tiempo en París y Berlín,
donde se dedicó a la decoración y al diseño de muebles. Después de ver
una exposición de Picasso, quedó tan impactado que comenzó a realizar
dibujos y acuarelas. En 1944 -ante el escaso éxito de sus obras, y
porque era muy exigente consigo mismo- destruyó casi todas sus
pinturas.
Pero ese mismo año su estrella empezó a refulgir con el tríptico Tres
estudios para figuras en la base de una crucifixión. En esa época,
desde su estudio, Bacon oía caer las bombas volantes alemanas sobre
Londres. Esa obra representa todo aquel horror, es una especie de
Guernica británico. Como se recordará, ese cuadro de Picasso está
inspirado en el bombardeo alemán del pueblo vasco de Guernica (1937).
Ambas obras son relatos horizontales, apaisados, aunque la del español
no es un tríptico.
A pesar del título de Bacon, no vemos ninguna cruz, como no sea
-forzando la imaginación- ese híbrido de trípode fotográfico con
sextante en el panel central. Las tres figuras, como malignos animales
humanoides, recuerdan las criaturas picassianas de Guernica. La de la
derecha pudiera ser una reminiscencia del toro. Alarga el cuello, como
hacen las cuatro mujeres de Picasso. Ese animal enfurecido abre la
boca y enseña los dientes, imitando al caballo que también estira el
cuello en el cuadro del malagueño. Le falta una pata, seguramente
perdida en el bombardeo. La figura central de Bacon -una especie de
pajarraco con los ojos vendados- pudiera aludir a la paloma de Picasso
que estalla en pleno vuelo debajo del ojo con bombilla. El personaje
de la izquierda es el más enigmático, pareciera una mujer acongojada,
lúgubre, o un ave de rapiña agazapada, esperando para lanzarse sobre
la carroña que las bombas van dejando a su paso.
Bacon no copia a Picasso, lo recrea magistralmente. No hay aquí
cubismo, ni geometrías, pero sí la distorsión de las formas humanas.
Ya a partir de este tríptico, el tema favorito de Bacon será la
violencia y la carne desgarrada, pues ¿qué otra cosa sino es una
crucifixión? Londres crucificado, Guernica crucificada, ciudades
crucificadas bajo los bombardeos. Parece ser que Bacon quiso
concentrar en su producción pictórica todo el dolor de la humanidad.
La carne rota, la carne desfigurada, la carne destrozada y sangrante
está en el fondo y en la superficie de su estética. Toda su pintura
huele a matadero, como si saliera de una de las carnicerías de aquel
otro expresionista que fue Chaïm Soutine. El mismo Bacon lo dijo: "Por
supuesto que somos carne, que somos carcasas en potencia. Cuando entro
en una carnicería siempre me sorprende no encontrarme ahí en lugar del
animal".
En su lienzo Cabeza rodeada de carne de vaca (1954), cuelgan unos
costillares de res que aluden directamente a El buey abierto en canal,
de Rembrandt, que está en el Louvre. La res del holandés cuelga en la
penumbra de una carnicería, es un memento mori, o sea, un recordatorio
de la muerte. No otra cosa hará Bacon cuando rodea de carne masacrada
la cabeza del Papa Inocencio X. Las dos ijadas del animal sacrificado,
vistas a cierta distancia, parecen un par de alas ensangrentadas que
le han salido al Santo Padre.
Ese pontífice, originalmente pintado por Velázquez, obsesionó al
artista irlandés. La mezcla de Rembrandt con Velázquez hace que dos
barrocos den lugar a un expresionismo británico en pleno siglo XX.
La pintura de Bacon no es "bonita", ni pretende serlo. Por el
contrario, es cruel, amarga, violenta hasta provocar rechazo en
algunos. Esto se ve claramente en la versión que ejecutó del retrato
de Inocencio X pintado por Velázquez. Llegó a producir hasta 44
versiones de esa imagen, si bien la más conocida es de 1949.
Si observamos el retrato original de Velázquez vemos que aquel papa
del siglo XVII no tiene cara de inocente, pese a su nombre. Más bien
tiene cara de pocos amigos, incluso le dirige al pintor sevillano una
mirada desconfiada, casi frunciendo el ceño. Sentado en un sillón
dorado, como un dios todopoderoso, su mano derecha está crispada, casi
una garra. Aquel papa fue duro, por ejemplo en su ataque a los
jansenistas, pero también fue mecenas de grandes artistas barrocos.
Todo en él transpira espíritu de Contrarreforma.
Lo que hace Bacon es explorar la profundidad del personaje y ponerla
al descubierto. De pronto, el pontífice se aferra al mueble y chilla,
como si su sillón papal se hubiera convertido en una silla eléctrica.
El bonete y la muceta del pontífice han pasado del púrpura a un
violento violáceo. Sólo el alba conserva su blancura. La carta de
petición que Velázquez le había dirigido a su Santidad ha desaparecido
de su mano izquierda. El grito del papa de Bacon es deudor de aquel
otro grito que oímos con los ojos en el célebre cuadro de Edvard
Munch.
Bacon se confesaba ateo, y quizá veía en Inocencio X una figura de
autoridad, un Pantocrátor tiránico. Aparte de eso, tal vez percibía en
este papa un trasunto de su papá, un ex militar con quien el pintor
siempre tuvo problemas debido a su homosexualidad.
Bacon reinterpreta y a la vez deforma, distorsionándolo todo
ferozmente. Esa violencia tan suya y de nuestra época, se prolongó en
su serie "perros que gruñen" (Dogs) de 1952. Uno de esos perros se
excita contemplando otro costillar de res ensangrentado, reiterado
homenaje al buey de Rembrandt.
No nos queda muy claro si Bacon condena la violencia o si busca en
ella cierto tipo de belleza. Pudiera tratarse de ambas cosas, ya que
fue un artista que siempre se movió en el colmo de las paradojas y de
la ambigüedad.
Sus acumulaciones de carnes amorfas, sus autorretratos, los retratos
de sus amistades, todos tienen algo así como una morfología de la
desintegración, como si las formas estuvieran derritiéndose
resbalosamente, como si fueran moluscos.
En efecto, Bacon decía: "Me gustaría que mis cuadros se vieran como si
un ser humano hubiese pasado por ellos como un caracol, dejando un
rastro de la presencia humana y de la memoria del pasado, igual que el
caracol va dejando su baba".
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(Publicado el 25 enero 2009 en Día Siete no. 440, México)

viernes 9 de enero de 2009

ENTREVISTA CON MANUEL PEREIRA

EXCELSIOR, MÉXICO.
31-Diciembre-2008

"El ensayo es árido, pero ayuda a pensar"
Patricia Cordero.

En una conversación sostenida durante un desayuno en París a finales de los años 70, el escritor cubano Alejo Carpentier le dijo a su colega y paisano Manuel Pereira que no se dedicara al ensayo, por ser el menos comercial de los géneros literarios. Pero Pereira no hizo caso porque, dice, su intención no era volverse millonario, sino obtener reconocimiento y prestigio. Siguió su instinto y, además de novelas, optó por escribir ensayos, de los cuales una decena de ellos se reúne en el libro Biografía de un desayuno, editado por Porrúa."Él me dijo que el ensayo no se vende, que es un género difícil, de una lectura árida, no hay personajes, no hay anécdotas. No es como una novela o un cuento que tiene una serie de chismes y eso es lo que a la gente le gusta", comenta el narrador nacido en La Habana en 1948.
En este volumen, que recopila textos escritos entre 1984 y 2007 en París, La Habana, Venecia, Barcelona y México, el también autor de Insolación (Diana, 2006) escribe sobre la ciencia, la literatura, los perros, la historia, los cuervos, el cine y la mitología."Se puede escribir un ensayo sobre un par de zapatos viejos, sobre un sacacorchos, todo depende del talento del ensayista. Una persona con capacidad para escribir un ensayo puede escribir sobre cualquier tema,desde los más trascendentales y filosóficos, como puede ser el amor o la muerte, hasta un sacacorchos o la historia de un par de zapatos viejos", señala el también periodista.
En esa época todavía vivía en Cuba, antes de comenzar su periplo por el mundo y enfrentarse con un universo desconocido. "Yo no sé si sepan qué es el socialismo, como una especie de jaula donde te ponen el alpiste y siempre tienes el alimento asegurado, pero no puedes volar fuera. El capitalismo es cuando estás fuera de la jaula, pero viene un cazador, te mete un escopetazo y te mata, pero puedes volar y escapar. Son dos mundos", dice.
"El ensayista es un escritor que se hace preguntas y da respuestas. Es un género que enseña a pensar. Yo pienso mientras escribo y se hace pensar al lector. Eso establece un diálogo muy interesante entre el escritor y el lector. Trato de que el lector descubra que hay varias maneras de mirar al mundo, que no sólo esa manera en la que lo han educado y criado. Si te giras ligeramente cinco grados, ya adquieres otra perspectiva del universo", señala el también autor del libro de cuentos Mataperros (Algaida, 2006).
Pereira recuerda que experimentó con la pintura, la escultura, la música, la poesía y hasta la medicina antes de encontrarse con el periodismo, donde encontró una fórmula eficiente para escribir."Si el tono de la poesía lo mezclo con el de la crónica y el reportaje, ¿qué sale de ahí? Una novela. Y empecé a experimentar y así surgió mi primera novela, El comandante veneno", recuerda.

viernes 31 de octubre de 2008

OPINIONES SOBRE "BIOGRAFÍA DE UN DESAYUNO"

PRESENTACIÓN DEL LIBRO

Invitación a los lectores a la presentación del nuevo librode ensayos
BIOGRAFIA DE UN DESAYUNO
(editorial Miguel Ángel Porrúa) en el Instituto Cultural Helénico.

La presentación estará a cargo del poeta
Juan Alcántara (Maestro de Literatura de la Universidad Iberoamericana).
Sábado 8 noviembre, 6 pm, aula Delta.

Inst. Cultural Helénico, Ave. Revolución No. 1500

BIOGRAFÍA DE UN DESAYUNO

UNA IMAGINACIÓN DESLUMBRANTE (*)

Juan Alcántara Pohls

En sentido estricto, la presentación de un nuevo libro es un festejo, una celebración, una ocasión de júbilo, sobre todo si se trata de un buen amigo —como lo es Manuel Pereira—, de un profesor admirado y querido —en la misma casa en donde ofrece sus conocimientos y frente a sus alumnos—, de un muy buen escritor —serio, experimentado, lúcido, que nos ofrece un fruto más.

Sin embargo, más allá de mi capacidad o incapacidad para ofrecer palabras festivas, el libro que hoy presentamos es un libro rico y complejo. E inevitablemente esta riqueza y complejidad no se ofrecen sin dificultades —o perplejidades—, de tal manera que quizá pueda yo hacer un mínimo servicio a sus futuros lectores si les ofrezco algunos parámetros, ciertos lineamientos muy simples, que les permitan saber qué tipo de libro tienen ante ellos y cómo apropiarse de su jugosa pulpa y disfrutarla lo más rápidamente posible.

Biografía de un desayuno no es un libro ligero ni divertido, hecho a la medida de las circunstancias o de los lectores. No es un libro "armado" para ganar puntos en un curriculum académico o profesional. Tampoco rápido, complaciente, irresponsable o descomprometido, para no decir deshonesto, como lo son muchos de los libros actuales que sólo se plantean cómo ubicarse con provecho en los mercados editoriales sin importar que el medio para lograrlo sea engañar o halagar impunemente a los lectores.

Como lo señala una de las palabras del título, el libro no tiene algo, sino mucho de la persona que lo ha escrito. Es en gran medida su vida, su biografía, su persona misma hecha escritura y libro. Han sido necesarios muchos años de lectura, viajes, reflexiones, experiencias diversas, ilusiones y desilusiones, conversaciones interminables, observaciones minuciosas del mundo, del arte, de las ciudades y de las personas, para que su presencia, hoy, como libro, sea posible.

De la misma manera se esperaría del lector que lo haga suyo en un sentido biográfico: única manera de leer de verdad un libro. Incorporándolo, por así decirlo, a su existencia, a su desarrollo, a su experiencia, de manera indeleble, a la manera de una marca que se establece en su trayectoria vital.

Resulta escandaloso que un libro que ha costado al autor años de trabajo sea consumido por el lector en unas cuantas horas —o sea presentado o reseñado con unas cuantas palabras. Habría que pensar en eso.

Manuel Pereira hace ese tipo de libros. No se les puede dar la vuelta fácilmente. Quienes conozcan Insolación, su última novela, publicada en México, reconocerán que, pese a ser divertida a su manera, en ella están sedimentados numerosísimos estratos vitales del autor —trabajo lentísimo que se incuba durante años—, y que la obra actúa sobre el lector como una bomba silenciosa implantada en su conciencia, desplegándose y arraigando con el tiempo de manera imprevisible.

Hablo de Insolación puesto que no puedo separar tajantemente la escritura narrativa de Manuel de su trabajo ensayístico. Se trata de un mismo proyecto, de una misma biografía literaria que ha ido creciendo y echando vigorosas ramas. Las ramas apuntan hacia direcciones diferentes, pero todas explican el mismo árbol. Todas ellas no pretenden sino, en suma, a su manera, revelarlo, dar a conocer al autor, inventarlo también, tal como él quiere inventarse a sí mismo.

Inventarse a sí mismo. Porque también se trata de obras de imaginación. Biografía de un desayuno es un libro de una imaginación deslumbrante. Hemos dicho experiencia, largos viajes, encuentros innumerables, años de adhesiones y desgarramientos, una vida que se ha vuelto un pasado grávido de significación. Pero a la vez, una imaginación vigorosa, rápida, característica, por momentos vertiginosa, casi cercana al delirio, aunque aferrada al rigor de la coherencia, a la búsqueda de la verdad. La combinación, y me refiero a la simultánea plenitud de las facultades de vivir e imaginar, resulta explosiva, el detonador de un libro como el que hoy presentamos.

Es igualmente escandaloso que lectores con poca imaginación o sin ella lean a un escritor poderosamente imaginativo y lo juzguen a la ligera sin hacer conciencia de esa decisiva diferencia —lo ha dicho Witold Gombrowicz. Manuel Pereira exige lectores imaginativos. O mejor aún, lectores de imaginación ejercitada. El lector de Biografía de un desayuno tendrá que preguntarse, en medio del vértigo de la lectura, cómo merecer esa imaginación. Algunos, sin embargo, considerarán una afrenta que el autor les exija imperiosamente que pongan a trabajar su cerebro; más aún: que observen el mundo con una atención inusitada y consideren cada uno de sus detalles minuciosamente, puesto que en cualquiera de ellos puede estar cifrada una revelación, una comprensión súbita como un fogonazo.

Biografía no es sin embargo un libro abstracto y cerebral, que sirva para torturar a lectores ingenuos y desprevenidos. Es, sobre todo, un testimonio de arte literario, y por lo mismo ofrece a su manera formas de la belleza, del placer, del entusiasmo. Se nos olvida con frecuencia, sobre todo en la universidad —Manuel Pereira lo señala en su prólogo—, que el ensayo no es ese género seco que se limita al puro dato o que racionaliza excesivamente las ideas para darles una apariencia de objetividad científica pese a que al hacerlo las deje sin vida. Su "doble naturaleza: artística e intelectual" le permite a la vez llenar de vida y de colorido la reflexión, quitándole sus rasgos ásperos y fastidiosos, y hacer que la escritura literaria, incluso poética, se empape de sentido y aborde todos los aspectos de la vida humana, desde los más fútiles hasta los trascendentales.

Género difícil, puesto que carece de límites y vive de que el autor se plantee sus propias reglas y logre un equilibrio personal de sus recursos. Manuel Pereira reconoce su escuela, la mejor, sin duda, la más prestigiosa, la que resulta ineludible para el género: la tradición ensayística francesa, inaugurada por Montaigne, su mejor y más grande representante. Pascal, Montesquieu, Voltaire, Diderot, Valéry, Sartre, Barthes, Cioran forman parte de ese legado vivo.

Los ensayos de Manuel, sin embargo, no se parecen a los de sus modelos; tampoco a los de otros ensayistas más cercanos, maestros y contemporáneos, como pueden serlo Borges, Lezama Lima, el mismo Carpentier, Octavio Paz. Tienen sus propios rasgos, sus propias reglas de operación, sus propios recursos.

Hay, sobre todo, una visión del mundo completamente personal —aspecto este último, por cierto, que debería ser el primero que se tome en cuenta a la hora de juzgar a un escritor.

No me referiré al contenido de los ensayos. Pese a que el mismo autor pueda no estar de acuerdo conmigo, sostengo que lo temático no es el aspecto fundamental de la práctica literaria. Un buen ensayo, como un buen poema, puede ser lo mismo sobre las moscas, sobre Leonardo da Vinci o sobre la caída del Imperio Romano. En todo caso diré que los materiales con los que el autor construye sus piezas ensayísticas son igualmente asombrosos. Hay algo de enciclopédico en esos diez trabajos escritos a largo de 23 años, una mirada amplia que a la vez atiende con precisión centenares de datos provenientes de la historia, las religiones, la mitología, el arte y el pensamiento tanto del mundo antiguo como del mundo moderno. Si acaso, hay un matiz "americano" consistente en el hambre canibalesca —o mejor aún: pantagruélica— de tragarse toda Europa, todo su pasado, sus grandes tradiciones, sus fundamentos en diálogo con otras civilizaciones y culturas, incluyendo las mezclas americanas. Habría que hablar largamente de cómo para el autor, en el "bolo" que se produce de esa gigantesca, audaz, brillante masticación, que todo lo hace contiguo —aunque no igual— por más diverso que parezca, el espectáculo de la civilización humana, de sus grandes realizaciones, es un sólo afán —un "rigor de la especie", como diría Jorge Cuesta—, un sólo gran proyecto hermanador —aunque no necesariamente conciente ni deliberado— que tiene en todas partes el mismo fundamento. La pasión del ensayista es entonces encontrar y perseguir los hilos secretos, inusitados, que todo lo ligan y que no conocen fronteras ni espaciales ni temporales.

Lo mismo puede decirse de sus materiales "verbales". El autor pertenece por decisión propia a la tradición del gran español. La lengua es el depósito y el resultado de la historia. Por lo mismo hay que usarla exhaustivamente, ocupándola en su amplitud y en sus matices, conociéndola a fondo, sopesando cuidadosamente cada una de sus palabras. Una palabra mal usada traiciona la lógica, la historia, el sentido común, compromete el rigor personal —las palabras son para Manuel, igualmente, biografía, parte de su vida, y tiene una larga relación personal con cada una de ellas. Un español así, más allá de si participa o no de la supuesta exuberancia tropical del español y de la literatura de Cuba, no puede ser sino exótico, inusitado, puesto que se contrapone a la involuntaria pobreza de nuestros medios escritos cotidianos, y aun a la de nuestros escritores más celebrados.

Por último, hay en su modo de proceder, en su ensayismo, en los mecanismos de argumentación y presentación de sus ideas, un aspecto que, creo yo, es su marca más personal. "Para escribir bien —nos dice Montesquieu— hay que prescindir de los nexos". El autor lleva esta poética hasta sus límites. Lo ayuda, por supuesto, la ambición de sus temas, las dimensiones de sus pesquisas. Frente a lo vasto, no puede sino adoptar una audaz impaciencia. No puede sino enhebrar rápidamente, escondiéndonos el hilo ahí donde otros nos darían largas explicaciones y tediosas precisiones. La pluma de Manuel es fina, sutil, pero inquieta y, como un delfín, aparece aquí y allá sin avisarnos, describiendo trayectorias y relaciones caprichosas que van envolviendo al lector en redes de sentido que atrapan no se sabe si por vertiginosas o por sorprendentes —el mismo Manuel se ha referido a esto como la técnica del "coq à l'âne". Ahí es donde, me parece, se manifiesta con mayor claridad la maestría de la imaginación del autor: observar, sí, atentamente, el mundo, pero luego reinventarlo, darle vuelta a su sentido según relaciones ocultas —hilos, cadenas, correspondencias— que son descubrimientos personales pero que pueden ser aceptados por el lector como formas legítimas de entender lo real.

Yo diría que hay algo en el proceder de Manuel que se aproxima al "método paranoico-crítico" desarrollado por Salvador Dalí. Con esto no quiero decir que el autor sea surrealista ni que necesariamente me guste la obra pictórica de Dalí —aunque sí algunos de sus trabajos en prosa, particularmente el Mito trágico del "Angelus" de Millet. Según ese método, todo apunta obsesivamente a una misma respuesta, a una misma conclusión, de tal manera que de pronto ésta se revela sobredeterminada por las evidencias, incluso sobreexpuesta, por más que en sí misma pueda parecer extravagante o inverosímil. A tal grado todo indicio queda sometido a apuntalar una conclusión, que parecería que la lógica se invierte y que es lo demostrado lo que va produciendo sistemáticamente las demostraciones. La revelación persigue al investigador según una paranoia aceptada y controlada, de forma tal que todo contribuye a sacarla a la luz. En esta sobredeterminación de la evidencia, el ensayista abruma al lector: no solamente le demuestra que el asunto es así, como él lo plantea, sino que apila una tras otra, sin tregua, velozmente, las demostraciones, todas coincidentes, a la manera de un delirio que bordea la obsesión.

Un maravilloso delirio, sin duda, y una obsesión por hacer salir la verdad oculta bajo las apariencias —aunque no deja de ser inquietante que sea justamente un escritor que ha vivido en carne propia la experiencia del totalitarismo cubano el que nos haga ver el juego de ser perseguido por lo demostrado. Recientemente Vacláv Klaus, presidente de la República Checa, ha dicho que "quienes han nacido bajo el comunismo están más prevenidos que otros contra nuevas formas de restringir la libertad", aplicando a su manera el "método paranoico-crítico" al denunciar la ideología de la culpabilidad global ambiental difundida exitosamente por Al Gore.

Hasta qué grado esta forma de argumentación —virtuosa, por supuesto, jamás viciosa— surge en Manuel Pereira como cálculo estratégico elegido libremente o como consecuencia de un traumatismo histórico y biográfico, no lo sabremos nunca. Probablemente se trate de las dos cosas. Kafka, por ejemplo, ¿sufrió realmente la tiranía paterna o sólo magnificó algunas desavenencias para poder escribir sus mejores obras? La ironía de la mejor literatura es que es, a la vez, dueña y esclava de su propia verdad.

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(*) Texto leído por el poeta y profesor mexicano Juan Alcántara durante la presentación de Biografía de un desayuno, en el Auditorio “San Ignacio de Loyola” de la Universidad Iberoamericana. Ciudad de México, 21 de octubre de 2008.

viernes 19 de septiembre de 2008

UN DESAYUNO EN MÉXICO

Manuel Pereira presentó el 21 de octubre su más reciente obra literaria en el auditorio San Ignacio de Loyola de la Universidad Iberoamericana, en Ciudad de México, donde el escritor cubano imparte clases de literatura desde hace cuatro años. Biografía de un desayuno es un libro que reúne diez ensayos y acaba de ser publicado por la prestigiosa editorial mexicana Miguel Ángel Porrúa.

El libro y su autor fueron presentados por los Maestros Gilberto Prado Galán y Juan Alcántara Pohls, ambos destacados poetas mexicanos y catedráticos de la alta casa de estudios. Ante un nutrido público formado por estudiantes, profesores y autoridades académicas, Pereira expuso algunos pormenores de la elaboración de su obra y respondió a numerosas preguntas.

Manuel Pereira (La Habana, 1948) ha publicado cuatro novelas, además de relatos, ensayos, compilaciones de textos periodísticos, críticas de arte, de literatura y de cine. Algunos de sus libros han sido traducidos a las principales lenguas europeas. Sus obras más recientes son la novela Insolación (Diana, México, 2006) y el libro de cuentos Mataperros que ganó un premio internacional en España (Algaida, Sevilla, 2006).

Los ensayos de Biografía de un desayuno están escritos con un ritmo vibrante y una prosa que combina eficazmente erudición con amenidad. En estas diez piezas ensayísticas -que se leen de una sentada- el autor despliega un tono reflexivamente jocoso, sorprendiendo con súbitas asociaciones de ideas que abarcan esferas tan diversas como el arte, la literatura, la historia, la ciencia, la mitología, el cine...

“Biografía de un desayuno es un libro inteligente para lectores inteligentes”, según reza la nota editorial de la contraportada del libro.

Como dice Pereira en su prólogo: “El verdadero ensayo no es tratado científico, ni monserga didáctica. No tiene que ser plúmbeo, ni aburrido. Es literatura de alta escuela, prosa que destila una doble naturaleza: artística e intelectual".

miércoles 7 de mayo de 2008

PERIODISMO

FAUSTO Y MEFISTÓFELES

El vínculo entre política y literatura es muy antiguo y se manifiesta de múltiples maneras. Platón escribió el libro más politizado de la historia: La República. Aristóteles fue el maestro de Alejandro Magno. Séneca fue tutor de Nerón. Petronio también formó parte de la corte neroniana. Tanto el filósofo estoico como el primer novelista terminaron mal: suicidándose.
Goethe admiraba tanto a Napoleón que se convirtió en su candoroso propagandista. En este sentido, fue el primer “tonto útil” de la historia. “Tontos útiles” llamaba Lenin a los intelectuales simpatizantes de los bolcheviques que no eran comunistas, pero que apoyaban su causa en un derroche de credulidad. Chateaubriand odiaba a Napoleón, pero al mismo tiempo lo admiraba y le dedicó un libro entero.
Durante la Edad Media la iglesia ejercía el mecenazgo, al igual que en el Renacimiento lo fomentaron familias como los Medici. En busca de patrocinio, o agradeciéndolo, abundan las dedicatorias halagadoras. Por ejemplo, la de Cervantes en El Quijote al Duque de Béjar, a quien también Góngora dedicó sus Soledades.
Hasta cierto punto todo esto es normal. Los escritores y los artistas (también los científicos) necesitan apoyos para realizar sus sueños, sobre todo si carecen de recursos.
En 1920 H. G. Wells se entrevistó con Lenin en Moscú. Ambos sufrieron un amor a primera vista. Wells fue otro “tonto útil”, sonreiría Lenin para sus adentros.
Quien no hizo el papel de “tonto útil” fue André Gide. Invitado a la Unión Soviética por Stalin en 1936, cuando volvió a París publicó un libro muy crítico con la dictadura del proletariado titulado Regreso de la URSS.
En 1932 el gran poeta Ezra Pound se acercó a Mussolini, hizo programas radiofónicos a favor del fascismo, contra Norteamérica, y terminó enjaulado -como una fiera salvaje-, acusado de loco y de traidor por sus compatriotas.
Otro gigante, César Vallejo, puso su pluma al servicio de la España Republicana.
Casi todos los escritores evolucionan en sus relaciones con la política. Unos se desplazan de la izquierda a la derecha, otros van en dirección contraria, otros zigzaguean. Jorge Luis Borges publicó en 1920 un par de poemas a favor de los bolcheviques. Luego se volvió conservador hasta el final de su vida.
Pablo Neruda -conocido por sus ditirambos a Stalin y a Lenin- publicaba el 27 de noviembre de 1944, en el periódico El Siglo, un texto titulado “Saludo a Batista” en el que lo cubría de elogios. Más tarde encumbraría a Fidel Castro en su Canción de gesta (1960).
La diferencia entre el chileno y el argentino es que cuando Borges escribió sus versos utopistas tenía 21 años mientras que Neruda compuso su alabanza a Batista a los 40 años y su Canción de gesta a los 56.
Una máxima muy conocida afirma que “quien no es revolucionario a los veinte años no tiene corazón y quien lo sigue siendo a los cuarenta, no tiene cabeza”.
En ocasiones, estas alianzas con la política -o pactos diabólicos- pueden llegar a costar la vida. Los poetas rusos Maiakovsky y Esenin, después de estar comprometidos con el ideal comunista, entraron en contradicción con sus “camaradas” y fue tanta la hostilidad y la decepción que sufrieron que terminaron suicidándose. En 1941 la poetisa rusa Marina Tsvetaeva se ahorcó después de que su hermana fuera enviada a un campo de trabajos forzados, su esposo fusilado y el hijo arrestado. Osip Mandelstan terminó sus días camino de un campo de concentración en Siberia por escribir un poema contra Stalin, y al narrador Isaac Bábel -injustamente acusado de espía- lo fusilaron en 1940 tras un juicio que duró veinte minutos.
Todas estas muertes fueron políticas, pero casi nadie las conoce. ¿Por qué? Porque fueron víctimas de una dictadura de izquierdas, y en tal caso se suele echar un tupido velo sobre el tema. Por ejemplo, todo el mundo sabe que los franquistas fusilaron a Federico García Lorca durante la Guerra Civil Española, pero casi nadie sabe que también el bando republicano fusiló al ensayista Ramiro de Maeztu y al dramaturgo Pedro Muñoz Seca en aquel fatídico año de 1936.
Unamuno apoyó al principio la sublevación de Franco, pero no tardó en desengañarse al ver tanto horror. Tras enfrentarse valientemente al general Millán Astray, perdió su cargo de rector de la Universidad de Salamanca y murió a los pocos meses en arresto domiciliario.
En Japón, Yukio Mishima adoptó posturas nacionalistas a favor del resurgimiento del Imperio Japonés. En 1970 intentó dar un golpe de estado que fracasó. Mishima se suicidó mediante el ritual del seppuku.
Jean Paul Sartre, a pesar de su inteligencia, fue otro “tonto útil”, fascinado con Fidel y con el Che. Hemingway cayó en la misma trampa carismática. Thomas Mann -mucho más lúcido- emitió un montón de charlas radiofónicas contra Hitler invitado por la BBC londinense .
El polémico vínculo de los escritores y artistas con los políticos a veces se debe a la ingenuidad de los primeros, ya sea por convicción o por conversión. En ocasiones, no es más que un pecado de juventud, bien sea por idealismo, por romanticismo ideológico, o por despiste político. En unos casos esa relación es fruto de la coacción, en otros pareciera obnubilación ante el poder; o una mezcla inextricable de todas estas circunstancias...
Hitler -él mismo pintor fracasado- no careció de “tontos útiles”. Tuvo a su lado al arquitecto Albert Speer, quien escribió: “Como Fausto, habría vendido mi alma por hacer un edificio. Ahora había encontrado a mi Mefistófeles”. El dictador alemán también contó con la colaboración de la excelente cineasta Leni Riefenstahl y con la guía intelectual del periodista Dietrich Eckhart. La poetisa norteamericana Gertrude Stein -que era judía- llegó a proponer por escrito a Hitler para el Premio Nobel de la Paz. No faltaron en las letras francesas los colaboracionistas: Céline, La Rochelle, Brasillach, éste último condenado a muerte por orden directa de De Gaulle.
Muchos escritores han sido diplomáticos: Rubén Darío, José Martí, Alfonso Reyes, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Paul Claudel... André Malraux llegó a ser ministro de Cultura. Sarmiento en Argentina y Rómulo Gallegos en Venezuela fueron presidentes en sus respectivos países. Nada de esto es malo, ni censurable, en sí mismo... siempre y cuando uno sea capaz de renunciar cuando el asco resulta insoportable, como hizo Octavio Paz en 1968.
Frente a Satanás –que adopta los más disímiles disfraces para tentar y seducir- se pueden hacer dos cosas: venderle el alma para siempre, o engañarlo con sus mismas artes durante un tiempo hasta que uno pueda escaparse de la Isla del Diablo.

México, DF, 16 agosto 2008.

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FIDEL CASTRO: OCHENTA AÑOS DE CICLÓN *


En 1926 pasó por Cuba el ciclón más devastador en los anales meteorológicos del Caribe. El 13 de agosto de ese mismo año nacía en la isla otro ciclón no menos desolador: Fidel Castro Ruz. Una tempestad que ahora cumple ochenta años.
Hijo de Ángel Castro, un español devenido terrateniente al finalizar la Guerra de Independencia, y de Lina Ruz, una de sus criadas, Fidel era fruto de la bigamia, así que su infancia debió de ser poco risueña. Parece que dedicó todas sus fuerzas a autoafirmarse para borrar esa bastardía.
El primer testimonio documental que tenemos de su turbulenta existencia es una carta autógrafa destinada nada menos que al Presidente de los Estados Unidos de América: Franklin Delano Roosevelt. Apareció recientemente en los archivos de los EEUU. Escrita en un inglés muy elemental, la carta empieza así: “Mi buen amigo Roosevelt”. La misiva está fechada en 1940, de modo que Fidel no tenía 12 años, como afirma en su epístola, sino catorce. Ya empezaba a mentir, lo cual sería -hasta el día de hoy- una constante en su vida.
¿Y por qué engañaba al presidente norteamericano? Probablemente para ablandarlo, porque a continuación venía el sablazo: “Si le parece bien, envíeme un billete verde estadounidense de US $ 10 en la carta, porque nunca vi un billete verde estadounidense de 10 dólares y me gustaría tener uno”.
En esa mensaje ya Fidel Castro se comportaba como nuestro “Jinetero Fundacional”, pidiendo dólares a un extranjero, una actividad que años después él perseguiría obstinadamente entre sus compatriotas castigándolos con años de prisión.
Fidel nunca ha permitido que nadie le haga la competencia, en ningún terreno, ni siquiera en los deportes, mucho menos en la política, ni tampoco sacándole dinero a cuanto extranjero se le ponga por delante, o bien gravando con impuestos abusivos las remesas en divisas de los familiares que residen en el exilio. Tampoco tolera competencia alguna de las fuerzas de la naturaleza, porque él es el primer ciclón de la nación, y cuando hay tempestades en la isla, las persigue en yipi conjurándolas, imprecándolas con consignas revolucionarias, como una especie de chamán ciclonero.
Pero la carta del “niño” Fidel contiene otro rasgo revelador: “Si usted quiere hacer barcos, yo puedo mostrarle la mayor mina de hierro en el país. Está en Mayarí, Oriente, Cuba”, le dice a Roosevelt.
De manera que ya a los 14 años se está comportando como si la isla fuera su finca privada, actúa como un precoz jefe de estado, capaz de negociar de tú a tú con el inquilino de la Casa Blanca. Dieciocho años después, dirigiría la isla como una prolongación multiplicada del latifundio donde nació, incluyendo el destino de sus habitantes como bienes semovientes.
La carta incluye otro atributo característico del futuro dictador: su poder de seducción, o su astucia diplomática, cuando dice: “No sé mucho inglés. Pero sé lo suficiente como para escribirle. Me gusta escuchar la radio y estoy muy contento porque escuché que usted será presidente otra vez”.
Roosevelt jamás le envió los diez dólares, ni mucho menos se interesó por la mina de hierro de Mayarí. Eso debió de decepcionar profundamente a un muchacho tan soberbio. Quizá, al menos en parte, de ahí provenga el visceral antimperialismo de Fidel Castro.
El niño también era violento. Su padre había sido soldado al servicio de la Corona Española y su madre llamaba a comer a sus hijos disparando al aire un winchester. La violencia se respiraba por doquier en el hogar ubicado en una finca del municipio de Mayarí, en la provincia de Oriente.
Sus biógrafos relatan que durante una disputa doméstica con su madre, el niño la amenazó con quemar la casa donde nació, que era de madera. No llegó a hacerlo, pero nadie dudaba de que era muy capaz de hacerlo.
Muy pronto ese torbellino llamado Fidel Castro pasó a estudiar la preparatoria en la Habana, en el Colegio de Belén, regido por jesuítas españoles, quienes le transmitieron el sentido militar de la disciplina así como el odio a los norteamericanos por la derrota que estos le habían infligido a España en 1898.
Ya para entonces le apodaban “el Loco”, entre otras razones, porque desafiaba a sus condiscípulos a lanzarse en bicicleta contra una pared, cosa que nadie hacía salvo él. Destacaba en los deportes y le gustaba mucho leer. Cuando se preparaba para los exámenes, arrancaba del libro cada página que leía, la arrugaba y la tiraba al cesto de los papeles, para no caer en la tentación de releerla y así obligarse a ejercitar la memoria.
En la Universidad de la Habana de los años cuarenta predominaba el fenómeno llamado “bonche”, “bonchismo”, o los jóvenes del “Gatillo Alegre”. Allí había casi tantas pistolas como libros, los pandilleros universitarios se mataban entre ellos, las organizaciones estudiantiles se mezclaban o confundían con bandas gangsteriles. Ese es el ambiente que encuentra Fidel Castro en la alta casa de estudios.
Alfredo Guevara (nada que ver con el Ché) era el dirigente de la Federación Estudiantil en esa época y ha declarado que cuando vio llegar a Fidel a la universidad sintió que allí había entrado “un ciclón”. El doctor Carone Dede (profesor de derecho romano de Fidel) me contó que éste llegaba al aula, ponía la pistola encima de su mesa, y le preguntaba: “¿Qué nota saqué en el examen, profesor?”
Ahí lo tenemos, a los 19 años, agitando a todos en la universidad. Fidel no paraba de participar en movimientos callejeros, manifestaciones, quema de autobuses, secuestros de símbolos patrios –como la campana del ingenio La Demajagua que trasladó desde Manzanillo hasta la Habana en tren-, era un alborotador incansable. Y a pesar de que sus rivales le ponían nombretes como “El Guajiro” o “Bola de Churre”, iba imponiéndose poco a poco a los demás.
Pero la ambición de protagonismo de Fidel no cabía en el recinto universitario, así que también por aquellos años juveniles emprendió aventuras en otros países, como la frustrada expedición de Cayo Confite (1947)- un plan de invasión a la República Dominicana para derrocar al dictador Trujillo- o su participación en el Bogotazo, (1948), cuando recorrió las calles de una Bogotá incendiada enarbolando un sable y arengando a las turbas para que tomaran el poder.
Al mismo tiempo Fidel participaba en el juego político democrático, como candidato al congreso en las elecciones del 52 por el Partido Ortodoxo (de Eduardo Chibás). Pero en marzo de ese año Batista dio un golpe de estado incruento, sirviéndole en bandeja de plata el pretexto a Fidel para recurrir a la violencia, que era su fuerte. Si las vías democráticas ya no existían, si la Constitución había sido violada, entonces no quedaba otro camino que la insurrección armada.
Así concibió Fidel su proyecto más audaz: atacar, junto a un grupo de jóvenes, el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953. Otra vez la cifra nefasta: el 26... ¿Se acuerdan del ciclón del 26? Los signos empezaban a fusionarse en la oscura entraña de la nación.
Desde el punto de vista militar, el ataque al cuartel fue un fracaso, pero para Fidel fue un triunfo, porque lo convirtió en un símbolo. Su movimiento necesitaba cimentarse con sangre de mártires, y por fin lo había conseguido. Fidel ya era abogado, así que, tras ser capturado, asumió su propia defensa durante el juicio por el asalto al cuartel. Cuando le preguntaron quién había sido el autor intelectual de aquella acción, dijo que había sido José Martí.
Fidel apelaba a los fantasmas del panteón patriótico del siglo XIX para fundamentar sus locuras en público, pero secretamente leía a Maquiavelo, a Marx y a Lenin, y admiraba a los fascistas, pues al finalizar su discurso de autodefensa en el juicio pronunció estas palabras: "Condenadme, no importa. La Historia me absolverá", una frase que no era más que una copia casi textual de un discurso similar de Adolfo Hitler.
Condenado a quince años de prisión, salió en libertad 22 meses después gracias a una amnistía promulgada por el dictador Fulgencio Batista. Se exilió en México, donde conoció al argentino Ernesto Che Guevara. El 2 de diciembre de 1956 regresó a Cuba al mando de 81 expedicionarios en el yate Granma que zarpó de Tuxpan (Veracruz). Diez días después, el desembarco fue un fracaso, casi un naufragio. Sólo sobrevivieron 12 hombres (otro símbolo que él fomentará después: los doce apóstoles de Cristo) y subieron a la Sierra Maestra para comenzar la guerra contra Batista. Apenas dos años después Fidel entraba triunfante en La Habana el 8 de enero de 1959, dueño ya de otro símbolo: la barba.
Acababa de entrar un ciclón en la capital de la isla, pero casi nadie se dio cuenta a tiempo. La sociedad cubana no sabía lo que se le venía encima. Todo eran buenos augurios, reivindicaciones populares, promesas populistas, la gran oportunidad para los pobres, todo era utopía en estado puro, esperanza y júbilo.
Los símbolos habían cristalizado. En el imaginario colectivo, las barbas conectaban a Fidel y a su tropa con los patriarcas bíblicos, con los profetas, con los mesías, con los redentores. Fidel llegaba victorioso a la Habana a los 33 años, la misma edad que tenía Cristo cuando lo clavaron en un madero.
Toda la mística, todo el romanticismo de la revolución –que en su primera etapa se proclamó reformista, democrática y popular- se adueñó del país en un abrir y cerrar de ojos. Todas las clases sociales (la alta, la media, las más humildes, profesionales, intelectuales, estudiantes, obreros, campesinos...) quedaron cautivadas y los primeros discursos de Fidel Castro -dueño de una oratoria llena de lugares comunes pero no por ello menos impactante- hipnotizaban a las masas congregadas en lugares públicos, primero voluntariamente, y más tarde acarreadas.
Al mismo tiempo se fusilaba sin parar en la fortaleza de La Cabaña, tanto a miembros destacados del régimen derrocado como a inocentes. Las medidas iniciales de su gobierno fueron populares: campaña de alfabetización, Primera reforma agraria (en la Segunda les quitó a los campesinos todo lo que les dio en la primera), rebaja de alquileres, dignificación de las prostitutas, abolición de la delincuencia callejera, vacunaciones masivas antipolio... pero a partir de 1961, cuando Fidel Castro se quitó la máscara y proclamó públicamente que la revolución era comunista, empezaron las medidas cada vez menos populares: destierros masivos, confiscaciones de la propiedad privada, tanto extranjeras como nacionales, desde fábricas hasta changarros o abarrotes, prisión para los disidentes, creación del espionaje colectivo entre vecinos en cada manzana, escasez crónica de comida, libreta de racionamiento...
Fidel Castro había conseguido su primer objetivo: adueñarse de la isla. Pero ahí no terminaba su ambición. Muy pronto empezaron los conflictos con Estados Unidos: nacionalización de empresas norteamericanas, ruptura de relaciones, acercamiento al bloque soviético en el contexto de la Guerra Fría, Invasión de Bahía de Cochinos (o Playa Girón), Crisis de los Cohetes en octubre de 1962, aventuras guerrilleras en América Latina, que culminarían con la muerte del Che en Bolivia en 1967, participación de tropas regulares cubanas en la Guerra de Angola, (1975- 1988), apoyo militar a movimientos guerrilleros y gobiernos de izquierda en numerosos países africanos como Argelia, Mozambique, Etiopía, Guinea-Bissau, el Congo y también en Nicaragua... Fidel Castro se comportaba como un Napoleón tropical.
Y mientras tanto, el pueblo cubano, aterrorizado por el aparato represivo y propagandístico mejor engrasado del hemisferio occidental, sobrevivía sufriendo necesidades interminables: colas para comprar cualquier mercancía, todos los víveres racionados durante más de cuatro décadas, un solo partido en el poder, férrea censura en los medios de comunicación, libertad de expresión prohibida, los derechos humanos individuales conculcados, la militarización total de la sociedad, ateísmo obligatorio, anulación de la libertad de reunión y de movimientos.
A los cubanos que discrepaban del sistema sólo les quedaban (y les quedan) tres opciones: el cementerio por la vía del paredón de fusilamiento, la cárcel con largas condenas tras un simulacro de juicio y el infinito exilio ora a través de éxodos masivos, ora con un incesante goteo de balseros, muchos de los cuales mueren en el intento de cruzar el Estrecho de la Florida.
Cuba ha conseguido un precario sistema educacional y de salud –conquista social que cualquier país democrático tiene sin necesidad de tantos sacrificios- pero el precio que ha pagado la isla son más de dos millones de desterrados políticos (una quinta parte de la población insular), miles de muertos (fusilados, en combates o perdidos en el mar), el estancamiento de la economía, el derrumbe de la Habana Vieja, la separación de las familias cubanas, el odio entre nacionales, la desdicha doméstica, la falta de ilusión, y un largo etcétera.
Cuba se unió a la Unión Soviética la cual suministró generosos subsidios al experimento utopista insular. Pero en cuanto se cayó el Muro de Berlín se comprobó que todo aquello era una ficción financiada por una potencia extranjera. Fidel Castro se negó a emprender reformas cuando Gorbachov visitó la isla. No le convenía iniciar la perestroika y la glasnot porque equivalía a ceder poder, y a eso no estaba dispuesto. Se atrincheró en su terquedad gallega disfrazada de pureza ideológica, y recurrió al turismo de procedencia capitalista como balón de oxígeno económico. Con el turismo surgieron inmediatamente la prostitución, la delincuencia, las drogas... todas las lacras que la revolución dijo haber desterrado.
Cuba había dejado de ser el “prostíbulo de los norteamericanos”, para convertirse, al cabo de tres décadas, en el burdel de canadienses, mexicanos, españoles, franceses, italianos, alemanes, etc...
¿De qué habían servido treinta años de sacrificios, de supuesto heroísmo, de escasez crónica de alimentos y de privación de casi todo? ¿Para qué tanto esfuerzo? ¿Para llegar a una situación de corrupción y deterioro ético aún peor que la existente en la Cuba de Batista del año 1958?
A sus ochenta años le han salido discípulos en América Latina: clones mediocres. Y ha tenido la suerte de encontrar quien le financie su rancho flotante: Chávez con el petróleo venezolano.
Puede que algunos vean en la biografía de Fidel Castro la hagiografía de un héroe. Pero, como decía Bertolt Brecht: “Pobre del país que necesita héroes”.

* Publicado en “Dia Siete”, revista dominical de “El Universal”, México, 6 agosto 2006.
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JULIO CORTÁZAR: 1.93 MODELO PARA ENTREVISTAR

Hace veintiocho años le hice esta entrevista a Julio Cortázar en La Habana. Yo era por entonces tan ingenuo y subdesarrollado que pensaba que en Europa todos los escritores importantes se movían en automóvil. De modo que cuando más tarde volvimos a encontrarnos en Los Campos Elíseos, y le pregunté dónde estaba su carro, Julio me miró asombrado: "tener un automóvil en París es un crimen, no existe nada mejor que el metro".
Fue él quien me descubrió ese mundo subterráneo que conocía al dedillo permitiéndome, al mismo tiempo, conjeturar que tal vez la estructura de capítulos elegibles de Rayuela, con infinitas posibilidades, es la sublimación poética del metropolitano de París, arte combinatorio que tanto influyó en su obra.
Posteriormente concebí otra sospecha: la vocación de improvisación que tiene el jazz -y que tanto fascinaba a Cortázar- no sólo parece dominar la arquitectura, sino también el lenguaje de Rayuela, pues si jazz viene del francés "jaser" ("hablar a tontas y a locas"), ¿acaso esa manera de hablar no nos recuerda el "glíglico", ese idioma inventado por la Maga?
Luego tuve una tercera intuición al descubrir una carta de Julio Cortázar a José Lezama Lima fechada en 1957. El escritor cubano le había enviado una copia de su obra Analecta del reloj, pero aquel libro había salido mal foliado de una imprenta habanera. Julio explicaba entonces que "su lectura se vio singularmente complicada por una caprichosa disposición de los cuadernillos del ejemplar, que me obligó a andar y desandar camino varias veces".
Aquellos cuadernillos delirantemente cosidos, "a tort et à travers", ese jazz de páginas locamente intercaladas, hizo que Julio leyese a Lezama de atrás para adelante, dando tumbos y saltos, como luego nos ocurriría a nosotros con Rayuela.
Pero estas no son más que meras hipótesis, dejemos que Julio nos ofrezca ahora su propia versión de cómo concibió el rompecabezas maravillosamente libre que hace de Rayuela una novela múltiple, laberíntica y caleidoscópica, como son los juegos de todo niño verdadero.
-Julio, al final de tu novela Los Premios aparece una nota en la que dices: "este libro desconcertará a aquellos lectores que... piden a sus escritores preferidos... que sigan el mismo camino". Cuando hablas del “mismo camino" ¿debe entenderse un estilo sostenido, una forma eterna de escribir?

- Sí, hay un cierto tipo de lector que espera siempre de un novelista que continúe incluso una línea argumental, de la misma manera que algunos lectores de Alejandro Dumas esperaban siempre una especie de continuación de la aventura de Los Tres Mosqueteros. Es la gente a quien no le gustan las sorpresas y quieren estar siempre en terreno conocido. Como escritor, siempre me he rebelado contra esa idea. Porque soy el primero en no estar satisfecho con una especie de continuación o variaciones sobre el mismo tema. La experimentación y el cambio para mí, en todo caso, son fundamentales.
- Es decir, ¿experimentar como Picasso?
- Claro, Picasso es muy buen ejemplo porque tú ves que él cumple un ciclo de dos o tres años, y un buen día ya está harto, e intenta un nuevo estilo. Cambia, teniendo siempre la misma unidad profunda de su manera de ser, de ser Picasso. Creo que, aunque he escrito cosas muy diferentes, hay una especie de constante: el hecho de ser yo quien las escribe.
- ¿Qué es el estilo?
-El estilo es para mí esa inexplicable y maravillosa manera que tiene un buen escritor de adecuar exactamente lo que él quiere transmitir a la forma en que lo transmite y que le da al mensaje su máxima fuerza, su máxima coherencia. Un estilo es ese puente terminado y perfecto por donde el contenido pasa como resbalando y llega plenamente al lector. En mi caso, creo que he cambiado bastante de forma de escritura a lo largo del tiempo. La forma en que están escritas Las historias de Cronopios y de Famas no tienen absolutamente nada que ver con la forma en que están escritos los cuentos fantásticos, que, a su vez, tampoco tienen nada que ver con la forma en que está escrita Rayuela. Debajo de todo eso hay una continuidad que es Julio Cortázar.
- En tu nota final a Los Premios dices: "la novela se cortó sola y tuve que seguirla". Supongo que estás aludiendo a un fenómeno que sucede con frecuencia, y es que la novela gana en autonomía con respecto al escritor y de pronto, más que uno escribir la novela, parece que es la novela quien lo escribe a uno. ¿A eso te referías?
-Sí, Manuel, tú estás contestando tu propia pregunta con las mismas palabras que yo utilizaría, porque ésa es la ventaja de estar hablando sobre este tema con un novelista, porque te ha pasado exactamente lo que a mí. Es decir, que las novelas no se pueden escribir de acuerdo a un plan perfectamente establecido.
- En este sentido, tú has evocado el ejemplo de Cervantes...
- Es exactamente lo que le pasó a Cervantes con El Quijote. Es sabido que él empezó a escribir el libro presentándolo como un personaje absolutamente caricaturesco y lamentable, una especie de loco extravagante, anacrónico, que quiere resucitar el mundo de la caballería andante y luego, cuando le empiezan a suceder sus aventuras, al cabo de cien páginas, ese hombre se corta solo, se le escapa al autor, y Don Quijote va creciendo en su estatura moral y finalmente termina siendo un héroe de una dignidad extraordinaria.
- En tu nota final a Los Premios escribiste: "esto que le sucedió a Cervantes le sucede a todos los que escriben sin demasiado plan". Y yo te pregunto: ¿Rayuela fue escrita sin demasiado plan?
-Tu pregunta me permite dar una explicación sobre lo que sucedió con Rayuela. Esa novela da la impresión de una arquitectura muy cuidada. Pero yo empecé a escribir Rayuela partiendo de papelitos donde había anotado diferentes fragmentos, diversas impresiones, cosas que me sucedían mientras yo vivía en París a partir del año 51. Un buen día, sentí la necesidad de aglutinar todo eso en un libro, que eso diera finalmente un largo relato, y entonces comencé por la mitad de lo que luego fue la novela. En fin, lo primero que yo escribí fue ese capítulo que está en medio del libro, que es lo que algunos llaman "el capítulo del tablón"...
- ¿Esa parte donde los personajes están cruzando de un edificio a otro en Buenos Aires?
- Sí, que tienden un tablón de ventana a ventana. Entonces, ese capítulo lo dejé ahí en un cajón, y volví atrás. Empecé a escribir toda la parte de París hasta que alcancé de nuevo el capítulo del tablón y sólo entonces pude continuar. Digamos que también yo pasé por el tablón, atravesé de ventana a ventana, y pude escribir la parte de Buenos Aires. Entretanto, mientras yo escribía, yo leía, y en mis lecturas encontraba, ya sea en un periódico, en un anuncio, en un libro, fragmentos que coincidían con lo que yo había estado escribiendo. Esos fragmentos eran pequeños satélites que giraban en torno a lo que yo estaba haciendo. Entonces, cuando yo llegué al final me encontré con que esos fragmentos aislados estaban como pidiéndome entrar en el libro. Pero ¿cómo meterlos en un libro? Y fue entonces que tuve esa especie de intuición, y dije, bueno, yo puedo hacer una doble lectura: en una está todo lo que yo escribí, sin agregar nada, y en otra -donde se puede invertir o intercambiar el orden de lectura-, yo puedo ir deslizando todos esos pasajes que para mí tienen que ver con el libro. Rayuela fue un caos que yo organicé al final, pero no hubo ningún plan previo. Insisto en decirte eso.
- Algunos críticos te han señalado influencias de Jorge Luis Borges.
- Yo pertenezco a una generación un poco más joven que la de Borges. En aquel Buenos Aires, la escritura literaria seguía utilizando moldes muy añejos, muy anacrónicos, todavía se escribía, digamos, a la manera española. Se imitaba mucho a Unamuno. Había los falsos pensadores, los falsos poetas, incluso los buenos escribían con un estilo que no tenía nada que ver con nuestra manera de hablar de argentinos. Aparece entonces ese fenómeno extraordinario que es Borges, que empieza a publicar libros que al mismo tiempo son de un refinamiento intelectual enorme, muy europeizantes desde el punto de vista las referencias filosóficas, pero que a la vez tienen una escritura que ya está tocando raíces argentinas de una manera bastante palpable. Todos sus cuentos que tienen por tema los malevos de Buenos Aires, historias de suburbios, todo eso está lleno de un lenguaje que para nosotros, los jóvenes, era un lenguaje argentino.
- ¿Estás pensando en Hombre de la esquina rosada?
-Por supuesto, que me sigue pareciendo el mejor cuento de Borges, desde lejos. De lo que me estoy agradecido a mí mismo es de haber tomado la lección que nos estaba dando Borges como una lección de rigor, de escritura sin floripondios, sin adjetivos inútiles: trabajo cerrado, ceñido, que era lo que él presentaba. Sin embargo, nunca me dejé ganar por su lado sofisticado, por su ángulo hiperintelectual, por su noción de lo fantástico, que es una noción terriblemente conceptual e intelectual...
- ¿Metafísica?
- Metafísica, si quieres. Al mismo tiempo que yo leía a Borges descubría a Roberto Arlt, que es el hombre de la calle, el hombre de los verdaderos malevos, el que los conoce. Porque Borges los piensa, pero Arlt vivía con ellos. Era amigo de ladrones, vivía en los cafés, no tenía un centavo, escribía con faltas de ortografía, y describía un Buenos Aires profundamente porteño. Desde el punto de vista temático, mis primeros cuentos fantásticos están mucho más cerca de Arlt que de Borges, pero desde el punto de vista de la escritura, yo le debo mucho a Borges en el sentido de la economía de medios y el rigor. Si eso se llama influencia, pues ahí tienes dos influencias.
- ¿Qué piensas de la influencias?
-Hay gente que tiene miedo a las influencias. Esa especie de cobardía mental yo no la he conocido nunca. Por ejemplo, me han atribuido siempre influencias kafkianas. Yo creo que no tengo ninguna. En cambio, si me señalan la influencia directa de Edgar Allan Poe, sobre todo en mis primeros cuentos, todo ese lado un poco necrofílico, eso sí lo reconozco.
- Y de la originalidad, ¿qué piensas?
-Casi volvemos al tema del estilo. Son esas cosas que no se pueden explicar racionalmente, porque en el fondo ¿qué es la originalidad? Ya el Eclesiastés dice "no hay nada nuevo bajo el sol". Yo me pregunto si la originalidad no es una conciencia en el escritor muy clara de su tiempo, del tiempo en que está viviendo, y la expresión de ese tiempo a través de lo que él escribe.
- Muchos títulos tuyos son evocadores de la infancia, por ejemplo: Rayuela es el nombre de un juego; 62/ modelo para armar, es un rompecabezas; La vuelta al día en 80 mundos, Final del juego, otra vez la palabra juego...
-Creo que la literatura reclama una dimensión lúdica, que la convierte en un gran juego. Un juego en el que puedes arriesgar tu vida. Un juego terriblemente peligroso. Escribir una novela es una especie de apuesta que haces contigo mismo. Y la apuesta es un elemento capital en una serie de juegos. La literatura comporta experimentación, combinación, desarrollo de estrategias, lo cual, analógicamente, hace pensar en deportes como el baloncesto, el fútbol o el beisbol. En ese sentido es que lo lúdico para mí es capital en la literatura, y siempre he sentido que los escritores que carecen del sentido del humor, por tanto de capacidad lúdica, no son los escritores que yo prefiero.
-José Lezama Lima solía llamarte "grandote porteño" atribuyéndote, de paso, una enfermedad de su invención llamada "efebicia" gracias a la cual conservas una especie de eterna adolescencia.
-Ahí está. Él captó muchas veces lo mucho que queda de niño en mí y es algo a lo que yo no puedo, ni quiero, renunciar. Los críticos han dicho que yo manejo muy bien a los niños en mis libros, que hago personajes muy tiernos... y no me extraña, porque en definitiva son proyecciones de mí mismo.
- ¿Cómo te salió la carta de la Maga a su hijo Rocamadour, en Rayuela?
-Bueno, lo que sé es que el personaje de la Maga, en ese momento, para mí, era lo que Madame Bovary para Flaubert. Yo era al mismo tiempo bastante Oliveira y también era la Maga. Me acuerdo muy bien que escribí esa carta, una noche, de una sentada, sin tocar ni una palabra después. Me salió así, como si fuera escritura automática.
-Se ha dicho alguna vez que tu personaje Circe es la precursora de la Maga...
- No, porque Circe es finalmente un personaje maligno y si se le analiza fríamente es un caso patológico, aunque yo no la vi así mientras escribí el cuento.
- ¿Qué le debe la Maga a la Nadja, de Breton?
- Es muy posible que Nadja haya estado presente en el nacimiento de la Maga, porque es la obra de Breton que más me impresionó en esa época.
- Julio, ¿cuánto mides, cuál es tu estatura?
- ¡Vaya pregunta que me hacés ahora!: 1.93

Publicado en, DIA SIETE No. 398, el 30 marzo 2008 con el título “Cortázar, el niño eterno”, pág 46.
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CON JULIO EN MONTPARNASSE

Desde la puerta entreabierta te vi dormir. Todo empenumbrado. Hundido en la almohada. Eras más barba que cara, durmiendo cuan largo eras. Entonces recordé lo que en una ocasión me dijo Lezama: "Julio padece una envidiable enfermedad llamada “efebicia” que lo mantiene joven al precio de que sus huesos crecen desmesuradamente."
Cuando te lo conté, sonreíste con esos dientes separados que te daban un aire de niño malévolo. "Ése es otro de los mitos del gordo cósmico", dijiste, ya no recuerdo si en la Bodeguita del Medio o viajando al centro de la tierra en las minas de oro de Siuna, o en algún café del Quartier Latin. Pensando en la anorexia de Gide- me habían dicho que no tenías apetito, que no querías probar nada que tuviera sabores- salí del hospital de Saint-Lazare. Descendí por el faubourg hasta llegar a un arco y desembocar en una calle estrecha como una cuchillada. Calle de carteristas y alunados, en cuyas esquinas hay mujeres con cadenitas en los tobillos enseñando los muslos con ligas rojas o negras, que son los colores de moda para este invierno. Tristes cariátides en venta, en ese París que tu Rayuela me enseñó a adivinar. La bofetada de la pianista. Las escaleras que huelen a cebolla. Los paraguas negros. Los puentes sobre el Sena. El humo azul de los Gauloises.
Paris estaba ahí, vibrando, aunque tú durmieras en el hospital, o más bien por eso mismo, pues ya para siempre esa ciudad será la más acabada escenografía de tu mejor sueño. Queso gruyère, hay un Paris subterráneo, el que más tú amabas. Delirante dédalo de los metros, vertiginosa rayuela. Se mete uno por un agujero y sale por otro. Así me perdí la tarde en que supe la noticia de tu muerte, y me encaminé a tu apartamento de la rue Martel donde estabas tendido. Un ataúd en medio de tu alcoba. Muchos amigos sentados en la sala. No sabía yo que en París velaban a los difuntos en sus casas.
Entrando, a derecha y a izquierda, tus libreros trepando por las paredes. El I 'Ching y algunos libros sobre boxeo. Y un anaquel dedicado a Cuba donde conviven, entre otros, Paradiso de Lezama Lima, Calibán de Retamar, Las mil vidas del caminante, de Luis Rogelio Nogueras, De peña pobre, de Cintio Vitier... En la sala está la discoteca (hay en tu casa más discos que libros) y al lado de tu sillón de cuero, un ejemplar sin abrir de la última edición de Marelle.
Tus últimos momentos parecían sacados de uno de esos cuentos tuyos en los que siempre reconociste la huella necrofílica de Poe. Entonces la ciudad soñada por ti empezó a fluir hacia el cementerio de Montparnasse en lo que fue la mañana más fría de esta temporada. El primero en aparecer fue Oliveira, seguido de Charlie Parker, que llega arrastrando un saxo. El Señor de los Anillos salió de debajo de un sauce llorón. Sheridán Le Fanú aterrizó en su dragón volador. Melmoth, el Errabundo, se desenroscó de la flecha de la Sainte-Chapelle trayendo en hombros al bebé Rocamadour.
Mientras tanto, a orillas del Quai des Grands Augustins, casi debajo del Puente Nuevo (aunque es el más viejo) emergió el Nautilus chorreando agua, y el capitán Nemo saltó a tierra para acudir a tu entierro. Del submarino salieron también Arthur Gordon Pym y Robison Crusoe con su Viernes, su papagayo y su arcabuz. Corrieron, buscando el sur, por tus calles favoritas (la rue de l'Hirondelle y Git-le-coeur) sin oír las versiones disparatadas de los "bouquinistes" que -de tanto libro viejo que leen- creyeron que la Ile de la Cité se había transformado en el Barco Ebrio, siendo así que el Square du Vert-Galant semejaba una proa cubierta de algas y Notre-Dame, una popa cuyos arbotantes eran remos fenicios.
Algo más emerge del Sena para asombro de turistas: es Alejandro Dumas escribiendo en una bañera alrededor de la cual los tres mosqueteros cruzan sus aceros con Nemo, Pym, Crusoe y Viernes, porque quieren llegar antes a la cita contigo. Detrás viene una mujer despacio, una mujer que no proyecta sombra, y se llama Nadja.
Todos van hacia Montparnasse. Y ese “todos” son tantos que se embotella el tráfico y la ciudad deviene un estruendo de bocinazos y silbatos. Dos automóviles chocan, de uno se apea Monzón y del otro, Boutier -ambos en pantalones cortos y con guantes- intercambiando trompadas. Un locutor de radio se queja de que el mestizo estropee la cara tan bella del francés. Todos los teléfonos empiezan a sonar. Los perros a ladrar. Los gatos a maullar. Las palomas a zurear. Las gaviotas a chillar.
Los cronopios siempre duermen la mañana, pegados a las sábanas. Es por eso que sólo con semejante escándalo han comenzado a desperezarse, asomándose a las claraboyas, trepándose en los techos abovedados, contemplando el fascinante espectáculo de diez mil automóviles inmovilizados, y es tanta la gente que desesperada se mete en el metro que también estos acaban por atascarse y todo París se paraliza. Hasta el humo de las chimeneas se cristaliza en el aire; los cronopios más listos -entre los que están los clochards- se han percatado enseguida de que algo ocurre en el sur, hacia Montparnasse. Tus dos boxeadores predilectos han dejado de pelear y ahora corren hacia donde tú estás.
Todo fluye hacia ti, la ciudad entera ha invertido su diseño radiado y ahora todas las rues conducen a Montparnasse. Hasta las ráfagas de viento van en ese rumbo,
arrastrando consigo a las gaviotas del Sena, y a las palomas de la Place de la Concorde. Algunos cronopios, perezosos o ingeniosos -que es casi lo mismo- en vez de bajarse de los tejados prefieren tender tablones de ventana a ventana, y así van pasando de un edificio a otro, hasta llegar a Montparnasse.

Todavía hay un metro que funciona: la línea 6, dirección Nation. Funciona porque pasa por Montparnasse Bienvenue. En la estación de Trocadero entran Cemí, Foción y Fronesis -cual de los tres más gordos-; pero están tan trocados -en Blanco y Trocadero- que en vez de ir directo hacen correspondencia en La Motte-Picquet, yendo a parar a Odeon, en la línea 10 dirección Gare D’Orléans-Austerlitz. El más sabio de los tres, que es José Cemí, decide tomar la línea 4, dirección Porte D’Orléans General-Leclerc (“¡otra vez Orléans!”, protestan Foción y Fronesis. “No es lo mismo Porte que Gare”, aclara erudito Cemí). Así lo hacen y salen a la superficie por la boca de metro de Raspail. Los tres resollando llegan al mismo tiempo que Dumas en su bañera pensativa, los dos boxeadores, los tres mosqueteros y los náufragos del Nautilus.
En ese momento ocurre lo inesperado. Llegan les siete locos disputándose navaja en mano un juguete rabioso. Hay un hombre mirándolos, desde una esquina rosada, su mejilla decorada por una cicatriz rencorosa. El juguete rabioso tiene vida, y salta entre los contendientes, escapándoseles entre las piernas, toda vez que los siete locos miran boquiabiertos al cielo de donde desciende un globo que se posa crujiendo y desinflándose sobre unos plátanos deshojados. De la barquilla se descuelga Phileas Fogg cargando dos gatos, uno que habla alemán y se llama Teodoro W. Adorno; y otro que habla griego y se llama Demóstenes. El juguete rabioso -que carece de contornos precisos- se dilata hasta transfigurarse en un gordo coronado. Todos lo miran perplejos y exclaman algo así como “Hubo un rey” o “Ubu Rey”.
Otra mujer, “sola solita”, deambula por el Boulevard Saint Germain. Se le cae el bolso, se le cae la piel del zorro que cazó su abuelo en Lituania en el siglo XIX, se le cae la fosforera, todo se le cae; es un milagro ambulante. Se sienta a libar un whisky en el Deux-Magots. Es tan maga la Maga que nadie se explica todavía cómo estando tomándose un whisky en el Deux-Magots puede estar al mismo tiempo en Montparnasse, dando paseos ensimismados entre las tumbas.
Hay otra mujer apartada, que se apoya en un ángel de mármol con ganas de sollozar, ¿será Glenda, a quien tanto queremos?
Siguen llegando las criaturas de tu sueño interminable, tus más íntimos amigos, entre los que se mezclan autores y personajes en esta especie de huelga contra la muerte. Alguien (o alguienes) que anda(n) por ahí, son Mr.Jekyll y el Dr.Hyde. Llega en la máquina del tiempo Wells con una flor en la mano. Llega, en una máquina negra -que parece un murciélago-, Fantomás. Llega en otra maquinaria aún más inverosímil -porque es sutilmente inútil- Raymond Roussell con el afán de contarte sus impresiones de África.
Otros no tuvieron que venir de tan lejos, porque ya estaban allí esperándote desde años atrás: Maupassant -que no era santo de tu devoción- se aleja con su Bola de Sebo y un corito de famas. Huysmans se para de cabeza, es decir, al revés. Pero, sobre todo, están allí Tzara con su cara de hombre aproximativo y Baudelaire con su albatros. Al lado de este último -competencia de raras avis- está Poe con su cuervo, haciendo muecas de epiléptico. De pronto aparece César Vallejo, cuya lápida reza: “Nací un día que Dios estuvo enfermo”. Un tal Lucas se desliza al fondo de este grupo. Cocteau llega tarde, envuelto en una nube de humo indescifrable, el gabán desflecado. Desde Nicaragua llega Rubén Darío vestido de mariscal.
Entre los que no han tenido que venir a verte -porque ya estaban allí- aparece la frágil silueta de Carol Dunlop -cámara en mano-, compañera de tu última aventura en la cosmopista que conduce a Marsella, que conduce a la vida, donde ahora estás, Julio, con todos tus invitados, en la gran fiesta de la imaginación. Otros irán llegando...


(*) Escrito en París, poco después del entierro de Julio Cortázar, el 29 de febrero de 1984. -----------------------------------------------------------------------------------------
CUBA: MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

¿Se van a producir cambios en Cuba con el recién estrenado gobierno de Raúl Castro?
Sí, pero serán mínimos y sumamente lentos. El mismo Raúl ya se encargó de dejar bien claro que los temas más importantes serán consultados con Fidel. Ese anuncio es el jarro de agua fría que cayó sobre las esperanzas de la población isleña de mejorar su nivel de vida material.
Sabido es que el Hermano Mayor siempre se ha opuesto -y seguirá haciéndolo- a cualquier libertad económica capaz de aliviar las penurias del ciudadano de a pie.
La pregunta de los sesenta y cuatro mil es si Fidel Castro va a permitir que su hermano menor haga las reformas sin interferir ni ponerle zancadillas. Desde la cama de su hospital secreto, Fidel Castro podrá torpedear cualquier transformación que emprenda Raúl y que al Big Brother se le antoje ideológicamente sospechosa. Para ello le bastará con hacer una llamada telefónica o escribir uno de sus artículos llamados “reflexiones”.
¿Será Fidel Castro a partir de ahora “cuidadoso” –como prometió en su carta de despedida- o se comportará como el perro del hortelano, que no come ni deja comer?
En cualquier caso, lo que el equipo de Raúl pretende establecer en la isla es una especie de modelo chino en su variante tropical. Será un capitalismo de estado controlado por la élite militar.
A Raúl Castro le gustaría introducir ciertas mejoras en la vida cotidiana de los cubanos. Por ejemplo, abrir mercados libres agropecuarios y autorizar pequeños negocios por cuenta propia (zapateros remendones, plomeros, artesanos, comidas corridas...) aunque aún está por ver cuán onerosos serán los impuestos que les obligaría a pagar. Raúl también está decidido a reducir el aparato burocrático, aunque esto ya se ha hecho antes sin grandes resultados. Probablemente Raúl aumente los salarios de los campesinos que trabajan para el estado, que son casi todos. También ha dicho el nuevo mandatario que está examinando ``la progresiva, gradual y prudente revaluación del peso cubano''.
Esto es lo más que se puede esperar en el corto plazo (un par de años).
Ahora bien, desde el punto de vista del pueblo cubano -tras décadas soportando una escasez crónica de bienes de consumo básicos- esas pequeñas aperturas, por mínimas que sean, serán recibidas como maná caído del cielo.
Pero desde un punto de vista internacional, más acorde con la vida normal de países latinoamericanos como México o Argentina, lo que Raúl se propone será -como dice el protagonista de El Gatopardo-: “cambiar un poco las cosas para que todo siga como antes”.
Muchas personas ignoran que en la isla están tajantemente prohibidos los puestos de fruta, changarros, tianguis, abarrotes o mercados sobre ruedas... En Cuba, si uno sale a la calle a vender mangos, o si un campesino mata una vaca para luego vender la carne, como mínimo lo multan y, en el peor de los casos, lo meten preso.
En esas circunstancias, estando prohibida hasta la más insignificante iniciativa privada, cualquier desbloqueo que implemente Raúl parecerá una aurora de libertad, por lo menos al principio. Porque luego todo se complicará, ya que el ser humano, por naturaleza, mientras más tiene, más quiere. Es una ley biológica (o sicológica) contra la cual nadie puede hacer nada como no sea reprimir y reprimir y reprimir...
¿Por qué el sistema socialista -o comunista- le teme tanto a la libertad económica de sus ciudadanos? Porque sabe que si los cubanos tuvieran la barriga llena podrían pensar mejor, no tendrían que gastar tantas horas y energías haciendo colas –o haciendo otras triquiñuelas, incluso robar- para poder adquirir cualquier artículo o bien básico. Y conste que no estoy hablando de comprar un carro, un traje, un televisor, una casa o un perfume... estoy hablando de comprar un pan, arroz, frijoles, carne, aceite, plátanos, camotes, mameyes... un simple vaso de leche.
Desde el punto de vista gubernamental, el riesgo consiste en que una vez que la gente tuviera asegurado el sustento, empezarían a pedir más. Pedirían, por ejemplo, derechos humanos individuales, libertad de prensa, acceso a internet y a la compra de celulares. Pedirían que los dejen entrar en los hoteles y en las playas, en las tiendas y en los restaurantes reservados para turistas. Exigirían dejar de ser ciudadanos de segunda sometidos al apartheid en su propio país. Pedirían amnistía sin deportación para los presos de conciencia, que son más de 250 y ninguno ha puesto una bomba, ni asaltado ningún cuartel. Pedirían elecciones pluripartidistas, que todo nativo pueda entrar y salir libremente de la isla, sin tener que pedir permiso al gobierno, y esto incluye el retorno de los exiliados (casi dos millones), no de visita, sino para quedarse en Cuba si quisieran, para que así la gran familia cubana vuelva a estar unida tras casi medio siglo de separación impuesta por un sistema político intolerante y excluyente...
Esos sí que serían cambios significativos, realmente trascendentales. Pero nada de esto ocurrirá en el corto plazo. La libertad económica que Raúl va a implementar no pasará del nivel de pequeño negocio bien controlado.
Por otra parte, la edad promedio de los nuevos gobernantes es de 70 años. Es una gerontocracia vitalicia. El país está dirigido por un asilo de ancianos. Raúl Castro se afianza con la Vieja Guardia, la mayoría son militares, figuras de la generación histórica, antiguos guerrilleros de la Sierra Maestra (1957-58).
Por tanto, nada del relevo generacional prometido por Fidel Castro hace poco, cuando escribió que no pretendía aferrarse al poder ni "obstruir el paso a personas más jóvenes”.
¿Acaso se referiría a su hermano de 77 años cuando hablaba de “personas más jóvenes”?
Así las cosas, pronto veremos en Cuba lo mismo que ocurrió en la Unión Soviética antes del ascenso de Gorbachov: primero se murió Brezhnev, dos años después enterraron a Andrópov, un año después falleció Chernenko. Todo un desfile de momias pasando súbitamente del Kremlin al cementerio, uno tras otro, en un efecto dominó.
(Publicado en la revista mexicana Día Siete, el 23 marzo de 2008, con el título LA NOMENKLATURA DE LA TERCERA EDAD)
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EL OXÍMORON CUBANO-AMERICANO

Cada vez que la gente habla de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos de Norteamérica todo deviene discusión bizantina a causa de dos vocablos: “bloqueo” y “embargo”. Todos terminan preguntándose -como en la escolástica medieval- ¿cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler? Después de tanta dilucidación semántica, algunos acaban matizando para redefinir el supuesto “bloqueo” impuesto por Estados Unidos a Cuba. Llegan incluso a decir que ese bloqueo es “económico, comercial y financiero”. Lo cual es un oxímoron digno de figurar en una antología.
La palabra bloqueo es de índole militar. Según el Diccionario Oxford significa: “surrounding or blocking of a place by an enemy to prevent entry and exit”. Definición que coincide con la del Diccionario de la Real Academia Española: “Realizar una operación militar o naval consistente en cortar las comunicaciones de una plaza, de un puerto, de un territorio o de un ejército”.
Sobre la palabra “embargo”, el Oxford nos dice: “order forbidding foreign ships to enter, or any ships to leave, a country's ports”. O sea, prohibir la entrada y salida de barcos extranjeros de los puertos de un país.
A primera vista, “bloqueo” y “embargo” parecen sinónimos. Pero la primera voz tiene una denotación mucho más militar que la segunda. Embargo suena más bien comercial. No obstante, en cualquiera de los dos casos, en rigor Cuba no padece ni un bloqueo ni un embargo. Todavía no se ha leído en ningún periódico que un barco panameño, soviético, chino o español haya sido hundido por algún destroyer americano frente a las costas de las isla.
Lo que EEUU decretó fue un embargo comercial unilateral. Una medida lógica tomando en cuenta que en 1960 el gobierno cubano confiscó todas las propiedades norteamericanas en la isla. Washington contestó con el embargo. O sea, que EEUU dejó de comerciar con la isla. En enero de 1961 ambos países rompieron sus relaciones diplomáticas. En octubre de 1962, durante la Crisis de Octubre (o “de los Misiles”), Kennedy anunció una cuarentena naval para impedir que llegaran a la isla más barcos soviéticos transportando armas nucleares.
Y a partir de entonces la palabra “bloqueo” hizo fortuna en boca de todos. A los trece años la oí por primera vez en Cuba. Luego estaba hasta en la sopa: en las tribunas, en los periódicos, en la radio, en la televisión, en los carteles, en los noticieros cinematográficos, en las concentraciones populares, en las aulas, en las fábricas…a todas horas, se oía cacarear la palabra “bloqueo” sin que uno supiera a ciencia cierta de dónde había salido ese término ni qué significaba a derechas, porque –al menos yo- no veía ningún barco de guerra americano en el horizonte, y eso que nací y crecí frente al malecón habanero.
Durante un breve espacio de tiempo, siempre en el año 62, se oyó hablar de “boicot”. Incluso Raúl Roa, Ministro cubano de Exteriores, usó esa palabra en la ONU. Pero muy pronto fue sustituida en el discurso oficial de la isla por el vocablo “bloqueo”.
El objetivo de todo boicoteo es presionar para lograr un cambio de actitud por parte del boicoteado. En los conflictos laborales al boicot se le llama huelga. El término surgió a finales del siglo XIX, cuando los arrendatarios irlandeses se negaron a pagar los impuestos abusivos que pretendía cobrar su terrateniente, el inglés Charles Boycott. Hay loables antecedentes, como cuando grupos democráticos de diversos países se negaron a comprar bienes producidos por la Alemania nazi. Otro boicoteo famoso fue el que se llevó a cabo a finales de la década de 1980 como presión para que Suráfrica suprimiera el sistema del apartheid.
Para definir lo que ocurre entre EEUU y Cuba la palabra “boicot” siempre me ha parecido más exacta que bloqueo. Es más precisa incluso que embargo.
¿Por qué el gobierno cubano rápidamente dejó de hablar de “boicot” sustituyendo esa noción por la de “bloqueo”? Esa elección semántica no fue producto del azar. Se debió a que “boicot” suena mucho más blando que “bloqueo” y el gobierno de la isla necesitaba (y sigue necesitando más de cuarenta años después) la palabra “bloqueo” para conferirle a su relación con Norteamérica una temperatura más beligerante.
“Bloqueo” es una voz arqueológica. Pertenece al lenguaje de la Guerra Fría y proviene concretamente de la Crisis de los Cohetes. El 22 de octubre de 1962 Kennedy denunció en un discurso televisado la existencia en Cuba de armas atómicas soviéticas capaces de golpear en Washington, en Ciudad de México, en Panamá… Entre las medidas que anunció, la primera sería: “To halt this offensive buildup, a strict quarantine on all offensive military equipment under shipment to Cuba is being initiated. All ships of any kind bound for Cuba from whatever nation or port will, if found to contain cargoes of offensive weapons, be turned back. This quarantine will be extended, if needed, to other types of cargo and carriers. We are not at this time, however, denying the necessities of life as the Soviets attempted to do in their Berlin blockade of 1948.”
Por supuesto, este discurso nunca fue retransmitido en la televisión cubana, ni reproducido en la prensa de la isla, cuyo pueblo jamás se enteró de estas palabras, y creo que sigue sin enterarse…
Sin embargo, ahí apareció por primera vez en nuestra historia la famosa palabra “bloqueo” (blockade). En una maniobra muy suya, Fidel Castro tomó la palabra del discurso de Kennedy y se la devolvió a modo de bumerán. Sin saberlo, el presidente estadounidense le había puesto en bandeja ese subterfugio al referirse al bloqueo soviético a Berlín, que sí fue un bloqueo de verdad.
En todo el discurso esa palabra (blockade) aparece una sola vez y Kennedy la usó precisamente para poner un ejemplo de lo que no había que hacer con Cuba. En 1948 la URSS bloqueó la ciudad Berlín Occidental para que no pudiera sobrevivir mucho tiempo sin comestibles, carbón y otros bienes de importación. Todo ello con la esperanza de obligarla a rendirse para que pasara a formar parte de la zona comunista de Alemania.
En respuesta, Estados Unidos y los Aliados establecieron el llamado Luftbrücke (puente aéreo) y al cabo de unos meses Berlín estaba recibiendo unos novecientos vuelos diarios cargados de bienes de consumo. Pronto los líderes soviéticos comprendieron que el bloqueo no surtía efecto, y lo levantaron.
Basta ese ejemplo histórico para evidenciar que Cuba nunca ha estado sometida a ningún bloqueo. En cuanto a la “cuarentena” (quarantine) mencionada por Kennedy concluyó en cuanto el último misil soviético salió de Cuba. No llegó a durar ni siquiera cuarenta días. A lo sumo, unos trece días.
Y no obstante, así principió entre los cubanos ese largo vicio consistente en vaciar las palabras de su significado real, tergiversándolas, corrompiéndolas y pervirtiéndolas. Empezó a usarse la palabra bloqueo gratuita y exageradamente, con énfasis victimista. Y el vocablo -pese a su flagrante inexactitud- saltó a la esfera internacional donde aún sigue instalado, como un cáncer.
De todas los términos empleados en el conflicto de octubre del 62 (cuarentena naval, boicot, embargo, bloqueo), el gobierno de la Habana escogió astutamente la voz “bloqueo” para convertirla en la herramienta más eficaz de su retórica política. La resonancia militar y guerrerista de la palabra “bloqueo” le viene al gobierno insular como anillo al dedo para justificar la permanencia de una estructura totalitaria, ese poderío absoluto sobre los cubanos que se traduce en movilizaciones militares casi constantes de la población civil convertida en reserva militar: reclutamiento masivo de jóvenes cada año en los llamados al Servicio Militar Obligatorio, guardias de milicia, entrenamientos de las Milicias de Tropas Territoriales, guardias nocturnas de CDR en cada manzana, simulacros, maniobras militares, excavación de trincheras y perforación de refugios antiaéreos, etc… Todo ese clima de guerra imaginaria conviene para mantener entretenida a la población, para azuzarla con el espantapájaros del enemigo imperialista, para galvanizarla alrededor de un sentimiento patriótico exacerbado, para conservar la vigencia del discurso beligerante sin darle tiempo a nadie a pensar en nada… y así ha sido durante más de cuatro décadas.
La militarización sistemática de la sociedad cubana –so pretexto de la Espada de Damocles del “bloqueo”- permite además el control total de la economía, la eternización de la libreta de racionamiento con su secuela de desdicha doméstica, la censura en los medios de comunicación -todos de propiedad estatal-, así como la vigilancia policial más minuciosa y, por ende, la paranoia, impidiendo por supuesto el pluripartidismo, la propiedad privada (incluso a niveles irrisorios), el libre flujo de ideas, la libertad de reunión e incluso -en ocasiones- la libertad de movimiento dentro de la nación, amén de que –en nombre de esa guerra imaginaria siempre anunciada- también se prohibe a los cubanos practicar el turismo internacional a título personal.
Pero aún tiene otra ventaja para el gobierno cubano la palabra “bloqueo” y es que consigue inspirar más lástima que los vocablos “embargo” o “boicot”. El régimen, que tanto se llena la boca para hablar de “dignidad” y “coraje”, debería ser más decoroso y no quejarse tanto del supuesto bloqueo impuesto por su enemigo ancestral.
No se entiende que si yo detesto a Juan, el abarrotero de la esquina, -y si éste, en justa reciprocidad, también me aborrece- luego yo ande por ahí quejándome de que Juan no me vende ni una lata de frijoles en su establecimiento. Semejante conducta, lejos de ser digna, más bien resulta patética y deplorable.
El afán de infundir compasión en otras naciones del mundo es a todas luces una indignidad, por no decir una inmoralidad. Con la excusa del bloqueo, el gobierno cubano disimula todos los fracasos de su economía planificada echándole la culpa a los norteamericanos y, de paso, consigue excitar la solidaridad de otros gobiernos o grupos extranjeros. Con esos cantos de plañideras, siempre recibe ayudas, ya sean simbólicas o materiales, lo mismo directas que indirectas, que a la corta y a la larga le permiten mantenerse a flote.
No faltan gobiernos que adoptan la palabra “bloqueo” en contra del sentido común y de la realidad histórica. Al hacerlo, le facilitan al gobierno cubano su viejo vicio del victimismo y sus jeremíadas ante el mundo. En la práctica de esa mendaz mendicidad, lloriqueando ante el universo entero, el gobierno cubano no tiene que ocuparse de levantar su economía porque espera recibir ayudas externas y seguir viviendo del cuento.
Tal es el objetivo del uso y abuso de la palabra “bloqueo” hacia el exterior, mientras que hacia el interior, el término se ha perpetuado en el discurso oficial para confundir a los cubanos, haciéndoles creer -o al menos intentándolo- que el origen de todas sus calamidades está en el vecino del norte, contra quien –ya de paso- se fomenta el odio gracias a la fábula del asedio. El mito de ese cerco que no existe garantiza un estado de excepción permanente, el enrarecimiento de la atmósfera nacional sin derechos humanos, ni garantías individuales.
No hace mucho el gobierno español optó por calificar al bloqueo de “económico, comercial y financiero”, lo cual equivale a decir que una víbora es inofensiva, apacible y mansa. O sea, un oxímoron estrepitoso.
La falta de precisión en el lenguaje de un poeta, o en el habla cotidiana de la gente de a pie, no trae consecuencias graves. Incluso puede resultar divertida y hasta creativa -como en el caso de Cantinflas-; pero cuando esa carencia de rigor expresivo la padecen quienes dirigen los destinos de millones de personas en el planeta, se trata de algo realmente alarmante.
A veces pienso que algunos gobernantes deberían aprender de nuevo la lengua de Cervantes. La palabra oxímoron proviene del griego y es, en sí misma, un oxímoron, ya que deriva del griego oxys, que significa “agudo”, y de moron, que significa “romo”. Romo= obtuso= torpe. Un oxímoron es, pues, una combinación de dos palabras de significados opuestos, por lo que resulta aguda y estúpida a la vez.
Por ahí se habla, cada vez con más frecuencia, de “operaciones militares de paz”. Los raelianos afirman que han fundado una “religión atea”… Sin embargo, hay bellos ejemplos de contrasentidos, como la “música callada” de San Juan de la Cruz. Borges nos dice en El aleph: “Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis”.
¿Será tolerable el oxímoron de que el bloqueo americano es “económico, comercial y financiero”? Esos adjetivos suenan aún más falsos cuando se sabe que no hace mucho más de 280 compañías norteamericanas participaron en una Feria de Alimentos y Productos Agrícolas en La Habana. Y si el gobierno de EEUU ejerce coerción sobre otros gobiernos para que no mantengan relaciones comerciales con la isla, debe de ser una compulsión bastante débil, pues a la vista está que todo el que quiere negocia con la Habana.
Aparte de que riza el rizo, el oxímoron de marras incluye tantas matizaciones que desemboca en un contrasentido total. Hablando en romance, un bloqueo es militar o no es. De ahí la profunda contradicción en los términos, un escollo que no sortea ninguna acumulación adjetival por muy edulcorante o eufemística que sea.
Desde el punto de vista ético, ese oxímoron implica un cinismo rayano en la injuria. Es un insulto para el pueblo cubano que sufre y padece mil calamidades cotidianas desde hace más de cuarenta años, no por culpa del bloqueo como se pretende hacer creer, sino a causa del autobloqueo decretado por el mismo gobierno de la isla.
Cualquier turista sabe que en Cuba hay tiendas bien abastecidas donde sólo pagando con dólares se puede comprar. Son establecimientos repletos de artículos de consumo importados de países capitalistas, incluido Estados Unidos. Después de eso, hablar de bloqueo a secas, -o incluso de “bloqueo comercial, financiero y económico”- es ofender la inteligencia del pueblo cubano.
El verdadero bloqueo es la reglamentación gubernamental mediante la cual sólo los cubanos que tienen dólares pueden acceder a esas tiendas. El único bloqueo existente en la isla es la regulación impuesta por el gobierno a los nacionales, según la cual los que no hacen negocios con los turistas, los que no roban o trafican, los que no jinetean, los que no tienen la suerte de trabajar en el sector turístico, los que no tienen familiares en el extranjero, no pueden entrar en esas tiendas, ni en los hoteles, ni en las playas, ni en los restaurantes, ni en los cabarets… Ése es el auténtico bloqueo que sufre el pueblo cubano, y todo lo demás es una patraña deleznable.
¿Qué es entonces lo que pasa entre EEUU y Cuba? Simplemente que Washington se niega a comerciar con la Habana. Y eso es un derecho inalienable de esa nación y de cualquier otra. Obligar a EEUU a comerciar con Cuba sería como si la policía me obligara a comprar en el Palacio de Hierro bajo amenaza de multa o de vilipendiarme públicamente porque me niego a ser cliente de un establecimiento dado. Yo con mi dinero hago lo que me da la gana, compro donde quiero. Y el mismo derecho asiste a las naciones.
Pareciera que algunos pretenden imponerle a EEUU la obligación sentimental de comerciar con un gobierno que ha expresado una y mil veces su hostilidad hacia ese país. Eso ya no sería ni siquiera un oxímoron, sino una mentecatez de marca mayor. ¿Qué se intenta? ¿Que después de tantos años de rivalidad, EEUU pase página, que olvide todo lo pasado, que haga borrón y cuenta nueva sin pedir nada a cambio? Hay que estar loco de remate para esperar de EEUU semejante insensatez.
Personalmente estoy contra el bloqueo (o embargo, o cómo se llame), pero no por indulgencia hacia el gobierno cubano, sino porque hasta ahora ese “bloqueo” se ha revelado ineficaz y porque para lo único que ha servido es para mortificar y deprimir de mil formas indirectas al pueblo cubano.
Si el bloqueo hubiera sido eficaz (y para serlo, hubiera tenido que ser universal) habría dado sus frutos ya a mediados de la década del sesenta. Pero primero la URSS con su sostenido y monumental apoyo, luego Europa Occidental, Canadá y otros países (con sus turistas y sus empresarios sin escrúpulos) y últimamente Venezuela con su petróleo regalado, lo cierto es que entre todos han contribuido a que el gobierno cubano se burle siempre del bloqueo o embargo.
Un bloqueo de verdad, un embargo con todas las de la ley, según las definiciones antes enumeradas, no habría permitido entrar en la isla ni una gota de combustible soviético, ni una sola ametralladora china o checoslovaca, ni un solo turista, ni un solo empresario europeo, ni tampoco una gota del petróleo del lago de Maracaibo.

Publicado en la revista mexicana REPLICANTE, número 7, mayo de 2006.
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ENSAYOS - El Curso Délfico. Retrato del País Adolescente

EL CURSO DÉLFICO
Manuel Pereira

Hace ya muchos años escuché el rumor de que José Lezama Lima era un escritor hermético. Ya que también las cajas de caudales lo son, me leí Paradiso sin entender una página, pero sintiendo todo el libro. Dado que sentir es la manera más profunda de comprender, decidí conocer al autor de aquel abracadabra. Y quiso el azar que fuéramos vecinos. Con sólo cruzar el Paseo del Prado yo estaba ante las columnas salomónicas de Trocadero 162, un mediodía de 1969, con mi primer cuaderno de poemas bajo el brazo.
La puerta se entreabrió y asomaron las greñas de una anciana. Era Baldomera, nodriza de Lezama con cuyo nombre alterado (Baldovina) empieza Paradiso. “Joseíto está durmiendo la siesta”, y añadió: «¿Es de la parte de quién?» Se me ocurrió decir: «Dígale que vino a verlo un joven poeta.» Entonces, desde el fondo de la casa, brotó una voz grave, jadeante: «Si es un joven poeta, déjelo pasar.»
Baldomera casi hizo una reverencia indicándome un sillón en la pequeña sala señoreada por el retrato de Lezama firmado por Arche. Había otros cuadros: un gallo de Mariano, un Víctor Manuel, un Portocarrero. De la pared colgaba una bandeja de plata con dos lebreles. Sobre un mueble, la mayólica representando una limosnera argelina, Lao Tsé cabalgando un búfalo de jade y un busto de Martí en bronce. Me dediqué a mirar el piso de mosaicos decorados con motivos vegetales que se hundían hacia el centro, donde flotaba una mesita con un cenicero de cristal que Lezama -contento de su mentira- siempre dijo que era de Murano.
Al rato escuché unos pasos, y vi una silueta corpulenta que avanzaba por un pasillo en penumbras mientras se reía hacia adentro, marcando las pausas del asma. «¡Con que un joven poeta!» -exclamó burlón hundiendo su humanidad en el sillón que estaba frente a mí. Me preguntó la edad, y cuando le dije que tenía veinte años, soltó una de sus frases lapidarias: «escribir poesía a los veinte años es fácil, lo difícil es llegar a la friolera de los sesenta y seguir haciendo versos».
Lo que más me impresionó en aquel primer encuentro no fue su gordura, sino su estatura, pues no sé por qué imaginamos pequeños a los gordos. También observé que su disnea justificaba cierta musicalidad en sus frases, siempre terminadas en una leve ondulación que no era ajena a la elegante torpeza de sus dedos, con los cuales dibujaba signos en el aire mientras hablaba. Tenía una curiosa manera de separar el dedo meñique de su mano derecha, en un gesto que parecía el santo y seña para entrar en la gruta de una secta secreta. Durante la conversación, la ceniza de su tabaco rodaba por su guayabera acumulándose en los pliegues del pantalón.
En aquella visita me regaló su poemario Dador y este consejo: «Léase a Rimbaud, que leyó en el hígado etrusco». Yo le dejé mis poemas de principiante, y una semana después pasé a recogerlos. «He marcado con una cruz verde los poemas que me gustan.», dijo. ¡De cuarenta poemas solamente había señalado cuatro! Mi desaliento debió de ser tan evidente que, acaso para consolarme, me prestó El gran Meaulnes. Con esa novela descubrí realmente la literatura. Fue un fogonazo en la sombra, y una señal de amistad que se repitió durante años, pues me siguió prestando libros, llegando incluso a obsequiarme los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, en la edición argentina de Rueda, subrayados y anotados por él.
La prosa proustiana comentada por él en octubre de 1948 -fecha de mi nacimiento- era el mejor regalo que sin saberlo podía hacerme. Porque en verdad me estaba legando algo más que aquellos siete tomos con sus apostillas; me estaba regalando el azar concurrente: esa casualidad poética que no ha dejado de perseguirme.
Aquel tesoro se completó con las lecturas que él me proporcionó, cuya lista detallada no ofrezco aquí por los mismos motivos que tuvo el alquimista Palissy para enterrar su horno, Stradivarius para esconder la fórmula acústica de sus violines, mi bisabuela para llevarse a la tumba la receta del melindre del silencio, y Lezama para decirme un día: «Yo digo mis secretos, pero callo mi misterio.»
Como todo cubano de raíz, Lezama fue ante todo un conversador. Sus diálogos conmigo estaban inspirados en la mayéutica socrática, según me reveló más tarde. Siempre que yo le devolvía un libro, comenzaba un ciclo de preguntas, nada académicas, que podían originarse en La Eva futura de Villiers de L'Isle-Adam para terminar en un monólogo sobre el yin y el yang o las delicias de un mamey. Su abrumadora erudición, expresada en un torbellino de citas y anécdotas -que iban desde las Vidas paralelas hasta La montaña mágica- entreveradas con golpes de humor popular, hacían de su charla todo un acontecimiento. Cuando Lezama empezaba a hablar, el mundo se detenía para escucharlo.
A eso él le llamaba «El curso délfico», que comenzaba con «La obertura palatal» y en el cual participaron -por separado- otros jóvenes, contados en realidad, pues no pasábamos de tres. Mi «Obertura» fue la novela de Alain Fournier, pero en todos los casos no era igual, pues Lezama decía que cada discípulo tenía su «iniciación» particular. En cierta forma se trataba de una apuesta, ya que si El gran Meaulnes no hubiera provocado un chispazo en mí, entonces habría buscado otra obra capaz de excitarme poéticamente. En mi caso adivinó, pues según me confesó luego: «Yo supe desde el primer momento que ése era el libro destinado a su sensibilidad.»
Así comenzó el privilegio de esta amistad que fue un magisterio. Yo no entendía muchas de sus sentencias, algunas palabras se me escapaban, ciertas ideas remitían a unas fuentes que yo ignoraba; su inmensa capacidad de asociación borraba cualquier pista, con frecuencia citaba a escritores que yo ni sospechaba o aludía a momentos históricos que yo no conocía; pero algo me decía que esa aventura poética era un regalo de los dioses; de alguna manera yo intuía que ser amigo de Lezama era vivir más de una vida, remontar el curso del tiempo, caer en otra dimensión, participar de un misterio. «Algún día -me profetizó sonriendo-, usted irá a la Sorbona, a Oxford o a Heidelberg, pero en ningún lugar podrán enseñarle lo que aprendió conmigo en la Universidad de Trocadero 162”.
Cuando yo lo conocí tenía lagunas culturales, no tenía la menor noción del latín, ni sabía muy bien dónde quedaba Grecia, ni veía clara la perspectiva que avanza desde la Antigüedad hasta el Renacimiento pasando por la Edad Media. Claro que sabía quiénes eran los egipcios y quién era Homero, pero todo eso estaba confundido en mi cabeza. Las categorías estéticas “gótico” y “barroco”, por ejemplo, despertaban en mí una vaga idea de complicación. Sin embargo, yo era una esponja seca con ganas de mojarme en esas aguas. Pero mis noticias sobre Proust eran fragmentarias; o lo que es peor, lo había leído mal, tratando de entrar en él como se entra en Zola o en Blasco Ibáñez, que eran los autores favoritos de mi madre. Yo no sabía que no se puede leer a Joyce con los mismos ojos que leemos a Víctor Hugo; tampoco sabía leer a los más antiguos, para lo cual es menester anticuarse las pupilas. En suma, mis lecturas eran escasas, defectuosas y dispersas. Gracias a mis padres tenía garantizado cierto desayuno intelectual compuesto, entre otros, de Julio Verne, Stevenson, Dumas, Defoe, Oscar Wilde, un Quijote expurgado y algún Dostoievsky mal digerido. Pero a partir de ese angosto horizonte, la cultura se me presentaba impenetrable como una selva en la que yo solo me hubiera extraviado para siempre.
Lezama desbrozó para mí esa selva. Primero, organizándome las lecturas de acuerdo con un diseño único, irrepetible, que él iba tejiendo intuitivamente como una tela de araña y cuyo énfasis estaba en los clásicos. De ese modo me ahorré más de un tropezón y me salvé de recorrer caminos inútiles. Me dio a leer los textos fundamentales de nuestra lengua, desde Boscán hasta los Cronistas de Indias pasando por los místicos españoles. Luego entramos en el mundo, buscando siempre los mejores momentos literarios de Alemania, Francia, Rusia, Italia, China… así llegamos a lo más vibrante de la poesía cubana. Ante mí se desplegaba lentamente el mapa de la cultura universal. Lo mejor de todo es que nunca hubo programa previo, ni pizarrón, ni exámenes ni calificaciones ni vacaciones. Todo pasaba como si nada pasara.
Yo era un aprendiz de pintor con ganas de ser poeta que empezaba a escribir colaboraciones para la prensa. Pero Lezama no me enseñó a escribir, sino que me enseñó a leer. Incluso a leer lo que está escrito en el aire, que es la mejor manera de escribir. Porque es la más invisible. Ésa fue su gran lección. Además, aguzó mi olfato para escoger las lecturas. “No se pierda en oros falsos”, repetía a cada instante corrigiendo mi instinto de selección, que por esa época era casi nulo, pues yo solía leer cuanto me caía en las manos. “Primero los clásicos, luego los clásicos, después los clásicos y más tarde los clásicos”, ése era su consejo mayor.
Poco a poco mis visitas dejaron de ser semanales hasta ser casi diarias. “Anuncie sus visitas, por favor, mire que es para lo único que sirve el teléfono”, decía al principio. Pero después, cuando yo me perdía un par de semanas, era él quien me llamaba. Una mañana sonó mi teléfono y respondí medio dormido. “¿Quién habla?”, pregunté. “José”, fue la respuesta. “¿Qué José?”, insistí. “En Cuba sólo hay dos Josés: José Martí en el siglo pasado y José Lezama Lima en el actual”, y carcajeó como Lao Tsé, de quien decía que era niño, viejo y sabio al mismo tiempo.
Otra de sus bromas favoritas, con la que demostró que era católico a su manera, consistía en repetir que “el infierno existe, pero está vacío”. Éstas son las “vanidades” que habrían atizado las hogueras de Savonarola. Pero es el tipo de ocurrencia que sólo los genios pueden permitirse. Me dijo un día: “¿usted es creyente?”. Al decirle que no era católico practicante, insistió: “¿pero usted cree en la poesía, no?” Al responderle que sí, exclamó: “No es lo mismo católico que religioso, y todo poeta cree…
Aunque tenía un dominio asombroso de la cultura francesa, sus versos eran hieráticos y jugaba con la metafísica, no era -como se ha dicho- ni el Proust tropical, ni el Góngora habanero ni el Borges del Caribe, porque la imaginación no usa pasaportes. Lezama era universalmente cubano. Por eso me introdujo en un conocimiento más profundo de mi país. Toda su obra, tanto la poética como la prosada, fue un homenaje a Cuba. Sólo que su cubanía nunca fue de guarandol, sino esencial. Hablando un día de la supuesta “oscuridad” de sus versos, me dijo: «La oscuridad está en el que oye, para los que tienen luz nada es oscuro”, y yo sentí un escalofrío, porque recordé el verso martiano: “como un monstruo cargado de crímenes, todo el que lleva luz se queda solo”. Se lo comenté y abrió los ojos asustado, porque para Lezama no había nombre más grandioso que el de José Martí. Podía hablar de los etruscos, de los griegos, de los celtas, de los egipcios, de los fenicios, pero siempre acababa hablando de Martí. Porque también Martí fue universalmente cubano.
La biblioteca de Lezama, acumulada en vitrinas o trepando por las paredes, era inmensa. Pero una vez me dijo: «Le voy a mostrar mi tesoro». Fue hasta un armario de puertas encristaladas -que permanecía bajo llave- de donde extrajo un pequeño libro que depositó en mis manos como si fuera un talismán, una espada que habla o el Santo Grial. Eran los Episodios de la Revolución Cubana, de Manuel de la Cruz, dedicado por el autor a José Martí. Pero había más: casi todas las páginas estaban acotadas por el lápiz tembloroso de Marti. Cualquiera que tenga una opinión superficial de Lezama pensaría que su libro más amado eran las Tablas de Esmeralda de Hermes Trismegisto. Pues no: eran los tatuajes de Martí sobre esa crónica de la guerra de independencia. Lezama me contó que consiguió esa joya bibliográfica «por una bicoca, en una librería de viejos de la calle Neptuno»
El Lezama que yo conocí apenas salía de su casa a causa del asma y la obesidad. Se autodefinía como «el peregrino inmóvil». Lo cual era cierto, pues podía hablar de Nápoles hasta dejar boquiabierto a un napolitano, o sobre la corte de Urbino como si fuera un contemporáneo de Castiglione. Salvo dos fugaces visitas a México y a Jamaica, nunca salió de la isla porque le tenía pánico a los viajes. Como su padre había muerto en el extranjero siendo él un niño, convirtió esa tragedia en ob¬sesión. Muchas veces le oí decir que «en el centro de todo viaje flota la imagen de la muerte» para enseguida argumentar: «Me aterroriza pensar que estando en un avión sólo una delgada lámina de aluminio me separará de la eternidad.» Luego añadía: «¿Viajar en avión?, eso no es viajar, porque uno sólo puede desplazarse desde la nariz hasta la cola del avión.» Entonces se comparaba con Proust, quien apenas había viajado, o evocaba a Descartes en barco con una pata de conejo en el bolsillo por temor a los naufragios.
En una ocasión lo invité a un cine del barrio donde proyectaban Dios y el diablo en la tierra del sol. Yo estaba seguro que, a pesar de su desdén por el cine, esa película de Glauber Rocha le iba a gustar. Pero no hicimos más que entrar en la sala oscura, y Lezama, de tan gordo que era, se atascó en la butaca. Tuvimos que salir enseguida. Evidentemente el cine no estaba hecho para él. Lo que más le gustó de aquel paseo fue volver a ver la alameda del Prado donde transcurrió su adolescencia.
Sólo una segunda vez logré sacarlo de su hogar para llevarlo a la casona art-nouveau de la revista Cuba donde yo trabajaba como periodista. Yo había organizado un encuentro del escritor con los trabajadores de la publicación. Alguien allí comentó que su definición de la poesía era demasiado oscura, y él respondió: «El pueblo también sabe ser oscuro, pregúntele a la gente en la calle qué quiere decir el tíbiri-tábara», que era una expresión del argot cubano de la década de los setenta, una forma enigmática de decir que se está más o menos bien: «en el tíbiri-tábara». Otro empleado le pidió que hablara de José Martí y él hizo una pausa: «Ése es un tema que se nos escapa entre las manos como un pez aceitado: Martí es un misterio que nos acompaña.» Allí Lezama habló durante una hora. Desde los redactores hasta los diseñadores y los fotógrafos, pasando por la telefonista y los mozos de limpieza, todos estaban arrobados por el relámpago de su palabra y el arcano de sus gestos. Esa era su gracia. Le hablaba a cualquiera de las aporías eleáticas o de los paños blancos de Zurbarán como si fueran temas del dominio público. Pero lo hacía con tanto fervor que todos, sin entender, lo entendían todo. Con lo cual se cumplía en la vida lo que ocurre en su novela en la que un portero puede deslizar una cita homérica sin que nos parezca inverosímil.
Lezama nunca renunció a ese salvoconducto poético que sólo las ignorancias diplomadas desprecian. Si Shakespeare se inspira en mitos griegos o en leyendas italianas para concebir sus obras, a nadie se le ocurre decir que por ello ha dejado de ser inglés. Si Thomas Mann o Hermann Hesse escriben novelas de asunto hindú, nadie los acusa de orientalizantes. Si Ezra Pound salpica de ideogramas sus Cantos pisanos, no es chinesco, sigue siendo norteamericano. Ni David Herbert Lawrence ni Malcolm Lowry se mexicanizaron por escribir La serpiente emplumada y Bajo el volcán, respectivamente. Cuando Baudelaire poetiza las yerbas de Arabia, Monet se deslumbra con las estampas de Utamaro o Marguerite Yourcenar escribe cuentos sobre China, Grecia, los Balcanes y Japón, no son por eso menos franceses. Cervantes puede pasear a los personajes de su Persiles desde tierras nórdicas pasando por Francia hasta Roma sin dejar de ser español. Mucho menos deja de serlo Valle Inclán cuando sitúa su Tirano Banderas en América. La fascinación de Karen Blixen por África no le quita un ápice de danesa. Tampoco Hemingway se vuelve africano por “Las nieves del Kilimanjaro” ni se convierte en torero con su Muerte en el atardecer. ¡Ah!... pero cuando un escritor latinoamericano habla de los griegos más de la cuenta, o se refiere con demasiado entusiasmo a los egipcios, al Tao o a los Vedas, si se le ocurre citar a Mallarmé, si resulta que habla con fervor de Pitágoras, entonces empiezan a llamarlo “negrito catedrático”, “autor libresco”, “europeizado”, “pedante”, “afrancesado”… Eso –que le pasó a Cortázar, a Borges y a Carpentier- también le sucedió a Lezama. Paradójicamente esa aparente defensa de lo nacional es un síntoma de colonialismo cultural. Porque no es rechazando al mundo como se deja de ser colonizado, sino asumiéndolo, incorporándolo. Sobre todo en América Latina donde el mundo entero se dio cita hace cinco siglos, lo que hace que desde esa perspectiva se pueda escribir sobre África, Europa y Asia con más fundamento que desde cualquier otro paraje del planeta.
Los americanos estamos condenados a ser universales. En eso Lezama fue un adelantado. Por ejemplo, muchas veces me habló de los idumeos sin que mi curiosidad se atreviera a interrumpirlo. Sólo después de su muerte, leyendo una carta en la cual Julio Cortázar le pedía la procedencia exacta de esa tribu idumeica que el argentino buscó infructuosamente en la Biblia; sólo entonces me dispuse a releer el Libro Primero de Moisés y a consultar diversos mapas de las tierras bíblicas. En efecto, allí se mencionan las generaciones de Esaú, “el cual es Edom”; y Edom es sinónimo de Idumea. Edom en hebreo significa “rojo” porque Esaú era pelirrojo y por alusión al plato de lentejas que recibió a cambio de su primogenitura.
De modo que los “edomitas” a que se refiere el Génesis son los famosos “idumeos” de Lezama, pero en ningún momento se habla allí de fecundación humana por vía vegetal, tal como él afirma: “…existe un período idumeico o de la fabulación fálica en que todavía el ser humano está unido al vegetal… donde la reproducción no se basaba en el diálogo carnal por parejas… adormecíase la criatura a la orilla fresca de los ríos… y brotaba con graciosa lentitud del hombre un árbol. Continuaba el hombre dormido y el árbol crecía… se desprendía en la estación del estío propicio la nueva criatura del árbol germinante…” (1)
Lo que desconcertó a Cortázar es que nada de esto viene en el Génesis. ¿Mintió Lezama? Si mezclar es mentir, sí que mintió bellamente. Digo “mezclar” porque tras muchas búsquedas creo haberme acercado a una de las claves de este enigma de Lezama, cuya imaginación tuvo que quedar muy impresionada por los incontables linajes de Esaú, “el padre de Edom”, que es Idumea.
Lezama relacionó iconográficamente esa fertilidad abundante con un símbolo egipcio que aparece en El libro de los muertos, ese papiro tan estudiado por él. Me refiero a la columna djed, asociada al culto de Osiris, acaso un fetiche prehistórico inspirado en un árbol de ramas cortadas, quizá la representación de la columna vertebral de ese dios descuartizado, o incluso, como afirman los más audaces, un pilar de energía eléctrica. Sea lo que sea, la columna djed significa la ascención o continuación de la vida, y está dotada de ojos. Ya tenemos un árbol de brazos cortados provisto de ojos. Lo vegetal conviviendo con lo animal. Y es eso justamente lo que aparece con tanta insistencia en los dibujos egipciacos de Lezama: árboles con ojos que se elevan fálicamente, humanamente, pestañeando. Además, un día le oí decir a Lezama que «el cabello es la parte vegetal del hombre». Me costó quince años y no pocos cabellos descubrir una idea similar en los textos de Empédocles de Agrigento.
Faltaría identificar a esa criatura del «estío» (obvia alusión al verano cubano) que se desprende del árbol. Esa criatura no puede ser sino la consignada por Fray Ramón Pané en su Relación acerca de las antigüedades de los indios, cuando nos cuenta el mito antillano de los seres asexuados que los primeros taínos «vieron caer de algunos árboles, bajándose por entre las ramas» (3), lo que, por otra parte, no es más que la versión caribeña de la leyenda del andrógino esférico que nos cuenta Platón en El banquete.(4)
Así vemos cómo Lezama mezcló las imágenes de cuatro culturas (la hebrea, la egipcia, la griega y la antillana) para reinventar una tribu que le corresponde por entero. Esa estrategia poética se me reveló también cuando comentaba jocosamente, en el curso de nuestras conversaciones, que después de muertos entraríamos «rodando como un enjambre de planetas en la música de las esferas, hasta descender al sombrío Valle de Proserpina donde comeremos pasteles de azafrán».
Las referencias a Pitágoras y a esa diosa del submundo que lo obsesionó, son evidentes. Pero ahora me interesan los pasteles de azafrán. Estamos ante el mismo recurso de síntesis, pues ¿de dónde sacó Lezama esa repostería escatológica? Supongo que otra vez inspirándose en el papiro egipcio donde vemos a los difuntos debajo de un sicomoro comiendo pasteles (que serán de loto, cuya raíz resulta dulce para Herodoto, pero jamás de azafrán). Esos pasteles de azafrán –me costó años averiguarlo- salen de la Cena de Trimalción, en el Satiricón de Petronio. Pero él mezcló todo eso con la creencia de nuestros aborígenes, narrada por Pané, según la cual los fantasmas se pasean de noche por la isla de Cuba comiendo guayabas. Por asociación de colores, el «azafrán» lezamiano podría también aludir a la «cerveza de cebada roja» que piden los muertos egipcios en sus invocaciones mágicas, incluso pudiera ser otra referencia a las lentejas y las vellosidades de Esaú, pero sobre todo corresponde a la pulpa roja de la guayaba. A través de este enroque de pasteles tebaicos con guayabas de Jatibonico, Lezama egiptizó a nuestros indígenas cubanizando a las momias faraónicas.
Él, que no dudó en bautizar al protagonista de su novela con un nombre arahuaco (Cemí), eleva constantemente la calidad de nuestras cosas a la altura de las civilizaciones más poderosas de la humanidad. Carece de prejuicio cultural, porque su erudición no conoce aduanas. Pero además, porque hay en esa sabiduría una vocación de travesura y un candor culterano que fueron sus mejores antídotos contra cualquier complejo de inferioridad.
En el fondo, como todo gran poeta, Lezama no hizo otra cosa que jugar con las barajas de la libre combinación. Eso le permitía solidarizar el diseño de la cerámica ática con una sentencia de Tertuliano, a Pascal con el Tao Te King, a Gracián con la alquimia de Paracelso, al Kama Sutra con la ceremonia del té, a Goethe en Weimar con los incas besando el aire, a la catedral del Zócalo con la pirámide de Keops, al pulpo minoano con Buda paseándose a orillas de un río en Benarés, al conde de Cagliostro con los misterios eleusinos, la Ananké, el proton pseudos, el paideuma y la ciencia infusa no difusa.
La tarde podía empezar relatándome que había soñado con «cuatrocientas brujas espantadas por la música de un violín en Bruselas» para concluir en los temas cubanos de su predilección: el sombrero que volvía invisible a Zequeira, el panadero poliglota, el esclavo culto fugitivo, el carpintero intelectual Manuel del Socorro, Hernando de Soto buscando la Fuente de la Juventud en la Florida, la flecha clavada en el fondo del Mississippi e Isabel de Bobadilla esperándolo en una torre en La Habana; de ahí saltaba a Romeo y Julieta, y otra vez al elixir de la eterna juventud de Cagliostro, al Collar de la Reina, al ángel de la jiribilla y a las eras imaginarias. Oyendo semejante cascada de imágenes, jamás se me ocurrió interrumpirlo para esclarecer un significado. Nunca me explicó nada en detalles, lo que siempre le agradeceré, porque me obligó a buscar, es decir, a crecer.
Su consigna conmigo era la frase que él atribuía al oráculo de Delfos: «Sólo lo difícil estimula.» Todo en Lezama era así, maravillosamente difícil. Pero no se trataba de una retórica caprichosamente hermética, ni mucho menos rebuscada. Su exuberancia conceptual y su lenguaje, que poseía la estructura de una cuántica musical, eran dones de su naturaleza. Lezama habló, pensó y escribió como respiraba. En su asma se confundían Góngora con Quevedo. Alguien que en mi presencia se atrevió a contrastar su complejidad oracular con la supuesta claridad de la poesía martiana, se ganó este latigazo: «Los Versos sencillos de Martí son sencillamente comoplejos, no existe en la historia de la poesía cubana un verso más oscuro que aquel del canario amarillo que tiene el ojo tan negro.»
Lezama era dueño de un vocabulario al que me fui habituando lentamente. Su palabra favorita el imago. En cambio, aborrecía la voz “plenipotenciario”, porque «suena como una chirriante planta de energía eléctrica provinciana». Decía “poemático” por poético, “visitación” por visita, “omphalos” por ombligo, y “paginación” en vez de cantidad de páginas. Para evitar la palabra «muerte» decía «la atropos» tijereteando con sus dedos el aire. A veces, en lugar de «matar» decía «refrigerar», metáfora criolla que revela nuestra nostalgia por la nieve.
Gobernaba las palabras como si fueran animales domesticables. En su conversación y en sus papeles también abundaban los cubanismos más callejeros. Decía feúcha, bailongo, fumbina, cumbilismo, pintiparado, penquillo, quinceabrileña, jacarandoso. Algunos cubanismos suyos estaban fuera de circulación, pues pertenecían a la época del machadato, cuando él era joven, como llamarle «blanca» al dinero o «la sin hueso» a la lengua. Sin embargo, su buen gusto le impidió ser populista. Podía encajar la palabra querindanga al lado del concepto nirvana como quien arrima una pamela a una guanábana, pero sin ser chabacano, porque su lengua encantada siempre se mantuvo en el gran estilo, que es el que merece y agradece el pueblo. No sé por qué pienso a veces que Benny Moré y Lezama Lima hubieran podido ser amigos hasta la complicidad.
Ningún misterio cubano le fue ajeno. Lo sabía todo: los pregones de la calle, los remedios de las abuelas, las charadas de la lotería, las natillas de las tías, el ritual funerario del barrio chino, los cocos partidos de un babalao en Guanabacoa. Su jocosidad pasaba por el “no sé qué” de San Juan de la Cruz hasta desembocar en la plaza Garibaldi “donde están los mariguanos jugando pelota», de que tanto me habló.
También me inició en el vicio de las etimologías. “La palabra alfil viene de fou -me dijo una vez- que quiere decir loco en francés, porque es la única pieza que corre oblícuamente sobre el tablero”. ¡Qué importa si esa semántica no es exacta cuando lo que nunca vamos a olvidar es esa fulguración ajedrecística que mantiene en jaque a la metáfora!
«Amigo de muchos días -me anunció en otra ocasión- tiene usted el privilegio de asistir hoy al nacimiento de un neologismo que acabo de incluir en mi novela: "ocultapar", pues no es lo mismo tapar que ocultar, y yo necesito que ambos verbos confluyan en el océano.»
Así fue como él me impartió sus lecciones de literatura. El maestro de un escritor no es quien lo enseña a poner una palabra detrás de otra. Eso no se aprende, eso sería como enseñar a respirar. El verdadero maestro es el que propone lecturas inolvidables y descubre sutilezas allí donde no se sospechan, mostrándonos el modo de acomodar la mirada; adiestrando, educando nuestros sentidos hasta hacerlos capaces de estremecerse ante un sonido, un color, una forma, un silencio o una idea. Lejos de ser un catálogo de axiomas, su magisterio fue una magia total. Cuando yo no entendía algo, me estimulaba diciendo: «No entender es ya una manera de entender.»
Con frecuencia yo olvidaba la intriga, el nudo y la trama de las novelas que él me prestaba. Cuando se lo comuniqué, me alivió así: «No se inquiete por eso; lo importante, lo esencial en un libro no es la anécdota sino esa arenilla que se nos queda adentro, pues olvidar es a veces también una forma de saber.» Ese día me recomendó en una dedicatoria: «Ilumínese dentro de la transparencia y oscurézcase como la noche de los vegetales.»
De ese modo fue entregándome todo un método de lectura y unas claves para ejercitar la memoria que nada tienen que ver con el virtuosismo del papagayo. Comprendí entonces que la obra de un esforzado -como él- no se acaba de pagar en la librería, sino que se sigue pagando en la lectura, pues ese es el precio que un lector profundo está dispuesto a pagar para encontrar, tras la apariencia del castigo, el premio.
Jamás me corrigió una página, ni me propuso suprimir un verso, ni siquiera desplazar una coma. Ese no era su estilo. Cuando yo le leía un poema, él cabeceaba afirmativamente si le gustaba. Si me pedía que le repitiera una línea, podía hacer una fiesta pues era un signo de aprobación difícil de conseguir. Pero si el poema no lo sacudía, en vez de criticar, simplemente hablaba de otra cosa. Lezama nunca regaló un elogio. Y si alguien intentaba arrancarle una opinión a la fuerza, corría el peligro de que lo pulverizara con una ironía. En una ocasión le devolvió a cierto poeta un cuaderno de versos con esta frase fulminante: «Lo que más me gustó de su libro fueron los epígrafes, sobre todo el de Mallarmé.»
Algunos poemas míos llegaron a gustarle, en particular uno que decía “Sueño que no se sueña mucho”. Me pidió unos versos para mandárselos a Cortázar, quien iba a publicarlos en una revista francesa. Y otro poema mío fue incluido -a petición suya- en una colección de textos que salió en homenaje a él. Pero yo no me engañé. Yo sabía que mi relación con Lezama no podía ser de poeta a poeta. Aunque nunca me sentí maltratado, tampoco me dediqué a deslumbrarlo con mis versos. Yo siempre fui su oyente, a tal punto que en determinado momento dejé de mostrarle mis poemas -incluso dejé de escribirlos-; porque comprendí que obligarlo a escucharme era desperdiciar el tiempo cuando lo que yo tenía que hacer era escucharlo a él. Lo que sí seguí llevándole fueron mis reportajes publicados en la revista Cuba entre otras razones porque él me los pedía para enterarse de todo lo que yo veía en mis recorridos por el país.
Una de aquellas crónicas sobre la cría de cocodrilos en la ciénaga de Zapata lo mantuvo encandilado días enteros. Eso le dio pie para disertar sobre Herodoto y Plutarco, los cocodrilos del Nilo, el icneumón, Humboldt y Buffon, perdiéndose en largas mitologías de dragones chinos. Aquella tarde intuí que le gustaban más mis reportajes que mis versos. Tal vez desde ese día, sin saberIo, empecé a concebir la fusión de la metáfora con la prosa periodística, lo que años después me condujo a mi primera novela. Pero esa es otra historia.
En algún momento del Curso Délfico, me dijo: «Cuando se han leído las obras esenciales, uno puede empezar a picotear en los libros raros.» Entonces me prestó una de esas rarezas: Al revés, de Huysmans. Así comencé a deambular por esas constelaciones poéticas que desprenden extraños perfumes. Sentí que había ganado una nueva densidad, supe que entraba en otra luz, en otro bosque de lecturas. Lo que Lezama me estaba ofreciendo no era una preceptiva literaria, ni un amodorrante tratado de metafísica, sino una subversión de los sentidos, una conmoción total; la manera más abstracta del conocimiento, que es el pensamiento poético que se piensa a sí mismo.
Menos mal que Lezama me complicó la vida, porque si no hoy yo tendría de la literatura aproximadamente la misma noción que de la botánica tienen las vacas. Nunca fue paternalista conmigo. Ni me compadeció, ni me exaltó. Desde el primer instante me habló del potens, de la vivencia oblicua y del azar concurrente, como si yo hubiera nacido sabiendo todo eso.
Le bastaba una frase para establecer una estética: «no olvide que hay que mirar el barroco de perfil para captarle el oleaje de sucesión», me recomendaba cuando yo me despedía, pues sabía que mi casa estaba cerca de la catedral, cuyos contornos desde entonces disfruto así; ya que el ojo resbala siguiendo la forma que contempla, todo lo cual se pierden los turistas que sólo saben fotografiar su fachada de frente. «Es un masaje para la retina», añadía descubriéndome las posibilidades del ojo. Estas son las enscñanzas que no vienen en ninguna Historia del Arte, ni se aprenden en ningún liceo ni instituto. Hablaba de los clásicos con una familiaridad pasmosa, como si Dante y Flaubert fueran vecinos suyos. Por ejemplo, nunca le perdonó a Hegel que hablara mal de la carne de res argentina mientras que se mostraba agradecido de los elogios que Humboldt le dedicó al caimán de Batabanó. No es que disertara sobre estos temas con la distancia profesoral de un catedrático, sino que lo hacía como si en cualquier momento esos dos alemanes remotos pudieran entrar por la ventana, trayendo vinos del Rin, para entablar una polémica sobre la fauna americana frente al cenicero de Murano.
Toda su destreza consistió en creerse sus fantasmas, pues sólo así su mentira se transfiguraba en verdad. «Para que el hombre llegue a expresar un esplendor tiene que nutrirse de misterio», decía. Media hora de conversación con Lczama equivalía a ver pasar un siglo. Hablaba mezclando chismes de reyes con adagios y metáforas, mientras yo me quedaba lelo como el gato ante el espejo. Sus temas eran de una diversidad que aún hoy me sorprende. Narraba la escena de Lutero arrojándole el tintero al diablo con tanta convicción que yo me sentía salpicado por la tinta protestante. O bien me aconsejaba hacer como los griegos, que tapaban con piedras los huecos de la tieua por donde salían las voces de los muertos. O se nos iba la tarde evocando a Timón deAtenas lanzándole agua hirviente a sus invitados. Éstas fueron algunas de nuestras encrucijadas coloquiales. Así fue surgiendo entre nosotros un código hecho de esas señales que salían de mis últimas lecturas. Un día el tema era Cuba y describía la estatua del silencio que se levanta en el cafetal de Angerona, fascinado porque esas ruinas están en una región que tiene el nombre de la diosa Artemisa. Otro día el tema era América y citaba Oscar Wilde quien dijo de nuestro continente qua «su más antigua tradición es su juventud». Recuerdo que yo le hablé de la pobreza material de América Latina, y él contestó: “Algún día el mito se cumplirá al revés, entonces el toro americano raptará a Europa”.
Lezama era algo más que un escritor. No era un profesor, ni tampoco un magister; no era un místico, ni un sabio, ni un filósofo; Lezama fue mucho más que todo eso: Lezama fue un mago. Su magia no era un oficio -que eso es la prestidigitación-; su taumaturgia consistía, ante todo, en estar hechizado de sí mismo. A partir de esa premisa, podía hechizamos a todos. Yo nunca me aburrí oyéndolo y eso que no siempre lo entendí todo. Porque ya yo tenía la llave maestra, el ábrete Sésamo. Ya yo sabía que más importante que entender es emocionarse. No porque él me lo dijera explícitamente, sino porque ésa fue la disciplina más sutil que se desprendió de aquellas lecturas dialogadas. A él nunca le gustaron las clasificaciones harto ceñidas. Siempre dijo que «definir es cenizar».
Para instruirme en el recurso de la sinestesia, en vez de impartir una clase de retórica o un sermón de sicología, me dedicó un libro con estos destellos: “La escarcha de las hojas, respirada por los ojos, tal vez la poesía, usted la siente”. Detrás de sus palabras nunca hubo moralejas. Estaba demasiado lejos de esa frivolidad esópica. Lo único que siempre le interesó fue el asombro. Su destino fue asombrarse asombrando. Estamos muy acos¬tumbrados por este siglo tan utilitario a considerar un rascacielos, una torre de televisión o un aeropuerto como los únicos trofeos de una ciudad; sin embargo, La Habana tuvo en él ese lujo tan raro que es un gran conversador.
Las fuentes de su sabiduría no eran sólo librescas, ni veo delito en que así hubiera sido. Pero cuando trabajó en la cárcel del castillo del Príncipe, donde ejerció como abogado, se interesó por los tatuajes de los prisioneros. Esos dibujos en la piel, según me confesó, contribuyeron más tarde a la imaginería que recorre algunas páginas de su novela.
Le gustaba ser justo en sus apreciaciones críticas. Cuando yo me quejaba de las erratas en los periódicos, me decía: «Eso no es nuevo en Cuba, el Diario de la Marina cometió la peor errata el día que publicó en primera plana, con grandes titulares, la noticia de que «LLEGARON A CUBA LOS ESCRITORES ORTEGA Y GASSET.» Pero también me decía, levantando el brazo en arco: «Literariamente este país está traspasado por dos corrientes, una que desciende del norte: novelistas americanos de diálogos refrigerados; y otra que navega por el sur, la más cálida, que viene de España: la de Góngora, Gracián, San Juan, Santa Teresa, la de nuestra lengua infinitamente proteica...»
Aunque no era de su gusto, si lo arrinconaban, opinaba sobre sus contemporáneos. De Borges le oí decir: «Parece que en una entrevista ha dicho que no me co¬noce, yo tampoco lo conozco a él.» De Neruda y de Vallejo tenía la más alta opinión, sobre todo del último. Respetaba a Alejo Carpentier, aunque añadía con cierto desdén: “es un estilista”. También decía que en la última edición del Petit Larousse aparecía una foto de Alejo en colores porque “él vive en París y negocia allí directamente con los editores”. En la entrada que ese diccionario dedicaba a Lezama no aparecía foto alguna. Por último, cuando yo quise sacarle más, me confesó: “Lo único que le envidio a Carpentier es el nombre de su personaje Sofía en El Siglo de las Luces. ¿Se da cuenta de lo que significa llamarle sabiduría a una mujer?” De otros autores, como García Márquez, decía: “Por principio desconfíe de esos libros que le gustan a todo el mundo”.
Hombre ajeno a las tecnologías, no sabía encender el televisor, que jamás logró hipnotizarlo. Más de una vez me pidió que pusiera en marcha el ventilador, que él llamaba «hélice», pues era un artefacto tan antiguo que había que impulsar sus paletas con el dedo para que arrancara. Fue un gastrónomo insaciable y tuve el honor de competir con él frente a varias fuentes de frijoles negros servidas por Baldomera.
Mientras comía conferenciaba sobre el quimbombó, el fufú de plátano o los quesos franceses dejando para los postres el cuento de Vatel suicidándose porque los pescados no llegaron puntuales a su cocina. También evocaba el banquete de Trimalción o el valle de Viñales, acerca del cual tenía toda una teoría cromática y palatal. Decía que las gradaciones del verde que derraman esos mogotes, al igual que los pinos enanos de esa región -que comparaba con ejércitos shakespereanos- le abrían el apetito. Cuando se lanzaba en este tema, su capacidad para levantar una carta sideral de la sensualidad gastronómica cubana era imponente. Llegado a este punto, yo puedo decir de él lo que Valéry dijo de Monsieur Teste: “Yo no sé reproducir su elocuencia especial”.
Su color fue el verde, que de algún modo siempre relacionó con la muerte, acaso por culpa de esa fuga en trineo que, en El conde Luna del austriaco Alexander Lernet-Holenia, nos lleva desde las catacumbas hasta Polonia. Jamás me perdonaré no haber grabado uno de aquellos tratados de escatología culinaria. A veces yo tomaba notas sueltas, pero la única vez que llevé a su casa una grabadora portátil para registrar una conversación, la cinta no copió casi nada. Otra vez, como en el cine, la tecnología estaba reñida con Lezama quien, mirando intrigado aquel aparato, preguntaba: “¿Y eso qué es, la caja de Pandora?” Lo único que pude salvar de esa grabación fue un comentario suyo sobre el tiempo: “El caballo del tiempo moja su cola de humo en el río Almendares”. Ese era uno de sus temas recurrentes. Definía al tiempo como “esa sustancia enemiga que nos devora” despreciando de paso el almanaque, “que es el tiempo colgando de un perchero”. Otro de sus monumentales aforismos, “tener una casa es tener un estilo para combatir el tiempo”, tal vez explica por qué nunca lo vi usar reloj. Una de sus últimas obsesiones fue el tokonoma: “Con la uña -me susurró muy confidencial- abro un agujerito en la cal de la pared y desde allí contemplo el universo”.
Fumaba largamente. Cuando le pregunté si no le hacía daño para el asma, dijo: “Los grandes fumadores como yo nunca tragan el humo". En efecto, retenía el humo en la boca dejándolo escapar de golpe para admirarse con las volutas azules que ascendían hasta el techo saliendo luego por la ventana. Como mi padre era despalillador en una fábrica de tabacos, a veces me daba unos puros especialmente concebidos para Lezama, quien, con una leve inclinación de cabeza, decía: “¡Gracias por las flautas de humo!”
Más de una vez lo encontré oprimiendo el atomizador durante un ataque de asma. Me hacía señas de que esperase tranquilo, pero era inquietante verlo chupando aquella burbuja de cristal. Después se burlaba diciendo que estaba haciendo sus «fumigaciones», pues para él su asma no era una enfermedad sino un escudo de nobleza. En todo caso, un día me dijo: «El asma está angelicando mi garganta, porque es una enfermedad de poetas: piense en Proust.»
Otra vez me lo encontré sombrío. «Acaba de irse», murmuró. «¿Quién?», me asombré pues no me había cruzado con nadie en la puerta. «Acaba de irse», repitió mirando ensimismado el sillón de las visitas. Entonces comprendí que aludía a su madre, fallecida cinco años atrás. «Mi vida transcurre entre dos muertes», me dijo en aquella oportunidad. Este era otro de sus temas tenaces. Esa misma tarde me confesó: «Yo escribí Paradiso porque mi madre me lo pidió en su lecho de muerte»;y luego añadió «yo empecé a envejecer el día que murió mi madre».
Pero enseguida se despabilaba, fabricando una metáfora con cualquier pretexto. Alzaba su copa de agua fría, tal si brindara con champaña, y tras beberla decía que era «como si me pasaran un pañuelo de seda por la garganta». Le gustaba afirmar que tenía vértebras en la garganta, pues era su manera de reprocharle a Gide que hubiera rechazado el manuscrito de Proust a causa de una fantasía anatómica similar. Convertía así aquella garganta angelicada por el asma y luego acariciada por la seda del agua helada en un homenaje a las vértebras que Proust encajó en la frente de su tía. Todo para Lezama se convertía en literatura, que es el único modo coherente de ser escritor.
El día que me presentó a su esposa, lo hizo con esta ocurrencia: «Maria Luisa, ya lo decía San Juan, que el espíritu sopla donde quiere: mira a este muchacho, nació en un solar, pero parece un príncipe danés.» Nos reímos tanto con esa salida suya que a partir de entonces, cada vez que ocurría cualquier cosa, decíamos a coro: «El espíritu sopla donde quiere”.
Por ese camino, pronto adquirimos la costumbre de intercambiar citas. No era un alarde de pedantería, sino que también ese recurso lúdico, sin que yo lo sospechara, formaba parte de mi formación literaria. Si él me decía “¿Metafísico estáis?”, yo debía responder, remedando un pasaje del Quijote: “Es que no como”. Otras veces era yo quien comenzaba el verso gongorino “infame turba de nocturnas aves”, que él completaba: “gimiendo tristes y volando graves”, moviendo en el aire un dedo como la batuta de un director ante una orquesta imaginaria. Recordando a Gracián decía “Un grano de locura en todo” y yo cerraba “es importante cordura”. También le gustaba lanzarme aquella frase de Proust: “Las mujeres bonitas son...” y yo la redondeaba: “para los hombres sin imaginación”. O bien evocábamos el versículo de San Mateo “Siego donde no sembré, recojo donde no esparcí”, o el verso de Julián del Casal: “ansias de aniquilarme solo siento...” También citaba mucho esta angustia de Cervantes: “de todas partes me llegan avisos de que me apresure», pero precisando que esos avisos iban dirigidos a él, y no a mí, pues siempre me aconsejó evitar la prisa: «Escribir aquí es una suma de poquedades. Cada mañana se aña¬den unas letras a la obra, y al cabo del año se ve la ganancia.»
Sobre este mismo tema me dijo otro día: “No haga como los poetastros y los autores de novelones que están siempre pendientes del último premio y sólo escriben pensando en el próximo concurso. Ni Cervantes, ni Flaubert, ni Goethe, ni Proust, ni Martí enviaron sus páginas a ningún concurso. No se apure, no se embulle, no haga literatura concursiva de la inmediatez; cultívese primero, más vale escribir un solo libro que sea recordado a cincuenta tonterías que caerán en ese tonel de las Danaides que es el olvido. Lo que sobran son poetastros que diariamente desenfundan la terribilia de sus poemas para enseguida leérselos a uno por teléfono.»
A veces, cuando yo me asomaba a la puerta que él dejaba entreabierta para que entrase la brisa, decía bur¬lón, «Antreeé», imitando acento francés; lo que también hacía cuando llamaba a su esposa: «Marie-Luiiisssse.» Se reía bajito, cubriendo la boca con la mano, como un niño travieso. Cuando Baldomera traía a la sala alguna infusión casera, él anunciaba solemnemente zumbón: «y ahora, joven, un buen té de Ceilán.» Podía ser irónicamente tierno. Cuando le anuncié que me iba a cortar caña durante la zafra gigante del año 70, me preguntó muy serio:
-¿Y usted está integrado?
-Sí –respondí.
-Pues yo me estoy desintegrando -dijo abandonando toda seriedad y palpándose la papada para subrayar la connotación carnal del juego de palabras.
Desde el campamento cañero le mandé una carta cuya copia conservo. La reproduzco aquí para dar una idea más fresca de la época y del tono de nuestra amistad:
«Amigo Lezama, por acá no tan bien como Trimalción en Santiago. Tampoco tan mal como Prometeo picoteado en el vientre. Ahora no es el frío lo que nos azota, ahora es el polvo que levantan los camiones, y que se nos mete en el corazón, ahora es el sol tirando flechas incendiarias, levantándonos ampollas en la espalda, cocinándonos los pelos. A las 3 p.m. el cañaveral reverbera, el aire vibra, las imágenes tiemblan -dice Froilán que es un paisaje impresionista. Dice Conte que esto es una locura, se enajena y la emprende a machetazos y saca la lengua que parece una corbata; ha dejado de ser un ‘mulatón aristocrático’, ahora es un mulato rumbo a la negritud. Félix Guerra sigue tan serio y reflexivo; gravita entre la paja del campo, cree ver en las nubes la silueta de Whitman. Con nosotros está Luc Chessex: un suizo alucinado que también le sopla un saludo cordial. El resto de la Brigada usted no lo conoce, pero también piensan en Usted. Todos pensamos en Usted, tal vez porque en eso se nos van las horas como si remáramos en el Nilo, rodeados de Nefertitis y racimos de lotos y antílopes oteando la luna.
‘La cubana es la perla del Edén, la cubana es graciosa y baila bien’, cantamos por la noche cuando se nos posa el gorrión (la tristeza) en la cabeza, cuando deja caer una pluma en el mosquitero y hay que hacer algo para quitársela de encima: jugar dominó si es necesario o leer en alta voz Oda a Julián del Casal aunque nos callen la boca, y gritar aquel verso ‘el verde errante de tus ojos verdes’ y rezar antes de quedar dormidos: ‘mitad ciruelo y mitad piña laqueada por la frente’.
Después, el polvo vuelve a ponernos cano el pelo, los pantalones y el corazón también se ponen blancos, y el filo del machete se pone blanco plateado y destella contra el azúcar y rompe los huesos de las cañas para que regrese la adolescencia y escapen las canas, para que vuelva el cielo a rodar en círculos y el mundo cambie todos los días y la luna reviente por la noche despidiendo una diarrea de diamantes, y para que la cubana -aunque últimamente pierda las formas- siga siendo la perla del Edén, la profesora verde de las tardes largas, de las noches cubiertas de pañuelos.»
Hasta aquí la carta. «La profesora verde» es una alusión a la muerte, pero sobre todo a una historia privada que sólo él y yo conocemos: la de una muchacha muy pálida de pelo muy negro, que entró un día en su casa buscando una ropa que el viento había desprendido de su tendedera. Era la vecina de los altos. Lezama me contó que era maestra, pero ya tenía la lívida belleza de los que van a morir temprano. Efectivamente, aquella muchacha murió un mes más tarde. Yo la vi sólo aquella vez cuando bajó a buscar su prenda caída en el patio de Lezama. Pero hay miradas que duran una eternidad y Lezama, cuya perspicacia lo abarcaba todo, me siguió hablando de ella como si estuviera viva, sabiendo que yo sabía que él sabía. Ese fantasma de mi adolescencia, que parecía inventado por Novalis y por Poe, nos acompañó en más de una conversación. Aunque nunca supimos su nombre, cada vez que Lezama decía “Ella” señalando hacia arriba, ya sabíamos que era la profesora verde de las tardes largas.
Lezama vivía modestamente en un barrio que hasta 1960 fue la zona de prostitución de la Habana: el barrio de Colón. Como la puerta de su casa daba directamente a la calle, se me ocurrió recordarle que por allí estaban los prostíbulos, por lo cual algunas casas ostentaban un cartelito alertando: “Aquí viven personas decentes, favor no molestar.” Lezama enseguida saltó en el sillón: “Sí, es verdad, pero los burdeles empezaban en la acera de enfrente”, aclaró haciendo con la mano un ademán escrupuloso.
Pero su barrio -aunque ya no existían los prostíbulos- seguía siendo tan popular y bullanguero que a veces, mientras hablábamos en la salita, los vecinos que pasaban por la calle se detenían a saludarlo desde la ventana. Él siempre respondía con un gesto de profunda deferencia, sin distinguir edades, pues incluso saludaba cortésmente a los niños que suspendían el juego de pelota para asomarse en la ventana comentando entre ellos: “Es el doctor, es el doctor”. Otros niños no eran tan pacíficos, y le tiraban piedras a la ventana. En más de una ocasión vi alguna piedra en el suelo de la sala. “Son los tupamaros”, explicaba Lezama riéndose, sin darle mucha importancia al hecho.
Lezama estaba casi siempre frente a esa ventana enrejada, empotrado en su sillón, aunque no tuviera visita. Al menos cuando yo lo conocí, ya no usaba el estudio del fondo de la casa, pues estaba abarrotado de libros. Escribía a mano en una libreta –si era posible con tinta verde- apoyándose en el brazo de aquel sillón. Luego le dictaba a María Luisa, quien tecleaba en una Underwood mal engrasada, pero que vio desfilar las palabras más fosforescentes que dio la isla de los cocuyos en este siglo. En ese sillón le pasó todo a Lezama: allí escribía, conversaba con sus amigos: allí leía y fumaba; allí lo afeitaban y lo pelaban, allí le inyectaban la insulina. Desde ese sillón cósmico Lezama asistió embriagado al espectáculo de su propia imaginación.
Un hombre así inmovilizado, al final de su vida, tenía que ponerse eufórico cuando recibía la visita de un amigo. Por eso me saludaba jubiloso: “Joooven, ¿qué tal de resonancias?”. Otras veces me decía “¡Hoy me siento tirado por un trineo de dos mil renos de cristal!”. Pero también tenía días fatigosos, como cuando me recibió con estas palabras: “disculpe si hoy mi conversación es menos restallante que de costumbre, pero estoy como apagado; todos los días no se puede ser brillante”.
La otra vez que lo encontré apesadumbrado, fue cuando los achaques de la edad le obligaron a internar a Baldomera en un asilo de ancianos. La mano de Baldovina, que abre las páginas de Paradiso abriendo la camiseta del niño José Cemí, esa misma mano mágica que tantas veces me abrió la puerta de Trocadero 162, se cerraba ahora diciéndonos adiós. Lezama estaba desolado y me contó que en el último momento descubrió que la anciana guardaba desde hacía años unos ahorros en algún rincón de la casa. “¿Para qué guardó ese dinero si aquí nunca le ha faltado nada?”, le preguntó. Y la vieja nodriza respondió: “¡Ay, Joseíto, si usted que es un gran poeta no lo sabe, ¿cómo quiere que lo sepa yo?”
Cada vez que yo regresaba de uno de mis viajes periodísticos por el interior del país me sometía a un interrogatorio minucioso que iba desde las frutas hasta los puentes. Pero también quería saber cómo estaba el oleaje en el malecón. Yo era un poco su informante, porque mi oficio de periodista me permitía ir de un extremo al otro de la isla. Un día le comenté que había cola en la bodega de la esquina. Una fila de vecinos con latas para comprar luz brillante (queroseno). Y eso bastó para que al instante inventara una serie de símiles burlones: “una cola larga como una trenza china”, “una cola interminable como la prórroga de poderes de Machado” … después venía la carcajada. Su sentido del humor podía irritar a algunos, podía incluso granjearle enemistades políticas, pero el escritor que carece de ese ingenio ya puede irse dedicando a la horticultura.
Tenía pensado titular Inferno la continuación de Paradiso, que escribía cuando yo lo conocí. Pero de repente cambió de idea. “Se titulará Oppiano Licario -me anunció- porque no quiero que luego las malas lenguas digan que estoy rivalizando con Dante”. No pocas veces la maledicencia se cebó en él, sobre todo a partir del escándalo que el capítulo octavo de Paradiso provocó entre la mojigatería habanera. En 1966 los censores revolucionarios de la isla tildaron de pornográfico ese capítulo y la novela fue recogida de las librerías. Recuerdo que me dijo: “¿cómo puede ser pornográfico un capítulo en el que se habla del golpe de dados de Mallarmé, un capítulo que es un papiro aljamiado de jeroglíficos?” Más tarde, a raíz del “caso Padilla”, Lezama cayó en desgracia. Entró en la lista negra oficial. No le publicaban nada. Su nombre ni siquiera podía ser citado en ningún artículo. Su teléfono estaba intervenido o pinchado. Empezó su época oscura. “Padilla me ha cubierto de mierda de la cabeza a los pies”, me confesó atemorizado, aludiendo a la famosa autoconfesión obligada del poeta Heberto Padilla en la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba).
Tampoco Lezama era un ingenuo, ni de su vida sale una hagiografía. Hablaba con fruición del “eros de la adolescencia” y metaforizaba el sexo femenino llamándole “bahía napolitana” con un risueño regodeo no exento de picardía, como cuando corrigió en mi ejemplar de La Cantidad Hechizada una errata que se deslizó en la página 294 trocando la palabra “malacológico” en un equívoco “mamológico”.
Toda grandeza engendra enemigos y Lezama no fue la excepción. Pasado un tiempo, algunos de sus detractores más acérrimos volvieron a amigarse con él, quien decía “a enemigo que huye, puente de plata”. Pero una vez me encontré en un parque con cierto profesor de literatura del instituto preuniversitario, un viejo abogado que había sido condiscípulo de Lezama en los años juveniles. Sabiendo que yo conocía a Lezama, me dijo: “Dígale que nunca he dejado de odiarlo”. Al preguntarle por la causa de semejante ojeriza, respondió: “Porque él llegó a ser un gran poeta mientras que yo sólo soy un profesor de bachillerato”. Cuando le conté esto a Lezama se inclinó hacia mí y en voz baja me preguntó: “¿Es uno que tiene ojos de batracio?”. El retrato era perfecto. Entonces añadió: “ya sé quién es, siempre me envidió, desde los pupitres de la universidad”. Tras una pausa de humo, añadió: “Menos mal que por lo menos es sincero al confesar su odio, porque otros que sienten lo mismo que él, vienen a mi casa, se sientan en ese sillón y me dan palmaditas en la espalda”.
Desde los días iniciales de nuestra amistad Lezama se interesó en mis orígenes. Le gustaba que mi cumpleaños coincidiera con el sabbat de otoño que celebran las brujas, la Noche de Walpurgis, el Halloween anglosajón que se confunde en México con el Día de los Muertos. Fue él quien me reveló la procedencia hebrea de mi nombre: “Enmanuel significa el elegido, no por gusto está usted ahí sentado”, aunque más tarde descubrí que en realidad Enmanuel quiere decir “Dios está con nosotros”, lo que en el fondo viene a ser lo mismo.
Sea como sea, los sentimientos encontrados que me provocó ese halago fueron una mezcla de susto con regocijo. Parece que para que yo no me envaneciera, agregó: “Conserve su alegría, pero unida a una secreta humildad, una humildad que sólo puede compararse con un orgullo que se encuentra en la dicha de los comienzos”.
Gracias a él me interesé más por mis antepasados, descubriendo así a los celtas. “Ese cuello grueso que usted tiene es típicamente celtíbero”, decía dibujando con los dedos en el aire el contorno de un collar torques. Luego hablaba de su nombre, José, que también en hebreo significa “el que agrega”, símbolo de la abundancia. Y evocaba orgulloso sus raíces vascas, “ya que a esa lengua tan oscura debemos la palabra ‘aquelarre’”, me dijo un día. Así despertó en mí la pasión por la genealogía, por esa tradición de imagineros gallegos que confluye en mis apellidos. Ése era otro de sus grandes temas: la familia. De esa manera comprendí que pobre del escritor que no tenga detrás una mitología familiar, una suerte de saga. Tanta fue su curiosidad por mis ancestros gallegos que un día me dijo que quería conocer a mi madre.
Aprovechando un aniversario suyo llevé a mi mamá, quien le compró un gigantesco pastel de merengue. La visita fue breve y al día siguiente, citando a Martí, Lezama me dijo refiriéndose a mi madre: “¿cómo dicen que es gallega? Pues dicen mal, es divina”. Lo increíble es que Lezama habló con mi madre durante media hora sin advertir que era sorda. Puesto que, a su manera, ella es una marquesa, fingió que lo escuchaba a las mil maravillas. Ése fue el diálogo más genial que he presenciado en mi vida: ella con su blusa de encaje blanco, él con el bigote jaspeado de merengue.
Solamente llevé otra visita, previa consulta, pues a él no le gustaban los visitantes súbitos. Fueron el poeta Antonio Conte y el trovador Silvio Rodríguez. A éste último lo asedió preguntándole por Mozart, Tchaikovski, los cantos gregorianos, las fugas de Bach y los trabajos que hizo Brahms sobre motivos de Paganini. A todo Silvio respondía que no sabía, que no recordaba, hasta que le salió esta frase: “yo sólo soy un hombre con mi guitarra”. Entonces Lezama lo miró fijamente: “¿y le parece poco?”, susurró. Así era él con los jóvenes artistas. Primero los abrumaba y luego los salvaba.
Lezama recibía otras visitas que no caían cuando yo estaba, porque él decía que hay “mezclas imposibles”, que la gente debe encontrarse por “empatía”, palabra muy suya. Siempre me recomendó escoger mis amistades tomando en cuenta “el simpathos y el apathos, acérquese por apetito y aléjese por empalago”, decía. Entre otros, coincidí en aquella salita con Cintio Vitier y su esposa Fina García Marruz, por allí pasaron dramaturgos como Antón Arrufat y Virgilio Piñera, fotógrafos como el Chino Lope, médicos como Moreno del Toro y sacerdotes como Ángel Gaztelu que tenía el pelo magenta, cepillado con papel carbón, y aquel acento tan castizo y los cachetes colorados, sobre todo cuando discutía de teología con Lezama, quien siempre lo trató de «Padre». Como Lezama no iba a ninguna parte, todos íbamos a su casa encantada, como fragmentos a su imán.
La vanidad de Lezama era tímida. Cuando llegaba alguna edición extranjera de sus libros, la ponía al lado del cenicero de Murano para que el visitante de turno la viera enseguida. Así me hizo con la edición mexicana de Paradiso. El día que me la regaló, se inclinó hacia mí, balanceando el sillón y haciendo bocina con la mano sobre la boca: «Me contaron -secreteó- que durante una manifestación en la Universidad de México los estudiantes saltaban gritando a coro ¡Paradiso, Paradiso! ¿Ha visto? Ya estoy entre las consignas de este tiempo.»
Pero su leyenda no estaba viva sólo en México. En los carnavales habaneros del año 70 yo fui testigo de una conga absolutamente espontánea, improvisada por una rumbantela de estudiantes, que marcando el paso, de uno en fondo, cantaban esta letra: «José Lezama Lima es un gordo comelón, que tiene su envolvencia con Góngora y Calderón…» Cuando le conté eso brincaba en el sillón soltando unas carcajadas que se oían en la acera de enfrente. Tanto le gustó la canción que varias veces me pidió que la repitiera delante de terceros. La popu¬laridad de Lezama ya estaba en la calle, vibrando en la rumba de cajón.
Algo aún más insólito ocurrió en aquellos carnavales que yo cubría como reportero, razón por la cual conocí a la Estrella y las Luceros, que eran las bellezas que se paseaban en carroza por la avenida del Puerto. Preguntón como era, Lezama me pedía detalles de aquellas muchachas que eran el centro de la fiesta popular: sus nombres, si eran bellas, cómo iban vestidas, etcétera. Entonces sobrevino el milagro, Estábamos en la sala cuando de repente escuchamos un ruido de aplausos, matracas, silbatos, bocinazos y motores. Una multitud inundó la calle Trocadero rodeando a una escuadrilla de policías en motocicleta que, con sus uniformes de gala, escoltaban un automóvil descapotable donde iban sentadas, como reinas, la Estrella con sus Luceros. Yo me asomé a la ventana y ellas enseguida me reconocieron. En el acto vinieron hacia la casa donde entraron seguidas de una muchedumbre. El gentío se apiñaba en la ventana para ver a las muchachas que yo le presentaba a Lezama, una tras otra, mientras él movía la cabeza con gestos de gran cortesía, como si fueran princesas salidas de un cuento de hadas. «Éste es el poeta Lezama Lima», decía yo, nerviosamente, en medio de aquel remolino de tules, lentejuelas y fragancias, esquivando al mismo tiempo los empujones de los curiosos que irrumpían llegando casi al patio trasero de la casa.
Cada vez que recuerdo este suceso me estremezco, porque aquella tarde se cumplió en todos sus puntos la ley lezamiana del azar concurrente. Resultó que una de ellas vivía frente a Lezama y habían ido hasta allí para cambiar sus atuendos de fantasía. Cuando ellas se fueron arrastrando sus hopalandas, cuando el descapotable y las motocicletas abandonaron la calle, cuando el vecindario se retiró de los balcones y las aceras quedaron despejadas, Lezama y yo, devueltos al silencio, quedamos de nuevo frente a frente. Entonces comentó divertidamente algo muy serio: “Eso es para que vea, usted las conoce porque anda parrandeando por el Prado, pero a mí vienen a conocerme a mi casa, descienden de sus carruajes ante mi puerta; vienen y tocan mi mano. Yo no voy al carnava. Pero el carnaval viene a mí, porque yo soy el peregrino inmóvil”.
La segunda parte del Curso Délfico se llamaba “La biblioteca como dragón”. En mi caso comenzó con la lectura del 1 Ching que Julio Cortázar le mandó desde París. Nunca olvidaré su rostro iluminado como un niño en Día de Reyes cuando el cartero le entregó el paquete postal. Inmediatamente lo estrenó conmigo, consultando el antiquísimo texto con monedas a falta de tallos de aquilea o varillas de marfil. Puso su voz más solemne para anunciarme el hexagrama Yí, equivalente a la ganancia (el aumento).
«Usted encontrará dos mil cien caparazones de tortugas, pero antes tendrá que cruzar el gran torrente», me vaticinó comentando entre risas que no hiciera como Mao, quien después de obtener el mismo oráculo cruzó a nado el río Amarillo. Lo que Lezama no captó es que su nombre, que en hebreo es «el que agrega», es decir, la abundancia, el aumento, la ganancia, era un sinónimo de aquel oráculo chino que él me comunicó con el tono sibilino de una esfinge. De modo que Yí y José eran para mí una misma señal. «Usted tiene que romper una resistencia -siguió instruyéndome- eso equivale a vencer el gran torrente.»
Junto con el 1 Ching Cortázar le envió otro libro que Lezama leyó y releyó en sus últimos tiempos: Locus Solus, de Raymond Roussell. Yo pensé que ese título quería decir Loco Solo. Desde entonces, como un loco solo, no hago otra cosa que reconstruir el rompecabezas de la biblioteca del Curso Délfico, que incluye obras tan raras que algunos libreros europeos se quedan estupefactos cuando las pido. Para mí ese curso no se acabó con su muerte, sino que se prolongó de mil maneras enigmáticas.
Dondequiera encuentro los signos del magisterio de Lezama. Si me regalan una máquina de escribir en Madrid, tiene que ser verde. De pronto aparece una tarja con el número 162 en la fachada de la catedral, lo que es bien curioso pues las iglesias no suelen llevar números. Arranco la cifra y la clavo en la puerta de mi casa. En la India, sobre el elefante que conduce al Taj Mahall, oigo hablar de Lezama. Sus libros, traducidos aquí y allá, me saludan desde todas las vidrieras. Cuando suena la campanilla de un anticuario veneciano, ya sé que es él que ha venido a buscar su cenicero de Murano. Subiendo la torre de la Giralda, la Pirámide del Sol, o el campanario de Notre-Dame, allí está él con su disnea. La rosa de arena petrificada que me vende el niño del camello en Cartago pudo haber sido una de sus metáforas. Las yerbas mágicas que crecen en el Pico Espejo estaban previstas por su imaginación. Fue él quien inventó la cerveza de Heidelberg. Las figurillas de oro de Bogotá, una vasija de barro chibcha, una estampa japonesa, una máscara policromada, un lacrimatorio etrusco, un collar de piedras volcánicas, una tela del Louvre, un fresco románico, un vitral gótico, las almenas de un castillo en ruinas, el órgano de Saint-Germain-des-Prés, los cañones de agua del Trocadero, un icono alumbrado por un cirio, el verde pompeyano, un pastel de guayaba y el almiquí… todo eso me habla de él. Porque él me preparó para esas visiones enseñándome a disfrutar sin comprender, que es disfrutar por adelantado. «Licario es el conocimiento», me dijo hace muchas tardes. En eso reside su don de ubicuidad. Por eso su fantasma no me abandona nunca, como hace Licario con Cemí.
La noticia de su muerte repentina, leída en un periódico, me alcanzó volando entre dos provincias cubanas durante uno de mis viajes periodísticos. Recordé entonces su miedo a los viajes, aquello de que sólo una lámina de aluminio lo separaría de la eternidad. Me asomé a la ventanilla del avión. Allí estaba la eternidad: las nubes pasando veloces. Abajo, un río culebreando entre montañas, destellando bajo el sol. El río Toa, nombre que por azar es un anagrama del Tao. ¡El gran torrente!
Tendré que vadear otra vez los ríos de la Sierra Maestra buscando el arete extraviado de mi madre, interrogando a las jicoteas del Toa en cuyos caparazones están cifradas las claves para entrar en el gran tonente, para obtener la ganancia, el aumento, el Yí de aquel José que fue mi mejor maestro.
Después de su muerte el azar concurrente y la vivencia oblicua volvieron a manifestarse cuando fui al taller para asistir a la impresión de mi primera novela, también traspasada por un río con tortugas. El primer azar es que el operario que me introdujo en la imprenta fue un amigo de la infancia, nada más y nada menos que mi gran Meaulnes. El segundo: que se me ocurrió averiguar qué libro estaba tirando la máquina de al lado. Entonces lo vi; multiplicado mil veces en la ráfaga de páginas que salía de la rotativa, vi el nombre de Lezama. Aquellas máquinas estaban imprimiendo, una al lado de la otra, bajo el mismo techo, simultáneamente, dos novelas: Oppiano Licario y El Comandante Veneno. Se cumplían así todos los hechizos. El gran torrente y el Curso Délfico continuaban, más allá de la vida y de la muerte, con el ritmo hesicástico, podemos empezar.




NOTAS:
1- Ver pág. 58 de la Valoración Múltiple de José Lezama Lima, Edic. Casa de las Américas, Habana, 1970.
2-Los dibujos de Lezama aparecen, a modo de viñelas, en la Valoración Múltiple antes citada. Para la mejor comprensión de lo que estoy explicando, véanse sobre todo los árboles que se reproducen en las pp. 102, 126 y 277.
3-Fray Ramón Pané: Relación acerca de las antigüedades de los indios, Siglo Veintiuno Editores, México, 1978. Página 27.
4-Otra fuente para la comprensión de esta mitología lezamiana la encontramos en la novela de Proust, que fue una de sus lec¬turas favoritas. En Combray, en la primera página que inicia el primer tomo de la novela, Proust escribió “así como Eva nació de una costilla de Adán, una mujer nacía mientras yo estaba durmiendo, de una mala postura de mi cadera”. Cito por la traducción de Pedro Salinas, Editor Rueda, Buenos Aires, 1944.


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RETRATO DEL PAÍS ADOLESCENTE
Manuel Pereira

Todo empezó con un error. La máscara cubre. El espejo descubre. Cubriendo, la máscara describe una más-cara, un otro rostro, equivocado o fingido. El espejo descubre, pero, al hacerlo, suscita a su vez el enigma del doble. El espejo quiere ser enemigo de la máscara.
Sus oficios, a primera vista, son antagónicos. Máscara veneciana que flota sobre los espejos de un canal. Bronce bruñido, espejo etrusco, donde se refleja el perfil de Polichinella.
La máscara es el espejo al revés, y viceversa. Lo que se oculta, lo que se revela. La ambigüedad de los símbolos que escojo está en lo profundo de todo arte -de toda literatura verdadera- porque es su “mentira primera”, el proton seudos, el falso inicio. Se dice en Cuba de alguien que miente mucho: “¡tiene más cara que el cará!”. O bien se dice que es un “cara dura”. ¿Y qué es una cara dura, sino un rostro superpuesto, acartonado, una máscara?
Todo empezó con un error, con una falsedad envuelta en una mezcolanza, en una suma de perplejidades. Y entre nosotros -caribeños, latinoamericanos- hay muchas máscaras y espejos en el camino que conduce a nuestra identidad artística, a lo que quizás no sería exagerado llamar una arqueología de la imaginación americana. Aquí yo sólo voy a desenmascarar algunos espejos, a espejear algunas máscaras, ciñéndome ante todo a Cuba y las Antillas, lo cual no impedirá algún que otro acercamiento al resto de los países que forman Nuestra América, el Nuevo Mundo.
Del mismo modo que escojo la máscara y el espejo como símbolos, el eje de estas especulaciones gira en torno a dos italianos: un veneciano (Marco Polo) y un genovés (Cristóbal Colón). Polo y Colón son la máscara enfrentada al espejo. Se parecen tanto que hay un momento en que ya ni siquiera sabemos cuál es la máscara y cuál el espejo. Colón nos descubrió, pero Polo nos describió. Colón llegó a América víctima de una mascarada descrita por Polo dos siglos antes. Colón es la máscara de Polo; y Polo, el espejo prefigurado de Colón.
Polo y Colón -sus apellidos casi forman anagrama-: dos italianos cuya pasión fue viajar. Andariegos y navegantes ambos, contaminados de la superstición medioeval y devorados por la curiosidad renacentista. Los dos tentados por el dios del comercio. Los dos, acaso sin saberlo, aquejados de fiebre literaria.
Al regresar de su viaje, Polo cae prisionero de los genoveses. También Colón regresará de uno de sus viajes aherrojado en una carabela. Polo llevaba mensajes escritos del Papa Gregorio X a la Corte del Gran Kan. Colón llevaba cartas credenciales de los Reyes Católicos con idéntico destino.
Otra coincidencia hermana a estos dos hombres sin biografía, y es que prácticamente son dos desconocidos, de los cuales apenas se saben algunas fechas. Para colmo de azares, los libros que ambos nos dejaron están sólo escritos a medias por ellos. De Colón nos quedan los extractos comentados por Bartolomé de las Casas. De Polo, las páginas que Rustichello copió al dictado en una cárcel de Génova.
Polo y Colón terminaron sus días en la pobreza después de recorrer mundos extraños y remotos. Ambos buscaron lo mismo. Polo encontró (espejo) lo que luego Colón creyó encontrar (máscara). Colón confundió la máscara con el espejo, o, mejor dicho, puso el espejo delante de la máscara. De esa confusión original, de ese dichoso error, afincado en una suerte de capricho poético, surgió nuestra primera imagen antillana y, por extensión, americana. Que en el Diario de navegación de Colón yace el primer intento de literaturización de nuestras gentes y de nuestro paisaje, ya fue demostrado por Cintio Vitier. (1)
Lo que me propongo en estas páginas es detectar la deuda del Almirante con el infatigable veneciano. Deuda que va más allá del contenido de las observaciones para alcanzar, a veces, similitudes estilísticas.
Il Milione y el Diario de navegación se parecen, a ratos, como si fueran un mismo libro frente a un espejo que vamos leyendo al revés. Pero la primera analogía que salta a la vista es la obstinada frecuencia con que aparece en ambos la palabra “maravilla”, ya sea como sustantivo, verbo, participio o adjetivo. Me tomé el trabajo de hacer un cómputo. En el libro de Polo -que no en balde ha sido traducido al castellano con el título Libro de las maravillas (2)- esa palabra aparece ciento veinticinco veces para un total de cuatrocientas ochenta páginas. Es decir, una maravilla por cada cuatro páginas. Igual proporción hallamos en el Diario de Colón que contiene cincuenta y ocho maravillas para un aproximado de ciento noventa y cinco páginas.
Además, no sólo ambos vivieron y murieron enmaravillados sino que los dos, cada uno por su lado, creyeron haber encontrado el paraíso terrenal. Por eso la segunda palabra que abunda en estos dos libros es “Paraíso”.
Esa noción de lo maravilloso y lo paradisíaco, tan intensa en Colón -quien la heredó de Polo-, impregnó nuestra literatura a tal punto que más de cuatro siglos después los dos mayores prosistas cubanos recibían esa herencia transformándola en obras de arte. Alejo Carpentier elaboró su sistema narrativo alrededor de lo que él mismo denominó “una cierta teoría de lo real-maravilloso” (3) mientras que José Lezama Lima no titubeaba en titular Paradiso su obra suprema. Desde luego que ya en Carpentier lo maravilloso incluye lo indígena, lo africano y lo europeo. Y no es menos significativo que el protagonista de la novela de Lezama tenga por apellido el nombre del dios de nuestros aborígenes (Cemí): signo inequívoco de cubanía.
Claro que Il Milione no sólo influyó en Colón, pues también Hernán Cortés, Pigafetta, Bernal Díaz del Castillo, Cieza de León, Cabeza de Vaca, cronistas llamados «de Indias» (otra máscara que aún llevamos) vieron a América por los ojos de Polo, pues creían estar en las tierras por él descritas. Por consiguiente, la óptica del veneciano -hijo coherente de una tradición que hizo de Venecia el punto de contacto entre Oriente y Occidente (4)- trasmitida a nuestras tierras por su primer heredero de Ultramar, no sólo imantó las letras cubanas sino que su influjo llegó a toda Latinoamérica donde se enriqueció con el tesoro imaginario de pueblos que fueron capaces de dejarnos narraciones como el Popol Vuh, el libro de Chilam Balam de Chumayel o los testimonios que recogiera Bernardino de Sahagún en México. En el caso antillano, la trayectoria poética que va de Polo a Colón se mezcló con las consejas mitológicas orales que registró el fraile Ramón Pané (5) hasta alcanzar su definitivo mestizaje con el posterior aporte africano.
Naturalmente que no es Polo el único “culpable” de esas visiones de Colón y sus epígonos. A ello habría que añadir el hechizo que obró sobre nuestros primeros cronistas la novela de caballería (6) y la imaginería iberomorisca que surgió de la convivencia de España con el pueblo que creó Las mil y una noches. En este sentido, la estructura narrativa del libro de Polo recuerda el recurso de Sherezada pues va saltando de ciudad en ciudad, eslabonando así los capítulos de su crónica. Tampoco está de más señalar que Rustichello, el copista de Polo, era un pisano aficionado a la literatura de aventuras, inmerso en el ciclo del rey Arturo y autor de una compilación de narraciones bretonas, Meliadus, escrita en dialecto franco-véneto. Otra influencia para Colón fue sin duda el Libro de las maravillas del mundo de John Mandeville (o Juan de Mandavila) –escrito entre 1357 y 1371 y en cuyo título vuelve a aflorar la noción de lo maravilloso- así como la Carta del Preste Juan.
Otra de las fuentes de información o de inspiración para el Almirante fueron los mapas que circulaban en la época, particularmente el de Toscanelli -de cuya correspondencia con el Almirante tanto se ha hablado-, el de Martin de Behaim conocido como «Manzana terrestre» y el del también veneciano, Andrés Bianco, confeccionado en 1436 y donde ya aparece dibujada, al noreste de las Islas Canarias, la fantasmagórica isla Antilia, de donde derivó posteriormente nuestra denominación de Antillas. Otra vez la máscara verificándose ante el espejo, lo irreal transmutándose en real. Por supuesto que estos mapas incluían los países legendarios visitados por Polo, desde la India hasta Cipango (Japón), Cathay (China) y una muchedumbre de islas dominadas por el Gran Can de los Mogoles. Lo que no figuraba en aquellas cartas de marear era América: espejo sin luz, máscara imprevista.
Hechas estas salvedades, podemos iniciar este viaje en el que yo también seguiré la trayectoria del sol, es decir, los hilos más o menos visibles que conducen de Polo a Colón, y, de allí, a la configuración de nuestro retrato inacabado, porque somos un país adolescente, en plena expansión.
La brújula y el astrolabio de esta navegación literaria -no menos imaginaria y tal vez tan real como la de las dos figuras estudiadas- será la lectura cotejada de Il Milione, de Polo, y del Diario de Colón (7) de donde proceden nuestros más remotos rasgos, por no hablar de nuestras primeras cicatrices. Como el libro de Polo es anterior al de Colón, empezaré buscando en aquél lo que luego se refleja en éste, aunque ello produzca una inevitable sensación de caos.
En el capítulo XXIII de su libro, Marco Polo describe fascinado los brocados de oro y seda de Georgia y exclama: «los más hermosos que hombre alguno vio jamás». Ciento noventa y cuatro años después, el 28 de octubre de 1492, Colón define a Cuba casi con las mismas palabras: «aquella isla la más hermosa que ojos hayan visto».
En el capítulo XXXVII, Polo nos habla del puerto de Curmós (Ormuz). Dice que las naves de ese lugar son muy frágiles porque en vez de usar clavos para construirlas emplean hilos. Explicando ese procedimiento, Polo escribe estas frases: “penden hilos como crines de caballo”… “los trenzados de crin de caballo, y se la hila como seda”.
Evidentemente este asunto de las naves frágiles tuvo que impresionar a un navegante como Colón quien, al describir a nuestros aborígenes, el 11 de octubre, dice que tenían “los cabelIos gruesos cuasi como sedas de cola de caballos». Un poco más adelante, el mismo día, insiste: “los cabellos no crespos, salvo corredizos y gruesos, como sedas de caballo».
Las analogías son obvias, y la obsesión por la seda -tanto en Polo como en Colón- se explica porque era uno de los productos orientales más codiciados de la época. De modo que la metáfora que nace en las barcas endebles de la actual Minab, en el golfo Pérsico, recorrió un vasto itinerario en el tiempo y en el espacio para reaparecer en la cabellera de nuestros abuelos (los arahuacos, los taínos) regalándonos así una imagen voluptuosa que, como ha advertido Lezama Lima, echó largas raíces en nuestra poesía (8). La seda, nuestra sensualidad; el cabello, la bravura de los indoblegables caribes.
En el capítulo XXXIX Polo habla de los espejos de Cobinán, «del más fino acero», y penetra en una llanura, en los confines de Persia, hasta llegar al sitio llamado Árbol Seco. Ese espejismo perseguirá a Colón, quien, al final del Diario de su primer viaje, el día 13 de febrero, todavía habla de ir «a árbol seco» (9). Lo cual prueba que el espejo y la máscara no abandonaron nunca al Almirante, quien murió convencido de que había llegado a una zona inexplorada de Asia.
A partir de cierto momento comienza en el libro de Polo una curiosa obsesión meteorológica que contaminará a Colón: la constitución del aire. Son muchas las alusiones que ambos hacen en este sentido. Escogeré las que presumo más sugerentes.
Desde el capítulo XLVII comienza el veneciano a hablar de unas montañas cuyo aire cura (10). «El aire es tan puro», dice, para añadir dos páginas después que es el «aire muy templado». En el capítulo LXXIX escribe «el aire parecía estremecerse». Más tarde, ya hacia el capítulo CLXXV -en la costa de Coromandel, sudeste de la India, justifica la desnudez de las gentes porque «sus estaciones son templadas» y añade «el calor es tan grande que [...] por eso van desnudos».
Estas frases tuvo que recordarlas Colón cuando vio a los taínos desnudos bajo el sol cubano. Pero aun antes, cuando sus marineros todavía no habían avistado tierra, dice que se sienten «aires temperantísimos», «los aires siempre más suaves». Diez días después: «los aires dulces y suavísimos», «los aires eran muy dulces y sabrosos». La fascinación por nuestro clima va creciendo en adjetivos a medida que disminuye la distancia entre las carabelas y la isla de Cuba. El 8 de octubre vuelve con «los aires muy dulces [...] tan olorosos son». Abundan en Colón las referencias al aire, y en cuanto al calor, se lo explica pensando «que en estas Indias debía de haber mucho oro».
“Tornó a ventar muy amoroso”, dice el 24 de octubre, llegando a una tesitura indiscutiblemente poética.
Volviendo a Polo y siempre hablando de la calidad del aire, el veneciano nos cuenta (capítulo LVII) que a orillas del lago Nor, en el desierto de Lop, se «oye en el aire espíritus malignos» añadiendo «os parece que oís resonar en el aire muchos instrumentos de música». El paroxismo de Polo estalla cuando (capítulo LXXII), al llegar a la frontera de China con Mongolia, dice que «se oye hablar en los aires».
Las metáforas errantes del aire que van de Polo a Colón, entroncan ¿por azar? con el primer escritor latinoamericano, el Inca Garcilaso de la Vega, cuando nos cuenta que los incas «con la boca daban dos o tres besos al aire» (11), porque allí flotaban sus dioses. Por otra parte, José Juan Arrom (l2) señala la supervivencia del mito taíno de las aéreas hupías (espíritus femeninos del aire) en un poema de Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, en el que sus voces vibran en el éter diciendo «Cuba, Cuba». En su segunda visita a Cuba, Humboldt se refiere alborozado a la pureza de nuestro aire, como ha comentado Lezama (13). El derrotero de esta obsesión culmina en José Martí cuando exclama: «el aire está lleno de almas»(14).
Resumiendo: del «se oye hablar en los aires» de Polo, al «aire está lleno de almas» de Martí, pasando por los aéreos besos incaicos, veo una relación secreta, subterránea o estelar, que pasa por Colón. Y si no pasa por los conquistadores españoles, entonces esa corriente mítica llegó por el estrecho de Bering, en las oleadas sucesivas de mogoles paleolíticos (15) que hace cuarenta o quince mil años poblaron Nuestra América.
La prueba de una posible influencia directa mogola en América la aporta Alejandro Lipschütz en una especulación semántica en la que establece una vecindad (de forma y de contenido) entre la palabra mogola ayil y la voz quechua ayllu (16). El sabio chileno demuestra que ayil, vocablo además registrado por Polo, se fue transformando en tierra americana hasta llegar, otra vez, al Inca Garcilaso cuando escribe: «aillus que es linajes».
«En resumen», dice Lipschütz, «el quechua ayllu igual que el mogol ayil, es siempre gente o una agrupación humana ligada por lazos de parentesco real o figurado" (17).
Si una palabra mogola pudo llegar a América (sin Colón y mucho antes que él) ¿por qué no pudo llegar también, por esa misma vía, el mito de las voces aéreas que hemos visto en Polo y luego en la leyenda incaica del beso aéreo relatada por Garcilaso?
El hallazgo filológico de Lipschütz me obliga a cerrar un círculo momentáneo en estas reflexiones. El aire como personaje activo -leyenda que obsesionó a Polo entre China y Mongolia- pudo haber llegado a nuestro continente por doble vía -con Colón por el mar, y por Bering con nuestros más remotos tatarabuelos mogoles- instalándose en la imaginación incaica, y llegando hasta José Martí -quien, sin duda, leyó al Inca Garcilaso, a Colón, a Pané y a Plácido.
Aquí, pues, la máscara y el espejo se reconcilian fugazmente, ya que si bien los conquistadores no llegaron, como pensaban, a Asia, sí encontraron en las tierras descubiertas a pueblos enteros cuya más antigua cuna era Asia. Espejo frente a espejo, máscara sobre máscara. La gran paradoja de Colón es que se equivocó, pero al mismo tiempo no se equivocó. No llegó a precisamente a Asia, pero sí llegó a una emanación de Asia. Errando, acertó. Otro enigma americano.
Ya que esta digresión nos ha llevado del aire a las palabras, sigamos en nuestra búsqueda de reminiscencias el rastro espejeante y enmascarado de las palabras que Colón aprendió en Polo y que luego mezcló con las de nuestros aborígenes antillanos.
Polo se refiere constantemente al Gran Kan, a Kublai Kan y a toda la genealogía de los kanes. Al llegar a las Antillas, el Almirante empezó a escuchar palabras arahuacas en cuyo silabeo frecuentaban los fonemas ca y cu. Tanto en el registro de voces taínas recogido por Ramón Pané (18) como en el «índice de palabras comentadas» con que concluye Arrom sus Estudios de lexicología antillana (19) es evidente que debajo de la letra C es donde se agrupa un mayor número de voces arahuacas. Cito algunas: canoa, caribe, casabe, cacique, caribatán, cohoba…
Estas leves homofonías con el nombre del legendario rey que Colón buscaba tuvieron que excitar su imaginación. Máscaras fonéticas. Espejos que hablan.
Las Casas ha comentado cómo el Almirante creyó entenderle a los taínos cubanos que existía «una provincia que se llama Cubanacán "cuasi el medio de Cuba", porque nacán quiere decir en la lengua de estas islas "medio" o "en medio" y así componían este nombre Cubanacán, de Cuba y nacán” (20).
Para no extendernos en detalles filológicos, baste sospechar el guirigay de voces que se armó en la cabeza de Colón, quien seguramente interpretó que Cubanacán y Cuba aludían al Kublai Kan, que fuera tan amigo de Polo, o a alguno de sus descendientes. Por eso, sin dudarlo ni un solo instante, proclamó que Cuba era Cipango (es decir, Japón): mascarada geográfica, espejo engañoso (21).
Martes 23 de octubre: «Quisiera hoy partir para la isla de Cuba, que creo que debe ser Cipango» y añade al siguiente día «es la isla de Cipango de que se cuentan cosas maravillosas».
Ese «se cuentan» es una evidente alusión al capítulo CLX de Il Milione donde Polo asegura que en Cipango «hay un grandísimo palacio todo cubierto de placas de oro fino». Cuba enmascarada de Japón. Japonería poliana que perseguirá a Colón a lo largo de su Diario. Sin embargo, a esta primera máscara geográfica y toponímica, seguirán otras. Nuestra isla se llamó sucesivamente Cipango, Colba, Catai, Juana, Quinsai, Caiton, Fava (o Java), Fernandina, Isabela, hasta recuperar su definitivo topónimo: Cuba. Otro tanto ocurrió con su contorno insular: primero fue una isla, luego fue ciudad, más tarde península, después tierra firme. Durante catorce años Cuba fue un enigma -una máscara- y su condición insular quedó oculta tras el espejo del continente asiático (22). Antifaces que caen, espejos que estallan, la isla y su nombre parecen emerger de la nada, desapareciendo y reapareciendo en un mar de sargazos, en un juego de delirantes fantasmagorías. Detrás de tantas mascaradas y espejismos adivinamos la sonrisa burlona de Marco Polo.
En este rastreo de palabras he dejado para última la voz arahuaca que designa a nuestro mar: Caribe.
Las páginas de Polo aluden más de una vez a los antropófagos. En el capítulo CLVI, en el estuario del río Min, el veneciano conoce a unos guerreros que son «los hombres más crueles del mundo. Porque os aseguro que van siempre matando hombres. Y cuando los matan, primero les beben la sangre, luego los comen, enteros [...] no piensan más que en ir a matar hombres para beberles la sangre».
Un poco más adelante, Polo insiste afirmando que en lo que hoy son las islas de Andamán “los hombres tienen todos una cabeza de perro y dientes y ojos como perros”, añadiendo, “son gentes muy crueles y se comen a los hombres completamente crudos”.
El 4 de noviembre, cerca de Nuevitas, en la provincia cubana de Camagüey, Colón anota que «allí había hombres de un ojo, y otros con hocicos de perros, que comían los hombres, y que en tomando uno lo degollaban y le bebían su sangre».
Como se ve, Colón traslada casi literalmente las imágenes de Polo. El 23 de noviembre, vuelve sobre el tema: «gente que tenía un ojo en la frente, y otros que se llamaban Caníbales, á quien mostraban tener gran miedo»... «porque los comían».
Tres días después, en su camarote febril, consigna que «Toda la gente que hasta hoy ha hallado diz que tiene grandísimo temor de los de Caniba ó Canima [...] y decían que no tenían sino un ojo y la cara de perro [...] debían de ser del señorío del Gran Can, que los captivaban».
El 11 de diciembre el Almirante insiste complicando aún más el trabalenguas de Caniba vinculándolo con el Gran Can o Gran Kan.
Un par de días después, cuenta que los aborígenes huían de los españoles y un taíno que llevaban con ellos les gritaba «que no hobiesen miedo, que los cristianos no eran de Cariba».
El 17 de diciembre se refiere a «ciertas flechas de los de Caniba ó de los Caníbales».
Pero por si quedara alguna duda, el 26 de diciembre afirma: “los de Caniba, quellos llaman Caribes”.
Con estas citas basta para establecer el rumbo de otra mascarada que es al mismo tiempo un enredo semántico y fonético. El Almirante empieza hablando de Caniba o Canima, luego asocia estas palabras al Gran Can. Más tarde habla de Cariba y de Caníbales. Finalmente identifica a los de Caniba (es decir, a los caníbales) con los indomables Caribes que dominaban el mar que hoy lleva su nombre (23).
Pero esta vez la mascarada fue a parar mucho más lejos, nada menos que a Inglaterra. Baste recordar el estudio que ha dedicado Roberto Fernández Retamar a La tempestad, de Shakespeare, donde nuestro caribe, nuestro caníbal, se transforma por anagrama en Calibán (24). Esta mascarada -ya no tan veneciana, más bien isabelina- me provoca múltiples correspondencias. El asunto shakesperiano de La tempestad (otro gran mito taíno, el dios Huracán tan cantado por Heredia), el naufragio cerca de una isla a donde llegan los sobrevivientes, isla habitada por alguna criatura que, si no es maligna, es deforme o salvaje. Todo eso me hace pensar en la «Historia de Serrano» relatada por el Inca Garcilaso (25) lo cual a su vez nos remite al Robinson Crusoe de Defoe con su no menos «calibanesco» Viernes; y me hace evocar también ese cuento caribeño, inspirado en el mito taíno del diluvio, que analiza Arrom en su Certidumbre de América (26).
Según Fernández Retamar, una de las fuentes de Shakespeare para concebir su obra fue el ensayo de Montaigne «De los caníbales». Según Aníbal Ponce (27), el poeta se inspiró en la noticia del hundimiento de una flota inglesa, en 1609, en las Bermudas, cuando fue sorprendida por una de nuestras tempestades de octubre.
Sea como sea, lo que interesa a estas notas es que también en Shakespeare reaparece aquella “cara de perro” que nos l1egó desde Polo a través de Colón. En La tempestad, Calibán -habitante de la isla encantada- es descrito con «cuatro patas, olor a pez rancio, y cara de perro» (28). Esa isla encantada es una de nuestras islas. Ese Calibán es nuestro ascendiente, nosotros mismos, en la tempestad de nuestro devenir histórico.
Pero aún interviene otra máscara en el drama shakesperiano. Un segundo naufragio arrastra a la isla a dos napolitanos: Stéfano, un catador ebrio, y un bufón llamado Tríngulo, que se une a Calibán para conspirar contra Próspero. Croce ha visto en Tríngulo un deudor de Polichinella (29). Así tenemos a una máscara italiana amigándose con una máscara antillana, que es a su vez de procedencia poliana y colombina. La fusión de estas dos imágenes -la nariz de Polichinella con el hocico de perro de Calibán- es otra prueba de la paciencia de nuestro espejo.
Espejo de paciencia, así se va a llamar nuestro primer poema, escrito en Cuba por Silvestre de Balboa en 1608. Un año antes de que se publicaran los Comentarios... del Inca Garcilaso. Un año antes, también, del hundimiento en las Bermudas de la flota inglesa que dio pie a Shakespeare para su Tempestad. Es decir, cuando ya tenía lectores el náufrago Pedro Serrano que se perdió en la isla Serrana, «que está en el viaje de Cartagena a La Habana» (30), cuando Shakespeare comenzaba a soñar con su última criatura; ya nosotros, los cubanos, teníamos un espejo.
Espejo todavía empañado, poblado de divinidades griegas que ofrecen guanábanas, caimitos y mameyes. Un espejo a medio hacer, pero ya nuestro. Un espejo sobre cuya superficie ya no se refleja la suma de las máscaras de Calibán y Polichinella, porque esa mueca se ha trocado ahora en el relámpago de otros dos personajes, esta vez dos criollos, que pasan resplandecientes sobre el azogue: el blanco «criollo de Bayamo» y el «Salvador criol1o, negro honrado» (31). Ambos, si no en la etnia sí en la ética, son descendientes directos de nuestros caribes-calibanes. Por tanto mezclados, sincretizados, en ese espejo mestizo, cada vez más impaciente, que es nuestro primer espejo.
Pero el gabinete de curiosidades, el retablo de prodigios que Colón heredó de Polo no concluye aquí. En el Reino de Lambri (cap. CLXX) Polo asegura que «hay hombres que tienen una cola de más de un palmo de longitud [...] gruesa como la de un perro”. Por supuesto, esos seres extravagantes también recuerdan las criaturas teratológicas descritas por John Mandeville a su paso por Etiopía y la India, así como los “hómines agrestes” de los que habla Estrabón en su Geografía, y los cinocéfalos mencionados por Plinio el Viejo en su Historia Natural que reaparecen en la Carta del Preste Juan.
Por último, en su carta a los Reyes Católicos, Colón afirma que en Cuba hay una provincia que se llama “auau, adonde nace la gente con cola” (32). Auau, dice Colón remedando el ladrido de un perro. Polo ha dicho antes que la cola de los hombres de Lambri es «como la de un perro».
Los antropófagos que según el veneciano habitaban en las islas de Andamán «tienen todos cabeza de perro y dientes y ojos como perros». Calibán, en la versión shakesperiana, tiene «cara de perro». Desde que llega a Cuba, Colón consigna más de una vez que encuentra perros mudos en las aldeas. Tal parece que en una isla donde los perros no ladraban, era necesario adjudicar esa tarea a los hombres. ¿Y a quiénes sino a aquellos que viven en esa provincia de auau y que muy probablemente era un centro de resistencia caribe?
Sin embargo, esta vez la máscara viajó con tan buena suerte que con ella terminan las páginas de Cien años de soledad cuando García Márquez cierra su estirpe de macondianos con el niño que nace con una cola de cerdo, en medio de la cólera del huracán, en «la ciudad de los espejos». Otra vez la tempestad y los espejos.
Y siguen las visiones de Marco Polo trasladándose a América. Ahora son las copas de oro que vuelan por arte de magia hasta la mesa del Gran Kan (Polo, cap. LXXV). Hablando del oro -su gran desvelo- Colón comenta el 13 de octubre que «estaba allí un rey que tenía grandes vasos dello». Pero no encuentra ni reyes ni copas de oro. Lo que encuentra el Almirante al entrar en el primer bohío cubano es lo que él llama una «caratona», que los aborígenes llaman «guayca»; es decir, una careta, una máscara taína que le hace muecas ininteligibles desde un abismo cultural.
Polo confundió al rinoceronte de Sumatra (capítulo CLXVII) con el unicornio y se quejó de su aspecto «repugnante» dudando que, de acuerdo con la leyenda medieval de los tapices, «se deje atrapar por el pecho de una doncella». Igual desencanto sufrió Colón cuando confundió al manatí con la sirena (9 de enero) «vido tres sirenas [...] pero no eran tan hermosas como las pintan». El mismo proceso, pero a la inversa, se reproduce en México cuando «creyeron los indios», nos dice Bernal Díaz del Castillo, «que el caballo y el caballero era todo un cuerpo» (33) con lo cual el mito del centauro entró en la imaginación azteca, también por vía del espejismo y la mascarada.
Encandilado por la vegetación de Cambaluc (cap.LXXXIV) Polo hace el elogio del verdor: habla de «árboles [...] que en ninguna época pierden sus hojas sino que siempre están verdes [...] todo este verdor [...] allí no se ven más que cosas verdes».
Siguiéndole los pasos, también Colón se enmaravilla con el verdor de la isla de Cuba en pleno otoño (17, 19 de octubre y 16 de diciembre): «tanta verdura en tanto grado como en el mes de Mayo en Andalucía [...] ni me sé cansar los ojos de ver tan fermosas verduras [...] los árboles de allí diz que eran tan viciosos que las hojas dejaban de ser verdes y eran prietas de verdura».
Narrando la batalla del Gran Can y de su tío Naián (cap. LXXIX), Polo nos regala esta feliz exageración: «Pueden verse volar flechas en tan gran número que hacía gran oscuridad y el cielo no era ya visible.»
A falta de grandes batallas, Colón asimila la misma hipérbole a nuestras aves: “las manadas de los papagayos que ascurecen el sol” (21 de octubre).
El Almirante repetirá esa imagen -según refiere Andrés Bernáldez en su Historia de los Reyes Católicos- al decir que vio en Cuba revolotear sobre el mar una nube de mariposas que oscurecía el sol.
En el río Yang Tse Kiang (cap. CXX) Polo habla de grandes serpientes que tienen «diez palmos». El 22 de octubre Colón afirma que han matado una serpiente de «siete palmos». Polo añade que una vez que los chinos cazan la culebra, “la despellejan inmediatamente, le quitan la piel del vientre [...] porque sabed que la tienen en gran estima...” El 21 de octubre, el Almirante ve otra «sierpe» -tal vez una iguana-“ la cual matamos y traigo el cuero á vuestras Altezas”.
Poseso del fantasma de Polo, Colón busca en las Antillas todo lo que el otro encontró en Asia. Olisquea el aire, registra debajo de las piedras, escudriña cada yerba. Así, sin quererlo, nos va entregando el primer inventario de nuestra flora y nuestra fauna. Un delirio de efluvios lo flagela a cada instante: «el olor tan bueno y suave de flores ó árboles» (19 de octubre). «Grandes arboledas, las cuales eran muy frescas, odoríferas, por lo cual dice no tener duda que no haya yerbas aromáticas» (3 de noviembre).
Colón busca canela, pero lo que encuentra este eterno equivocado es a unos taínos que van con un tizón llevando «yerbas para tomar sus sahumerios» y así entra en la historia de la Cristiandad el tabaco aquel 6 de noviembre de 1492. Pero al Almirante no le dicen nada esos sahumerios, pues él quiere husmear lo que había olido Polo: las manzanas del Paraíso y aquellos “árboles olorosos” de que habla el veneciano en la isla de Pentán, al sur de la Península malaya (cap. CLXVI). Polo tiene olfato para la especiería, es decir, para los negocios. Y Colón quiere ser su mejor discípulo, aunque para ello tenga que llegar al estrépito de las sinestesias.
En el Tibet (cap. CXVI) Polo designa una región con este bello exabrupto «toda la provincia huele a almizcle». Nuestro Almirante, ni corto ni perezoso, se engaña en la región oriental de Cuba (17 de noviembre) al decir que hay un «olor vehemente de almizque».
Ese mismo día dice que encuentra «nueces grandes de la India» y «ratones grandes de los de India» que en realidad no son más que cocos y jutías pero que él, en su fiebre poliana, cree que son aquellas «nueces de la India [...] tan gordas como la cabeza de un hombre [...] las nueces del Faraón» (capítulos CLXVIII y CLXXIII) y las «ratas del Faraón» de que habla Polo.
Enloquecido, delirando, el primero de noviembre, Colón está en la costa cubana y piensa que está frente a Guisay, la fabulosa ciudad china de Quinsai a la que Polo dedica los últimos capítulos de su Segundo Libro. Colón está excitadísimo: tan pronto afirma que está en Fava (Java) como que está en Cathay (China); de repente cambia de opinión y dice que cerca está Zayto (que es el puerto de Caiton mencionado por Polo en su capítulo CLVIII, actual Jingiang). Entonces es cuando Fray Bartolomé de Las Casas ya no aguanta más y escribe al pie de página una apostilla deliciosa: «Esta algaravía no entiendo yo».
Algaravia... ¡cuán árabe suena aquí la lengua de Las Casas! ¡Y cuán chino y cuán mogol y cuán japonés se tuvo que poner Colón para sacar de sus casillas a fraile tan meticuloso!
Sin duda que el recuerdo de la lectura de Il Milione no andaba del todo descaminado en la memoria de Colón. Hay ciertas analogías en las descripciones de ambos, aunque tal vez no tan sólidas como para no detenerse a pensar un instante antes de proclamar que aquel río cubano era el caudaloso río de Quinsai con sus doce mil puentes de piedra (!), tal y como lo describe Polo en el cap. CLIII.
Las analogías serían que Polo dice que allí las casas son de madera (seguramente Colón pensó en los bohíos), que es una ciudad en latente estado de rebeldía contra el Gran Can (contra los caribes, habrá pensado Colón), que sus habitantes no manejan armas (Colón insiste en lo inofensivos que eran al principio los indígenas cubanos), que los guardias, por ser chinos, van a pie (Colón no ha de extrañarse entonces de no ver caballos), que se visten de modo barato, de cañamazo -aunque añade «en señal de luto», pero Colón pudo muy bien olvidar ese detalle y justificar así la casi nula vestimenta de los taínos-; otra similitud sería que Polo dice que en toda la provincia tienen una sola lengua (y Colón escribe: «su lengua, la cual es toda una en todas estas islas de India»); otra equivalencia es que Polo habla “de un lago donde se encuentran barcas en gran número”, y Colón pone de su cosecha: “una laguna de mar en que cabrían todas las naos de España», otra afinidad es que según Polo el lago de Quinsai, a través del río, lleva sus aguas dulces hasta el océano, y Colón ve un «grandísimo río» que «tiene el agua dulce hasta dentro en la mar».
Siempre hablando de Quinsai, Polo exclama: «el hombre piensa que está en el Paraíso». Enamorado de su imaginaria Quinsai, Colón confiesa “que le parecía que no quisiera salir de allí [...] questaba encantado”. Este encantamiento paradisíaco se prolonga cuando el 15 de diciembre Colón bautiza “Valle del Paraíso” un sitio en la isla Tortuga. Ya de regreso a España, el Almirante nos emparaísa de una vez por todas con estas palabras del 21 de febrero: «bien dijeron los sacros teólogos y los sabios filósofos, quel Paraíso terrenal está en el fin de Oriente, porque es lugar temperadísimo. Así que aquellas tierras que agora él había descubierto, es», dice él, «el fin de Oriente».
Pero aun antes de salir de aguas caribeñas, el Almirante caerá en otra trampa poliana: la de las amazonas.
Allá por Pakistán, Polo comenta la existencia de “una isla Macho y otra la isla Hembra” (cap. CLXXXIX). Como indican sus nombres, en una están las mujeres solas, las cuales reciben una vez al año la visita de los hombres, a fin de perpetuar la especie, para inmediatamente después regresar a la isla Macho.
Pues bien, el 6 de enero, entre Jamaica y Puerto Rico, Colón empieza a hablar de «una isla adonde no había sino solas mugeres». El 13 de enero se refiere a «la isla Matinino [...] toda poblada de mugeres sin hombres» -según Samuel E. Morrison se trata de Martinio- y el 16 de enero vuelve a mencionar a Matinino y añade que «cierto tiempo del año venían los hombres á ella de la dicha Isla de Carib [...] y si parían niño enviábanlo á la isla de los hombres y si niña dejábanla consigo».
Es evidente que Colón trocó la Macho y la Hembra de Polo por la Isla de Carib y la de Matinino, (quizá Martinica) respectivamente.
La fábula de las mujeres belicosas no es, desde luego, una invención poliana. Viene desde la Antigüedad. Pero Colón la tomó de Polo con esa variante de ser dos islas sexualmente diferenciadas. Lo curioso es que este mito clásico, que va del veneciano al genovés, influyó a su vez en García-Ordoñez de Montalvo quien, al escribir la continuación del Amadis de Gaula bajo el título Sergas de Esplandián (1510) intercala un episodio relacionado con Calafia, reina de las amazonas, en una isla llamada... ¡California! (34)
El 26 de octubre de 1518, el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, daba órdenes a Hernán Cortés, antes de partir a la conquista de México, de que le informara «dónde y en qué parte están las amazonas». Un pariente de Hernán, Francisco Cortés, fue quien encabezó la expedición que llegó (y bautizó) a la península de California. Mientras tanto, Orellana buscaba frenéticamente a las mujeres de un solo pecho en el río que hoy lleva ese nombre: Amazonas.
De manera que de los griegos a Polo, de Polo a Colón, de Colón a Montalvo, de Montalvo a Orellana y a Cortés, el mito amazónico describió una espléndida parábola que dio lugar al nombre actual de una isla del Caribe, (Martinica), a una península mexicana y a un río sudamericano. Máscara y espejo otra vez reconciliados en el tenue resquicio que separa la verdad de la mentira, la realidad de la ficción, la vida de la literatura.
Pero aún Colón y Polo tienen mucho que hacer en América. En su tercer viaje, en la península de Paria (Venezuela), el Almirante contempla canoas muy grandes que «tienen un apartamiento como cámara, en que vi que andaban los principales con sus mujeres» (35). A pesar del tiempo transcurrido, Colón no ha olvidado las descripciones de Polo sobre Quinsai, donde éste pintaba unas barcas muy suntuosas a donde uno puede ir «a divertirse con mujeres» (cap. CLIII).
El delirio del Descubridor aumenta con las perlas, con el hallazgo del Orinoco y con la «temperancia» del clima, todo lo cual le permite desplegar una complicadísima teoría -extraída de Imago Mundi de Pedro Aliaco- que lo autoriza a creer que está en el mismísimo Paraíso, en la confluencia de los cuatro ríos, al igual que Polo (cap. XXIII) cuando habla del Eufrates y el Tigris.
Pero Colón dice más. Está febril, garabateando en su camarote. Dice que está en la parte superior de la tierra en forma de pera, «la cual toviese el pezón alto como yo dije o como una teta de mujer en una pelota redonda» (36).
En su cuarto viaje se incrementa el espejo de las mascaradas polianas. Navega por la costa atlántica de Nicaragua, y sin embargo afirma que está en Ciamba, aquel reino al sur del actual Vietnam, del cual habló Polo. Pero no hay de qué extrañarse. El hombre que confundió al manatí con la sirena, a Cuba con Japón, y el olor de nuestra manigua con el almizcle, nos recuerda al Quijote empeñado en ver gigantes donde sólo hay molinos de viento. Es el mismo hombre que en su segundo viaje a Cuba le cree a un ballestero la historia de que ha visto un tropel de monjes de hábito blanco en la espesura cuando en verdad se trataba de una «manada de cigüeñas»(37). Y ahora, allí, en la Ciamba de su ensoñación, sus alucinacioncs serán cada vez mayores. Ve las gallinas chinas que Polo ha reseñado en Fugiú (cap. CLVI) con estas palabras: «no tienen pluma sino piel con pelo negro como un gato». Y Colón, casi como un eco, dirá que las gallinas que él ve son «muy grandes y la pluma como lana vide hartas». Dos renglones después exclama: «Estábamos enfechizados.» (38).
Unas muchachas indígenas le soplan polvos, filtros amorosos, acabándolo de embrujar más de lo que está. El Almirante está quejumbroso: «hoy día no tengo en Castilla una teja; si quiero comer o dormir no tengo»; protesta porque le han robado sus perlas; se lamenta del estado de sus navíos “horadados de gusanos más que un panal de abejas”. Y para colmo de males, lo sorprende una tormenta. En estas circunstancias, su frenesí crece: sigue hablando de los tejidos de oro de Cathay que, a juzgar por las coordenadas de Polo y por las gallinas que ha visto, debe de estar muy cerca; llega a Varaguas, Panamá, y declara que allí están el Ganges y las minas del Rey Salomón. Al igual que Polo, no ha cesado ni un instante de indagar riquezas, y escribe esta frase memorable donde concilia de un golpe a los ángeles con los burgueses: «el oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al paraíso» (39).
En estos delirios está cuando aparecen unos indígenas desnudos que traen al cuello “unos espejos de oro” que daban “por tres cascabeles” (40). Esta ecuación será su última obsesión, su último hechizo: ¡un espejo de oro por tres cascabeles!
Sin embargo, no era de oro sino de acero el espejo que Magallanes le puso delante a un gigante patagón diecisiete años después. “El gigante”, nos cuenta el cronista Pigafetta, “que no tenía la menor noción de este utensilio, y que, sin duda, veía por primera vez su figura retrocedió tan asustado que derribó a cuatro de nuestros hombres que le rodeaban. Se le regalaron cascabeles” (41).
Cuatrocientos cincuenta y dos años después, y a más de siete mil kilómetros de la Patagonia, fui testigo de la reaparición de aquel espejo en la sierra cubana del Escambray. Yo realizaba unos trabajos periodísticos en una comunidad campesina en una región casi inaccesible del centro de la isla, en medio de las montañas. Asistí a la mudanza de una campesina encanecida que abandonaba su rancho de yaguas para instalarse en la nueva comunidad. La ayudé a sacar sus taburetes y otros bártulos de aquella choza de piso de tierra en cuya cobija anidaban los alacranes. Subimos al camión y llegamos al edificio de mampostería donde le entregaron las llaves de su recién pintado apartamento.
Temblorosa, la viejita abrió la puerta de su nueva casa y se fascinó con los muebles de la pequeña sala. Enseguida se asomó al balcón desde el que se veía un paisaje de árboles (los mismos que con sus fragancias enloquecieron a Colón) y, a lo lejos, su antiguo bohío, esa palabra que obsesionó al Almirante, quien sospechaba que aquellos «alfaneques» eran las casas de madera que Polo había visto en Quinsai.
La anciana estaba fascinada con los aparatos que nunca había visto, o de los que sólo había oído hablar. En la cocina bautizó al refrigerador como “máquina del hielo”, abrió los grifos del agua, encendió las hornillas de gas, emocionada. Finalmente entró en su cuarto donde lo primero que hizo fue sentarse en la cama probando la suavidad del colchón. Y entonces ocurrió. Súbitamente, la anciana miró el armario que estaba frente a su cama. Deslumbrada, casi tan asustada como el patagón de marras, la abuela se miraba en la luna del armario. Era un espejo de cuerpo entero que le devolvía, por primera vez, su imagen de la cabeza a los pies. Reconociéndose, identificándose, se llevó una mano a la mejilla y suspiró: «¡Alabao sea Dios, si hasta han puesto aquí a una viejita igual que yo!».
En ese espejo se reflejaban todas nuestras máscaras. Desde la perruna de Polo hasta la calibanesca de Shakespeare pasando por la guayca de Cemí que encontró Colón en un bohío, desde los capuchones cónicos de henequén de los diablitos bailarines o iremes afrocubanos hasta la caravana de barbas vegetales entrando en la Habana, fomentando la ambigüedad del embozo y del simulacro en una vertiginosa reverberación de rostros negros, amarillos, blancos, cobrizos, mestizos… Ese espejo incluye también todos nuestros espejos. Desde los espejos de Cobinán -tan elogiados por Polo- hasta el espejo magallánico, pasando por los espejos de oro que Colón obtenía por tres cascabeles de gavilán, en una sucesión fulgurante que tiene su penúltimo destello en aquel Espejo de paciencia que aspira a transmutarse, alquimiado, en Espejo de sapiencia.




Notas:

1- Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, La Habana, Instituto del Libro, 1970, págs. 20, 21, 22 y 23.
2-Persuadido de que traduttore, traditore, desconfié de la versión castellana del libro de Polo con el que trabajaba, y me fui a la Biblioteca Nacional de París para allí, con mis propios ojos, contemplar el manuscrito italiano de principios del siglo XIV, clasificado con el número 434, y que lleva por título Liber de Milione chompilato per Messer Marcho Polo de Vinezia. El delicado estado físico de esa joya bibliográfica sólo me permitió consultar la primera página. ¡Y allí estaba, dos veces escrita, la resplandeciente palabra: “Li maraviglia”!
3 -Aunque conocidos, pueden consultarse los siguientes textos carpenterianos: el prólogo a su novela El reino de este mundo. Ese mismo prólogo, ampliado, aparece en su libro de ensayos Tientos y diferencias (La Habana, Ed. Unión, 1966) bajo el título «De lo real maravilloso americano». Vuelve a iluminar el tema en su conferencia «Lo barroco y lo real maravilloso» publicada en Razón de ser, Caracas, Ed. del Rectorado, Universidad Central de Venezuela, 1976.
4- Henri Pirenne en Las ciudades de la Edad Media llega a afirmar que “Venecia no pertenece a Occidente nada más que por su situación geográfica”, Madrid, Alianza Editorial, 1975, p. 74.
5- Ramón Pané, Relación acerca de las antigüedades de los indios, México, Siglo XXI, 1978.
6- Irving A. Leonard en Los libros del conquistador. (La Habana, Ed. Casa de las Américas, 1983) entrega abundante información sobre este tema.
7- De ahora en adelante todas las citas de Marco Polo proceden de la versión castellana publicada por Ediciones Generales Anaya, Madrid, 1983. Traducción de Mauro Armiño, con el título Libro de las Maravillas. Las citas de Colón son del Diario publicado por la Comisión Cubana de la UNESCO (Habana, 1961) a menos que se indique otra fuente.
8- José Lezama Lima: «Prólogo a una antología», en La cantidad hechizada, La Habana, Ediciones Unión, 1970.
9- Azar onomástica y callejero: actualmente hay una calle en La Habana que se llama «Arbol seco».
10- Georg Friederici, en El carácter del descubrimiento y de la conquista de América (México, Fondo de Cultura Económica, 1973), nos dice en la p. 342 que los españoles buscaban “la colina a que ascendían los aztecas para rejuvenecerse” lo cual guarda una inquietante relación con la montaña de que habla Polo.
11- Inca Garcilaso de la Vega: Comentarios reales, fragmento que aparece en Antología de Literatura Hispanoamericana de la conquista y la colonia de Eugenio Matus, La Habana, Editora Pedagógica, 1965.
12- José Juan Arrom: Certidumbre de América, La Habana, Ed.Letras Cubanas, 1980, p. 62 donde asocia el poema citado con la leyenda de las «hupias» que le contaron a Pané los arahuacos de Santo Domingo y que aparece en los capítulos XII y XIII de su Relación antes mencionada.
13- José Lezama Lima: ob. cit., p. 235.
14 -La cita martiana aparece en Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier, edición mencionada, p. 15- En De la conquista a la independencia (México, Fondo de Cultura Económica, 1975, p. 21) Mariano Picón-Salas admite que los primeros hombres que llegaron a América eran «pescadores o cazadores de tipos mogólicos, cuyos rasgos subsistieron a pesar de la. diferenciación local en los aborígenes americanos» (subrayado mío: M. P.).
l6- Alejandro Lipschütz: Perfil de Indoamérica de nuestro tiempo, La Habana, Ed. Ciencias Sociales, 1972, p. 255.
17- Ob. cit., p. 262
18- Ramón Pané: ob. cit., páginas finales.
19- José Juan Arrom: Estudios de lexicología antillana, La Habana, Ed. Casa de las Américas, 1980, páginas finales.
20- Las Casas: Historia de las Indias, lib. I, cap. XLIV, edición mexicana, 1951, vol. I, p. 224.
21- Para todo este laberinto de voces (Cubanacán, etc.) consultar a Arrom en sus Estudios de lexicología antillana (edición mencionada), pp. 24 y 25.
22- Colón murió en 1506 convencido de que Cuba formaba parte del continente asiático. Sin embargo, en 1500 ya Juan de la Cosa, en su mapa, la dibujaba como isla. Y en el mismo año de la muerte del Almirante, el antiguo capitán de «La niña», Vicente Yáñez Pinzón, le daba la vuelta por mar desde Haití. En 1508 tuvo lugar el bojeo oficial de la isla por Sebastián Ocampo.
23- Los curiosos pueden hallar más luz en relación con la voz caribe en el Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas de Esteban Pichardo (La Habana, Ed. Ciencias Sociales, 1976) y en el Nuevo catauro de cubanismos de Fernando Ortiz, La Habana, ed. Ciencias Sociales, 1974. También Arrom, en sus Estudios de lexicología antillana se refiere a esa palabra en las págs. 56, 68, 69, 103, 105, 115, 124, 132, 133, 134, 138, 144 y 154.
24- Roberto Fernández Retamar: Calibán y otros ensayos, La Habana, Ed. Arte y Literatura, 1979.
25- Ver en la Antología antes citada de Eugenio Matus, la «Historia de Serrano» del Inca Garcilaso de la Vega, p. 291.
26- José Juan Arrom: Certidumbre de América, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1980, págs. 68, 69, 70 y 71.
27- Aníbal Ponce: Obras, La Habana, Ed. Casa de las Américas, 1975. Ver en la p. 275 su ensayo «Ariel o la agonía de una obstinada ilusión ».
28- Aníbal Ponce: ob. cit., p. 277.
29- Paolo Grassi: «Le maschere della Commedia dell'Arte, en Arte della maschera nella Commedia dell' Arte ( a cura di Donato Sartori e Bruno Lanata), Firenze, La Casa Usher, 1983. La alusión que hace Grassi a Croce y a su Saggi della letteratura italiana del Seicento está en la p. 190.
30- Ver en la Antología de Eugenio Matus la p. 291 donde empieza, con la frase reproducida, la «Historia de Serrano» del Inca Garcilaso.
31- Versos sacados de las pp. 42 y 52, respectivamente, de Espejo de paciencia, de Silvestre de Balboa, La Habana, Ed. Pueblo y Educación, 1976.
32- Carta de Colón anunciando el descubrimiento del Nuevo Mundo, en la Antología de Eugenio Matus tantas veces citada, p. 25.
33- Ver en la Antología de Eugenio Matus, p. 152, un fragmento de la Verdadera historia de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.
34- Sobre tan apasionante tema consultar Los libros del conquistador de Irving A. Leonard, edición antes mencionada.
35- De ahora en adelante las citas de Colón están tomadas de Los cuatro viajes del Almirante y su testamento, Madrid, Espasa Calpe, 1980, p. 178.
36- Cristóbal Colón: ob. cit., p. 181.
37- Anécdota tomada de Andrés Bernáldez, en su Historia de los Reyes Católicos, tomo II, p. 61. La referencia bibliográfica la hallé en El carácter del descubrimiento y de la conquista de América, de Georg Friederici, México, Fondo de Cultura Económica, 1973.
38- Cristóbal Colón: ob. cit., p. 199.
39- Idem, p. 201.
40- Idem, pp. 191 y 192.
41- Antonio Pigafetta: Primer viaje en torno al globo, Madrid, Espasa-Calpe, 1963, p. 54 (subrayados míos: M.P.)